lunes , 17 enero 2022
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La gran peste bubónica

Por: Franck Fernández Estrada(*)

Fuente: Diario de Yucatán

Mis mayores me decían desde pequeño que no hay nada nuevo bajo el sol. Las modas van y vienen, lo que creemos es un invento reciente, después descubrimos que es algo que ya se había inventado siglos o milenios antes. En momentos en que vivimos una pandemia mundial de Covid-19, muchos han acusado a unos y a otros de haber causado esta enfermedad, como si fuera una guerra biológica.

Podríamos pensar que este concepto de guerra biológica es algo nuevo porque recientes han sido los descubrimientos de bacterias, virus, hongos y todos los otros bichos que pueden causar enfermedades que afecten a gran cantidad de personas. Pero ya en el pasado, casi sin saberlo, se ha utilizado la guerra bacteriológica. El pueblo tártaro, que tenía como capital la ciudad hoy rusa de Kazán, atacó en 1447 a la ciudad de Cafa, sobre la península de Crimea. Cafa era un importante centro de comercio de la República de Génova. Hoy esta ciudad se llama Feodosia y pertenece a Ucrania.

Estas tierras tradicionalmente habían pertenecido a los tártaros. Durante el sitio que le hicieron a la ciudad de Cafa, al exterior de las murallas, los tártaros morían de una enfermedad rara y de rápido fin. Ante la imposibilidad de conquistar a Cafa, decidieron catapultar a sus muertos al interior de la ciudad. No conocían las razones, pero sabían que al hacerlo condenaban a la ciudad. Pronto los ciudadanos de Cafa comenzaron a enfermar como los tártaros. Un grupo de mercaderes de Génova que se encontraba en el lugar con sus barcos llenos de riquezas, como tenían el hábito de importar de Asia, zarparon hacia Europa. Creyeron escapar del horror, pero realmente lo que hacía era difundirlo. En una mañana brumosa de octubre de 1447 llega la flota, compuesta por 12 barcos mercantes, a la ciudad de Messina, la más oriental de las ciudades de la isla de Sicilia.

Al subir a bordo, las autoridades del puerto se encontraron una tremenda mortandad. Ya muchos comerciantes y marinos habían agonizado a bordo y sus cuerpos habían sido tirados por la borda. Los sobrevivientes estaban muy enfermos. Las autoridades portuarias de inmediato rechazaron a los barcos, pero ya era demasiado tarde. A los pocos días los lugareños también enfermaron.

El agente transmisor de la enfermedad ya había sido transmitido. Era una bacteria. Tiene nombre: Yersinia pestis. Fue así como se expandió por todo el mundo conocido lo que llamamos peste bubónica o peste negra de 1447 a 1453. Llegó a latitudes tan lejanas como Islandia y Groenlandia. Todo el mundo conocido fue castigado por esta horrible epidemia.

La humanidad le ha dado el nombre genérico de peste a cualquier tipo de pandemia que se produzca y que cause gran mortandad. La bacteria causante de esta que nos ocupa hoy vive en las pulgas. El vector entre las pulgas y los humanos son las ratas. Tengan en cuenta que, en esta época, la higiene era algo muy mal visto. Las ratas eran parte de los animales que vivían con el hombre en los núcleos urbanos, al igual que las palomas y las gallinas, los cerdos y caballos. El hacinamiento en las casas era enorme. Ni hablar de la promiscuidad. La falta de higiene, repito, más la estrechez de las viviendas era la norma. Todos los ingredientes estaban reunidos para una epidemia de dimensiones bíblicas. Se considera que la epidemia viajaba a razón de 10 km al día y eso en todas las direcciones cardinales. Nunca se sabrá a ciencia cierta, pero se calcula que la tercera parte, incluso la mitad de la población del mundo conocido murió por la peste.

Algunas ciudades fueron menos afectadas que otras, como fue el caso de Milán. El gobernador de esta ciudad rápidamente decidió que los primeros infectados fueran enclaustrados en su casa incluso junto con los familiares sanos. Cruel decisión, pero que a la larga haría que la ciudad lombarda sufriera menos que muchas otras ciudades. Aquellos que lo se lo podían permitir se alejaban de las ciudades a vivir al campo o de plano se encerraban en sus palacios. No se reportó que ningún rey ni gran noble de la época muriera por esta enfermedad, lo que hace que también se considere que sí afectaba a algunos estratos sociales más que a otros. No por el hecho de que la enfermedad fuera selectiva, sino debido a las precauciones que podían tomar aquellos afortunados.

Inmediatamente se trató de encontrar un chivo expiatorio. ¡Quién mejor que los judíos, a los que se les acusaba de haber asesinado al Señor! (cuando Jesús mismo era judío.) Se les acusaba de haber envenenado los pozos y los ríos y esto era la causa de la pandemia generalizada. En la ciudad de Basilea, que hoy día forma parte de Suiza, encerraron en un edificio de madera que se construyó especialmente para ello a 100 judíos y se incendió el edificio con todos los desafortunados dentro. Clemente VI era el Papa del momento. No residía en Roma, sino en Aviñón. Desde Aviñón, el Papa lanzaba bula tras bula, cada una más incendiaria que la precedente, para exigir que tales acciones dejaran de realizarse. Todo en vano. Los judíos seguían siendo maltratados.

En la propia ciudad de Aviñón, donde había un gran hacinamiento de personas, hubo un cementerio que acogió a 11,000 cadáveres en pocos días. Cuando ya no había más espacio donde enterrar a los muertos, el río Ródano, que pasa a orillas de la ciudad, fue bendecido por el Papa en persona para que recibiera los cuerpos de los muertos y así se los llevara la corriente. Solo después comenzaron a hacerse grandes fosos que sirvieron de tumbas colectivas.

Hubo profesiones más afectadas que otras. Podemos entender que los médicos y los notarios estaban en primera línea de batalla. Es evidente el caso de los médicos, pero lo de los notarios se debe a que, ante la evidencia de la muerte, todos querían dejar escrito algún testamento. Los médicos del momento no tenían ninguna herramienta para luchar contra esta enfermedad. Se quemaban los bubones, grandes bolas negras que salía a la altura de los ganglios de donde el nombre peste bubónica o peste negra. Se hacían sangrías, tan recurrentes en aquellas épocas. Se quemaban hojas aromáticas. Incluso los más afortunados bebían mixturas de piedras preciosas.

El rey de Francia, Felipe VI, pidió su ayuda a los más eminentes médicos del reino. Ellos concluyeron que la peste se debía a una conjunción de Saturno, Júpiter y Marte y que eso hacía que los rayos del sol no llegaran a la Tierra de la forma correcta. Huelga decir que también hubo muchos que decían que lo que estaba ocurriendo era castigo divino. En algunas ciudades se prohibió maldecir, jugar, prestar dinero, cantar… todo aquello que pudiera ofender al Señor. Casi al final del periodo en que la epidemia causó sus peores estragos, aparecen los flagelantes. Eran multitudes que iban en manifestación de un centro urbano a otro pidiendo la expiación de los pecados. Al llegar ante la iglesia más importante del conglomerado se quitaban sus camisas, se descalzaban y se flagelaban. Las puntas del látigo podían tener púas y se mortificaban hasta hacer jirones las carnes de sus espaldas. Evidentemente, esto hacía que la enfermedad se propagara con más rapidez.

La enfermedad desapareció de la misma forma que apareció, sin que nadie supiera ni el cómo ni el por qué. Afortunadamente, la ciencia de este siglo XXI ha avanzado de forma tal, que ante una crisis de pandemia como la que estamos viviendo en los momentos en que escribo esta historia, es mucho más eficiente en la búsqueda de la causa y la solución al problema. Solo queda esperar que para las próximas pandemias, porque habrá otras en el futuro, la ciencia avance aún más para hacer que sean pocas las personas que sucumban por su culpa.

(*)Traductor, intérprete y filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com

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