lunes , 18 mayo 2026
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Ajolotitis de Clara Brugada

Denise Dresser (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Qué talentosa Clara Brugada. Qué claridad de prioridades. Mientras otros gobernantes desperdiciarían tiempo preocupándose por el agua, el Metro, las inundaciones, la inseguridad o las desapariciones, ella entendió lo verdaderamente importante: embellecer la ciudad rumbo al Mundial. Pintarla. Decorarla. Convertirla en una experiencia cromática a su gusto.

Porque en la 4T gobernar no consiste en resolver problemas estructurales sino en administrar narrativas.

La escenografía importa más que la realidad. Y si la escenografía puede venir en morado, mejor. La Ciudad de México se cae a pedazos, pero combina. Brugada parece haber inaugurado una nueva corriente urbanística, conocida como el ajolotismo decorativo.

Puentes peatonales morados. Ajolotes pintados en cruces viales. Señalética intervenida como si la Secretaría de Obras hubiera sido absorbida por un comité de diseño temático. Todo bajo la lógica de que el turista quedará maravillado ante una capital convertida en mural partidista interactivo. París tiene la Torre Eiffel. La Ciudad de México tendrá anfibios fluorescentes.

Aunque hay un detalle incómodo: la señalización vial no existe para satisfacer impulsos estéticos del gobierno en turno. Existen normas técnicas nacionales e internacionales para garantizar visibilidad, contraste y seguridad. La señalización horizontal y peatonal está regulada por disposiciones de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes precisamente para evitar confusión entre automovilistas y peatones. Pero evidentemente eso importa menos que producir una ciudad “instagrameable”.

La seguridad vial puede esperar. El ajolote no.

Y el morado es identidad partidista convertida en política urbana. Cada puente pintado transmite el mismo mensaje: la ciudad tiene dueño, y es la 4T.

Después de todo, ¿quién necesita banquetas transitables cuando puede caminar sobre un ajolote gigante? ¿Quién exige cruces seguros si puede disfrutar de arte urbano identitario? ¿Quién quiere una ciudad accesible cuando puede tener branding gubernamental a escala metropolitana?

Además, los visitantes seguramente apreciarán mucho los murales al llegar a una ciudad donde las lluvias colapsan vialidades, donde el Metro falla constantemente, donde hay fugas de agua casi a diario, donde respirar equivale a fumar involuntariamente y donde miles de personas desaparecen mientras el gobierno produce espectáculos visuales para distraer de la intemperie institucional.

Porque esa parece ser la lógica central del proyecto: tapar con pintura lo que no puede arreglarse con gobierno.

La fórmula ya la conocemos. Utopías anunciadas con fanfarrias. Corredores elevados. Conciertos masivos. Mucha estética popular-oficialista. Mucho render y muy poca consulta ciudadana.

En lugar de escuchar, el gobierno pinta. No transparenta presupuestos; administra opacidad con brocha gorda. Nadie sabe exactamente cuánto cuesta esta transformación cromática de la capital, pero seguramente existen estudios sofisticados demostrando que la mejor forma de preparar la ciudad para el Mundial consiste en convertir cada superficie disponible en propaganda.

Y así nace un nuevo padecimiento político: la ajolotitis. Ese impulso compulsivo de marcar territorio pintándolo todo con los colores del “movimiento” gobernante. La ajolotitis consiste en creer que gobernar es decorar. Que administrar es intervenir visualmente el espacio público para reafirmar identidad personal y política.

Pero el problema no es solo el color. El problema es la concepción patrimonialista del poder que el color revela.

La idea —tan arraigada en la 4T— de que las calles, las instituciones y el presupuesto pertenecen al partido gobernante porque gana elecciones. Confunden mayoría electoral con derecho de propiedad.

Y quizá eso sea lo más preocupante. No el ajolote, no el morado, sino la normalización del atropello cotidiano. La aceptación resignada de que el gobierno puede apropiarse visual y políticamente del espacio público porque tiene poder.

Pero la Ciudad de México no les pertenece. Las calles no les pertenecen. El presupuesto no les pertenece. Y gobernar una capital democrática debería implicar resolver problemas reales, no usar la ciudad como lienzo propagandístico rumbo al Mundial.

No todos los días se visita una ciudad que se hunde, se inunda y se rompe. pero eso sí, perfectamente coordinada en tonos morados.— Ciudad de México.

(*) Académica y politóloga

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