sábado , 2 julio 2022
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Defensa de los cenotes

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Hace cincuenta años, el abogado Christopher Stone publicó el influyente artículo “Should Trees Have Standing? – Toward Legal Rights for Natural Objects” en la revista “Southern California Law Review”.

Desde entonces, el movimiento conocido como “derechos de la naturaleza” ha ganado fuerza en diversos lugares del mundo.

Aunque a muchas personas pueda parecerle una ocurrencia que un árbol o un río tengan derechos, diversos pensadores, desde Stone hasta el reconocido historiador israelí Yuval Noah Harari, nos recuerdan que creaciones humanas, desde barcos hasta empresas, cuentan con personalidad jurídica.

La demanda de que seres de la naturaleza como árboles y ríos sean sujetos de derecho ha cobrado presencia en Yucatán.

En enero de este año, el Comité Kana’an Ts’onot (Guardianes de los cenotes) de Homún solicitó al presidente de la República, a autoridades federales, estatales y municipales el reconocimiento de los cenotes como sujetos de derechos.

Como es bien sabido, el municipio de Homún se ubica en la región Anillo de cenotes, la cual, debido a la alta permeabilidad del suelo calizo, es extremadamente vulnerable a la contaminación.

Aunque la vulnerabilidad del acuífero subterráneo —nuestra única fuente natural de agua dulce— ameritaría que éste se encuentre especialmente protegido y cuidado, diversas actividades humanas están contaminando el agua de los cenotes, la cual fluye desde el centro del estado hacia las costas del noreste y noroeste.

Por ejemplo, un estudio de Juan Pablo Rodas-Ortiz y sus colegas de 2008 documentó la presencia del plaguicida DDT —relacionado con el cáncer de mama— en leche materna de mujeres de Chelem (“Organochlorine Pesticides and Polychlorinated Biphenyls Levels in Human Milk from Chelem, Yucatán, México”).

Asimismo, la investigación de Víctor Cobos Gasca y sus colegas registró altas concentraciones de DDT en cuerpos de agua del Anillo de cenotes, las cuales no solo pueden afectar la salud humana, sino también de la fauna acuática,

incluyendo dificultades de reproducción de los peces y mortandad de peces jóvenes (“Plaguicidas organoclorados: contaminantes persistentes en cenotes de Yucatán”).

Los estudios de Ángel Polanco también han encontrado altas concentraciones de plaguicidas organoclorados en el Anillo de cenotes, particularmente heptacloro, lindano, endrín y DDD. Todas ellas superan los límites máximos permitidos por la Norma Oficial Mexicana NOM-127-SSA1-1994.

El lindano, nos recuerda Polanco, ha sido clasificado por el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer como cancerígeno humano. También documenta una alta degradación de la calidad del agua en los municipios de Dzilam, Celestún y Tecoh, debido a las altas concentraciones de heptacloro y lindano (“Contamination by organochlorine pesticides in the aquifer of the Ring of Cenotes in Yucatán, México”).

Por su parte, Jaime Rendón von Osten analizó residuos de plaguicidas en cenotes de Chocholá y Abalá, en donde encontró concentraciones de endrín y DDT en niveles superiores a los establecidos para la protección de la vida acuática en agua dulce (“Contaminación con plaguicidas en cenotes de la Península de Yucatán”).

Los plaguicidas son solo una de las fuentes de contaminación de los cenotes. Almira Hoogesteijn y sus colegas han documentado contaminación fecal en 48 cenotes con potencial turístico en Yucatán; Rosa Leal Bautista y sus colegas han registrado también contaminación por cafeína y productos de cuidado personal y farmacéuticos; Rosela Pérez Ceballos y Julia Pacheco Ávila la contaminación por nitratos.

Y, gracias a labor de organizaciones como Kaan’an Ts’onot y Equipo Indignación, en los últimos años también ha cobrado visibilidad la contaminación por desechos de las granjas porcícolas y bovinas.

En una investigación reciente, el antropólogo Iván Franco Cáceres documenta el crecimiento de las granjas porcinas en Yucatán, de una producción de 25 mil a 500 mil toneladas entre 1980 y 20221.

Como ha documentado la organización Greenpeace, son pocas las granjas que cuentan con una Manifestación de Impacto Ambiental, por lo que en la mayoría de los casos desconocemos el impacto que tienen dichos establecimientos en el ambiente.

Debido a la alta vulnerabilidad del acuífero subterráneo yucateco a la contaminación, el Gobierno de Yucatán ha tomado diversas medidas, como la expedición del “Reglamento de la Ley de Protección al Medio Ambiente del Estado de Yucatán en Materia de Cenotes, Cuevas y Grutas” y la creación de la “Reserva Estatal Geohidrológica Anillo de Cenotes”, la cual, hasta la fecha, aún no cuenta con el Programa de manejo, según el cual —dispone el Decreto— se establecerán las “acciones concretas para la administración, conservación, promoción, mantenimiento, evaluación, comunicación y aprovechamiento de los servicios ambientales de los ecosistemas contenidas” en la Reserva.

Claramente, las acciones del gobierno de Yucatán han sido insuficientes para proteger los cenotes. Es ante esta situación que el movimiento por los derechos de la naturaleza nos ofrece alternativas.

Al respecto, la abogada Samantha Colli Sulú elaboró el informe “Los cenotes de la península de Yucatán como sujetos de derechos”, publicado por la Fundación para el Debido Proceso.

Colli Sulú cuestiona el “paradigma de la separación”, paradigma dominante según el cual el ser humano está separado de la naturaleza. Desde esta concepción resulta común que usemos expresiones como “estar en contacto con la naturaleza”, “ir a la naturaleza”, etc., cuando en realidad somos parte de la naturaleza. En este paradigma, la especie humana no solo se concibe como separada de la naturaleza, sino también como superior a los demás seres vivos, con el derecho de explotar los recursos según su conveniencia.

A este paradigma le corresponde un modelo de derecho basado en las nociones de propiedad y soberanía estatal, desde el cual “la naturaleza y sus ecosistemas son objetos de un régimen jurídico basado en la propiedad”.

En contraste con el paradigma de la separación, Colli Sulú abraza la teoría de los sistemas vivos, la cual concibe a la Tierra como una “red de redes, orgánica y viviente”. Esta teoría implica “reconocer que cada ente y sistema, está interconectado y se desarrolla a través de relaciones interdependientes, fundamentales para el flujo y desarrollo de toda la vida, incluida la humana”.

Del mismo modo, Colli Sulú expone diversas fuentes de los derechos de la naturaleza, desde el derecho internacional hasta la normatividad local, pasando por las constituciones de Bolivia y Ecuador, sentencias de la Corte Constitucional de Colombia, la constitución mexicana y resoluciones de la Suprema Corte de Justicia de México.

Particularmente, retoma el concepto de “derechos bioculturales”, los cuales se fundamentan en la “relación de profunda unidad entre naturaleza y especie humana”. Estos derechos, explica Colli, “no denotan el ejercicio de la propiedad en el sentido jurídico occidental, sino un deber de cuidado y protección”.

A partir de estos conceptos teóricos y jurídicos, Colli Sulú propone concebir los cenotes como “sistemas vivientes, sagrados y en guardianía del pueblo maya”. Desde la teoría de los sistemas vivos, propone “dejar a un lado la visión aislada de los cenotes y comprender la interdependencia fundamental de todos los fenómenos en ellos presentes y los patrones de relaciones existentes entre su formación geohidrológica, su flora y fauna, e incluso sus relaciones con la especie humana y las comunidades mayas que viven en sus alrededores”.

Partiendo de la propuesta de Colli, podemos concluir que los cenotes no deben verse únicamente como almacenes de agua. Como escribe Juan J. Schmitter Soto, son fuente de vida en la península de Yucatán, verdaderos ecosistemas únicos, en los que interactúan microflora y hongos; árboles como álamos, flor de agua y lirios; decenas de plantas acuáticas; moluscos, algunos de los cuales tienen potencial para el control biológico de larvas de mosquitos; cocodrilos, iguanas, tortugas y culebras; ranas y sapos; diversos peces como mojarras, pargos, gobios, agujas, róbalos, barracudas, así como las especies únicas en Yucatán, la dama blanca y la anguila ciega. Aves, como las golondrinas, y murciélagos también dependen de los cenotes y son especies de gran importancia para procesos de polinización.

También resulta fundamental la relación de las comunidades mayas con los cenotes. Los estudios arqueológicos han documentado que, para los antiguos mayas “el mundo (o el universo) era dividido en tres planos cósmicos; el inframundo (o Metnal en maya yucateco), la tierra o mundo de los vivos y el cielo o plano celestial”.

Estos planos están íntimamente ligados entre sí, y el orden del universo era conceptualizado como un caimán cósmico con agujeros en la espalda que representan las cuevas y cenotes. Justamente, estos agujeros dan acceso al Metnal (Ricardo Antorcha P., Lane Fargher y Julia Fraga, “Cosmovisión, pirámides y cenotes. Una exploración de la etnología maya desde la arqueología y antropología del turismo en la península de Yucatán”).

Esta visión del mundo acierta al entender el fundamental vínculo que tenemos con el subsuelo.

Actualmente, para muchas comunidades mayas los cenotes tienen guardianes y dueños, a quienes hay que pedir permiso para entrar en ellos y tomar agua, pues, de lo contrario, quien lo haga puede sufrir enfermedades e incluso la muerte.

Así, esta concepción de reciprocidad con los cenotes —hay que pedirles permiso y hacerles ofrenda para tomar de ellos algo a cambio— ha servido en la práctica como una medida de protección a la sobreexplotación de los “recursos” (no solo de los cenotes, sino también cuevas, montes y los seres que habitan en ellos).

En conclusión, para Colli “existen fundamentos suficientes para sostener que la zona anillo de cenotes es un sistema viviente, conformado por cenotes interconectados, con los cuales el pueblo maya peninsular sirve en estrecha relación ancestral, espiritual, cultural, económica y de guardianía de su biodiversidad”, por lo que, de ser reconocidos los cenotes como sujetos de derechos, las comunidades -en colaboración con otros sectores- podrían ejercer de tutores.

Ciertamente, en Yucatán la discusión sobre los derechos de los cenotes y la naturaleza apenas comienza. Quienes tengan interés en la materia, el tema será abordado por la Maestra Colli Sulú en el marco del seminario permanente “Violencia social y derechos humanos” del Cephcis de la UNAM este martes 24 de mayo a las 17:00 horas y se podrá ver a través de la página de Facebook del Cephcis.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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