viernes , 2 diciembre 2022
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La represión, con nombres y apellidos

Elvia Carrillo Puerto (y III)

Piedad Peniche Rivero (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Felipe Carrillo Puerto fue un gobernador sin armas, pues a pesar de habérselas suplicado al presidente Alvaro Obregón, éste se las negó varias veces y por ello en él recae la responsabilidad del terrible desenlace de esa infidencia.

El 3 de enero de 1924, el gobernador y sus doce acompañantes, entre éstos tres hermanos suyos, y Manuel Berzunza, presidente municipal de Mérida, fueron ejecutados en la penitenciaría de Mérida, tras un juicio militar a todas luces violatorio de sus derechos, pues eran civiles.

Elvia Carrillo Puerto, desesperada, apela a abogados y al Presidente para salvar a los reos pero sus telegramas ni siquiera salían del Estado pues eran interceptados por los militares. Vivió en la clandestinidad durante los cuatro meses que duró la persecución militar contra los socialistas, que por supuesto apuntaba a ella también.

La prensa local publicó que el 14 de diciembre su casa fue asaltada por individuos que destruyeron los muebles y se llevaron todo lo que pudieron “sin que nadie lo evitara”. Asimismo, que el 19 de abril, la misma noche cuando huyeron los militares golpistas, hubo un atentado contra ella. Se salvó saliendo de su casa disfrazada de chofer.

La regidora Rosa Torre González escribiría que también su casa fue cateada varias veces por los militares en busca de armas.

En tanto, como todas las instituciones socialistas, las ligas feministas fueron declaradas ilegales, y el 23 de diciembre Susana Betancourt, tesorera de la Liga “Rita Cetina Gutiérrez”, con el alma hecha un nudo debió hacer entrega de 137 pesos, monto total de los fondos en su poder.

Tormenta perfecta

Una vez que fue reinstalado el estado de derecho en Yucatán, en mayo de 1924, vino la disputa de los socialistas por el poder. ¿Cuál era la legislatura que debería calificar al gobernador sustituto? ¿La XXVII que no había podido cerrarse el 31 de diciembre anterior porque aún estaban los militares en el poder? ¿La XXVIII que no había podido protestar sus funciones y que estaba integrada por tres mujeres? La que conviniera a cada candidato: Miguel Cantón y José M. Iturralde.

Esta confusión y lucha por el poder era la tormenta perfecta para purgar al Partido Socialista del Sureste de las indeseables mujeres con aspiraciones políticas. El feminismo yucateco, la tradición que hundía sus raíces en La Siempreviva de Rita Cetina, (1870), tenía los días contados.

Finalmente, la XXVIII legislatura calificó el interinato de José M. Iturralde, designado por Obregón y, tras ser utilizadas para tal fin, las diputadas comenzaron a apestar. Elvia y Raquel Dzib Cicero no recibían sus dietas y sufrían ataques e intrigas para forzarlas a abandonar sus curules.

Extrañamente, Beatriz Peniche de Ponce conservó el suyo por lo menos hasta octubre de 1924, fecha de un documento de Iturralde dándole una comisión en su Distrito.

Por otro lado, Rosa Torre fue “renunciada” a su cargo —por cierto, irrenunciable— por Javier Erosa, yerno de Felipe Carrillo y nuevo alcalde de Mérida. Con el alma hecha pedazos, Elvia tuvo que tomar el camino del exilio en Ciudad de México, lo mismo que Rosa. Cómo estarían las cosas, que ella salió de Yucatán custodiada por tropas federales por orden presidencial.

Sobre Raquel, únicamente sabemos lo que su familia declaró, que tras la purga socialista se retiró de toda actividad pública, para dedicarse a la docencia.

En septiembre de 1924, en Ciudad de México, Elvia ya no pudo seguir callada. En carta al presidente Obregón, que se conserva en el Archivo General de la Nación, denunció la represión que sufrieron las feministas, diciendo así:

Las propagandistas feministas que ayudaron a la Liga central

[del Partido socialista]

desde su fundación… y formaron parte de la liga feminista que yo presido, han sido víctimas de la malquerencia de los hombres del gobierno. La señorita Rosa Torre, regidora del H. Ayuntamiento desde enero de [1922], fue “renunciada”, es decir, se suplantó su firma para separarla de su cargo que es de elección popular… Amalia Gómez, en cuyo hogar me refugié durante la infidencia…ha sido separada de su cargo en el departamento de Educación Pública y se le ha notificado la inmediata desocupación de la casa que habita con el propósito de perjudicarme, por cuanto que hasta hoy y por no haber podido reorganizar mi hogar, me hospedo en dicha casa.

En efecto, las feministas, como la mencionada Amalia Gómez, eran tan vulnerables que solo con amagarlas con la pérdida de sus empleos en el sistema de educación estatal volvían a confinarse en el hogar. Pero las electas —consideradas enemigas por tener aspiraciones políticas— merecían un castigo ejemplar para que nunca más una mujer se atreviera a incursionar en la política, territorio furiosamente masculino.

En la misma carta, con su acostumbrada valentía, Elvia puso nombre y apellido a los hombres del gobierno cuya represión truncó el curso de la historia feminista de las yucatecas: el gobernador Iturralde, Javier Erosa, Antonio Gual García y Rafael Cebada.

Por su parte, la resiliente Elvia pronto recondujo el curso de su vida, “cuajada de ironías”, como ella la calficó, pues en 1925, con apoyo federal, lanzó su candidatura a diputada por San Luis Potosí. Ganó la elección pero nuevamente se quedó a las puertas del Congreso porque su triunfo fue desconocido por el mismo gobierno federal porque, al parecer, no creyó conveniente empoderar a una mujer ante la embestida conservadora que representaba la recién estallada Guerra Cristera.

Seguirían para Elvia otras luchas desde distintas trincheras del centro del país que contribuyeron a la obtención del sufragio universal de las mexicanas en 1953, notablemente el Frente Único pro Derechos de la Mujer, que fundó en 1935 con Refugio (Cuca) García y otras connotadas feministas mexicanas. Sin mencionar las nuevas amarguras sufridas, como un accidente de tránsito que la dejó casi ciega y el cese de su humilde cargo en la Secretaría de Economía y simultáneamente el de su hijo, inspector de timbres en Sonora, por órdenes del presidente Cárdenas, en 1938.

Desde entonces, ambos vivieron juntos, y al borde de la miseria, en la calle de Rivera de San Cosme No. 8, en Ciudad de México. Allí murió, pobre y olvidada, el 18 de abril de 1965. Tenía 84 años.— Mérida, Yucatán

Ex directora del Archivo General del Estado

Elvia Carrillo Puerto vivió, pobre y olvidada, los últimos años de su existencia en Ciudad de México. Murió en abril de 1965, a los 84 años

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