miércoles , 9 septiembre 2026

Ilusión de la continuidad

Rodrigo Llanes Salazar*

Fuente: Diario de Yucatán

Mérida, 9 de septiembre de 2026.- Nuestra relación con el tiempo es compleja. En la vida cotidiana, solemos sentir que las cosas van a seguir siendo como son hoy, aunque el presente sea muchas veces —¿siempre?— escurridizo. Pero muchas veces nos invade la nostalgia, la añoranza por un pasado que estimamos mejor; o nos asaltan las expectativas de un futuro diferente, un futuro en el que, cuando tengamos el trabajo deseado, el ingreso soñado, el cuerpo anhelado, las cosas finalmente serán mejor.

Hace casi cien años, a inicios de la década de 1930, el antropólogo Robert Redfield, quien realizó una investigación sobre Yucatán que sería muy influyente en las ciencias sociales de la época, anotó que este estado era como un laboratorio en el que podía estudiarse “en vivo” el proceso de evolución de la humanidad. Hasta entonces, los científicos indagaban la evolución de la humanidad en el tiempo: el paso de las sociedades sin escritura a las sociedades con escritura, sin Estado a con Estado, con derecho represivo a derecho restitutivo, politeístas y polígamas a monoteístas y monógamas, etcétera. Para Redfield, la evolución humana se podía observar en directo, en el espacio, en Yucatán, pues eran notables los cambios en la urbanización, secularización e individualización en diversas comunidades de la región.

Hoy, nuevamente, procesos de cambio en vivo en Yucatán nos recuerdan que la continuidad es una ilusión. Torres de edificios y aerogeneradores no sólo son una expresión del crecimiento de la población, de la necesidad de transitar hacia energías renovables y nuevas inversiones en el estado, sino también trazos verticales en el tradicionalmente horizontal paisaje yucateco.

Abrir la llave de agua y que no salga ni una sola gota. Tinacos y cisternas vacíos. Autoridades que no responden a las quejas por falta de agua. Recibos que, aun así, hay que pagar. Estas situaciones ya no reflejan una mera situación de “estrés hídrico”, sino que se están convirtiendo en crisis para familias enteras de Yucatán. No porque no haya agua en el estado —hay mucha—, sino por una infraestructura obsoleta y completamente rebasada por los cambios en la entidad. Las autoridades prometen que el problema se resolverá —o que comenzará a resolverse— con un plan metropolitano millonario, del cual aún no se conocen detalles técnicos.

Más coches, incluyendo vehículos eléctricos y de origen chino, circulan cada vez más por calles no planeadas para el parque vehicular actual, el cual, según cifras oficiales, ha crecido en un 77% en la última década. Las consecuencias se viven todos los días: más tráfico, más estrés, más siniestros de tránsito. Al igual que con el agua, las autoridades estatales han prometido resolver el problema con el plan metropolitano millonario, aunque, como han señalado especialistas y organizaciones de la sociedad civil, con el plan se prioriza a los vehículos privados y no a los peatones, ciclistas y otras formas de movilidad.

Apagones que alertan sobre la vulnerabilidad de la infraestructura eléctrica del estado. Tala de montes y árboles que causan más calor, nos dejan más expuestos a huracanes y despojan a animales de sus hábitats —por lo que muchos de ellos buscan refugio en hogares humanos—. Irregularidades en las lluvias que alteran el trabajo en el campo. Calentamiento del agua del mar que provoca la migración de los pulpos. Aumento del nivel del mar y destrucción de dunas que se traducen en pérdida de playas. Estos y muchos otros cambios nos enseñan que, el presente que damos por sentado hoy, la ilusión de continuidad, pende de hilos frágiles.

Los cambios pueden abrumar, y mucho. Y estos cambios, así como nuestras relaciones con el tiempo, son insumos para muchos actores políticos. Algunos recurren a la nostalgia, en muchas ocasiones a una nostalgia inventada, evocando un pasado presuntamente mejor, una sociedad más pura a la que migrantes, feministas, izquierdistas y tantos otros han corrompido.

Por años, en Yucatán las autoridades han pregonado la ilusión de la continuidad: que, con sus políticas, programas y acciones, Yucatán seguirá siendo tranquilo, seguro, con mucha agua para que lleguen inversiones. Ilusión de continuidad que se estrella con cambios con los antes señalados.

Otros políticos, sobre todo en tiempos de campaña, ofrecen promesas vacías de un futuro hueco que suelen desinflarse una vez que ocupan sus cargos. Se profiere transformación, que las cosas serán transformadas, aunque algunos de esos programas transformadores consistan en acciones clientelares y obras faraónicas muy similares a las del pasado. El vacío futuro es uno en donde parece no tener lugar la esperanza.

Y, sobre el presente, ha proliferado toda una industria del wellness o bienestar que mercantiliza enseñanzas espirituales para hacer frente al llamado capitalismo de vigilancia, a nuestra sobreexposición a pantallas y algoritmos que succionan nuestra atención. Esta industria nos vende pequeños hábitos para “estar presentes”, con atención plena al momento actual —respira y que una app en tu teléfono mida tu frecuencia respiratoria—. Así, fácilmente, este presente se puede despolitizar, ignorando el pasado, eludiendo el futuro.

Como cantó Mercedes Sosa, “todo cambia”, por más que nos aferremos a la ilusión de la continuidad. Reconocer los cambios, tener una disposición hacia ellos, es clave para navegar en el presente incierto que nos encontramos. Pero no debemos de simplemente adaptarnos a los cambios de manera reaccionaria. Debemos mirar el pasado de una manera no nostálgica, añorando un pasado perfecto que seguramente nunca existió, sino recordando que la historia y la memoria nos ofrecen lecciones y referentes, que también nos brindan sostén. Y debemos entrenar nuestra capacidad de imaginar futuros concretos, aquellos construidos no a partir de las promesas vacías de campañas electorales o propaganda de gobierno, sino a partir de lo que el filósofo Ernst Bloch llamó “sueños diurnos”, nuestros anhelos cotidianos que anticipan un futuro mejor, pensando en las “sombras” que darán los “árboles” que hoy plantemos, como escribió Antoine Abraham en este mismo espacio. Así la ilusión de continuidad se convierte en una constancia de los cambios vividos y una disposición de apertura hacia los cambios deseados.— Mérida, Yucatán

rodrigo.llanes.s@gmail.com

*Investigador del Cephcis-UNAM

Deja un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *