miércoles , 9 septiembre 2026

El poder tiene fecha de caducidad

Gabriela Salido

Fuente: El Sol de México

Mérida, 9 de septiembre de 2026.- El poder tiene un defecto bien documentado: nubla la memoria y distorsiona la percepción del tiempo. Quien se sienta demasiado tiempo en un escritorio desde el que se toman decisiones puede caer, con pasmosa facilidad, en el espejismo de la eternidad.

La firma que autoriza, la corte de aduladores que celebra cada ocurrencia y la inercia institucional que amortigua los reclamos construyen una burbuja en la que el gobernante empieza a creer que el mando es un atributo propio, una extensión de su persona, y no lo que realmente es: una concesión temporal, precaria y profundamente vigilada. Gobernar nunca ha sido mandar; gobernar es responder.

La investidura no confiere superioridad moral ni licencia para la arbitrariedad; impone, por el contrario, una obligación ineludible de congruencia entre el discurso que llevó al poder y las decisiones que afectan la vida de los demás.

Cuando la política se reduce a la gestión del capricho, la soberbia desplaza a la técnica y la mezquindad sustituye al bien común. Entonces se gobierna para la fotografía de la semana, para el aplauso fácil o para la tranquilidad del círculo íntimo, olvidando algo elemental: las políticas públicas no se evalúan por la intensidad con que se defienden desde una tribuna, sino por las cicatrices o las soluciones que dejan en la vida cotidiana de las personas.

Pero las condiciones siempre cambian. Ningún grupo político, ninguna administración y ningún cargo permanecen blindados para siempre. El error más costoso de quienes ejercen el poder es confundir la correlación de fuerzas de hoy con una garantía para el mañana. Los mandatos terminan, las mayorías se diluyen, los presupuestos se agotan y las lealtades por conveniencia suelen evaporarse ante el primer indicio de retirada.

Quienes confunden la fuerza coyuntural con la impunidad olvidan una verdad incómoda: el poder tiene fecha de caducidad. El cargo termina, la oficina cambia de dueño, el teléfono deja de sonar y los que ayer aplaudían encuentran rápidamente nuevas lealtades. Cuando la investidura desaparece, queda algo mucho más difícil de administrar: el legado. Por eso la congruencia no es un adorno ético, sino el único blindaje que realmente resiste el paso del tiempo. Quien gobierna torciendo las normas, despreciando a quienes operan y sostienen los servicios públicos en la calle, o creyendo que la autoridad basta para silenciar el reclamo, suele descubrir demasiado tarde que el poder también tiene memoria, y que esa memoria no depende de los comunicados oficiales.

La historia local y nacional está llena de hombres y mujeres que alguna vez parecieron indispensables y que hoy son apenas una fotografía, un nombre en una placa o una referencia en un archivo polvoriento. Algunos dejaron instituciones que todavía funcionan; otros heredaron agravios, deudas y heridas que sobrevivieron a sus gobiernos.

Porque el poder pasa, pero lo que permanece son las consecuencias. Cuando finalmente se apagan los reflectores, desaparecen los aduladores y se vacía el escritorio, cada gobernante queda de frente ante la única evaluación que no puede controlar ni maquillar: la de la realidad. Ahí, tarde o temprano, cada quien ocupa el lugar exacto que construyó con sus decisiones.

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