Marisol Cen Caamal *
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 7 de septiembre de 2026.- Cuarenta billones de dólares. US$40 trillion, como se expresa en inglés. Una cifra tan descomunal que escapa a nuestra capacidad de imaginarla, pero que representa una realidad concreta: es el monto de la deuda pública de Estados Unidos, que por primera vez en su historia superó esa cantidad en agosto de 2026.
Cuarenta billones de dólares que no aparecieron de un día para otro. Son el resultado acumulado de años de gastar más de lo que se ingresa, decisión tras decisión, gobierno tras gobierno. No es consecuencia de una sola administración ni de una sola crisis. Es la suma de años en los que los déficits fiscales se fueron acumulando hasta convertirse en una obligación de una dimensión difícil de comprender.
Un déficit fiscal ocurre cuando, en un periodo determinado, un gobierno gasta más de lo que recauda. Esa diferencia hay que cubrirla y, cuando se hace pidiendo prestado, el faltante se convierte en una nueva obligación que alguien, en algún momento, tendrá que pagar.
Pensemos en algo mucho más cercano. Una familia que en un año gana 100 pesos, pero gasta 110, tiene un déficit de 10 pesos. Si pide prestados esos 10 pesos para cerrar la brecha, esos 10 pesos se convierten en deuda. Si al año siguiente vuelve a gastar 110 ganando solamente 100 y nuevamente pide prestado lo que le falta, su deuda crece. Y si además tiene que pagar intereses, cada vez necesitará destinar una mayor parte de sus ingresos para cubrir compromisos del pasado, en lugar de ahorrar, invertir o enfrentar una emergencia.
El déficit es desequilibrio
Eso, explicado sin tecnicismos, es lo que ocurre también con las finanzas de un país. El déficit es el desequilibrio de hoy; la deuda es la acumulación de esos desequilibrios a lo largo del tiempo.
Como ciudadanos, solemos confundir un buen gobierno con un gobierno que hace mucho: el que construye obras, entrega apoyos, amplía servicios y resuelve necesidades. Medimos lo que podemos ver, pero pocas veces preguntamos qué ocurre detrás de todo eso con las finanzas públicas.
Estados Unidos es un ejemplo de lo que pasa cuando la deuda se acumula. De acuerdo con las proyecciones de febrero de 2026 de la Congressional Budget Office (CBO), el gobierno federal tendría en 2026 ingresos por alrededor de 5.6 billones de dólares, pero gastaría aproximadamente 7.4 billones. La diferencia genera un déficit fiscal de 1.9 billones de dólares, equivalente al 5.8% del PIB.
De esos 7.4 billones de dólares de gasto federal, los tres grandes rubros son salud, pensiones y, en tercer lugar, los intereses de la deuda. Estos últimos representan alrededor de 1 billón de dólares; es decir, aproximadamente uno de cada siete dólares que gastará el gobierno federal se destinará al pago de intereses.
Por eso resulta tan relevante la presión del presidente Donald Trump sobre la Reserva Federal para que reduzca las tasas de interés.
Una tasa más baja puede abaratar el crédito para familias y empresas, estimular la inversión y reducir el costo de financiamiento. Para un gobierno con una deuda de semejante magnitud, también puede ayudar a contener el costo de nuevas emisiones y refinanciamientos.
Pero la Reserva Federal no puede simplemente bajar las tasas porque el gobierno necesite pagar menos intereses. Su responsabilidad es preservar la estabilidad de precios y promover el nivel de empleo. Si redujera las tasas de manera prematura, podría estimular nuevamente la demanda y la inflación volvería a aumentar, haciendo necesario subir las tasas otra vez.
Problema de fondo
Por eso la deuda no puede resolverse simplemente haciendo más barato el dinero. El problema de fondo sigue siendo el déficit.
Y aquí, como país, tenemos mucho que aprender. Nuestro presupuesto también refleja una sociedad que demanda cada vez más del Estado. El Presupuesto de Egresos de la Federación 2026 contempla un gasto neto total de 10.19 billones de pesos y un déficit presupuestario de 1.39 billones, equivalente a 3.6% del PIB. Entre los principales componentes del gasto están las pensiones y jubilaciones, que representan alrededor de 1.72 billones de pesos, mientras que los recursos destinados a las Pensiones y Programas para el Bienestar rondan el billón de pesos.
Detrás de estas cifras hay programas que benefician a millones de personas y que, sin duda, pueden representar un apoyo fundamental para quienes los reciben. Pero precisamente por su dimensión y permanencia hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿podemos sostener estos gastos a través del tiempo?
Conversación pendiente
Quizá esta sea una de las conversaciones que más nos hacen falta como sociedad. Hemos aprendido a exigir resultados, servicios y beneficios, pero todavía nos cuesta hablar de algo tan importante como su costo. Porque detrás de cada obra, cada programa y cada apoyo hay recursos que alguien tuvo que generar, o que, si se pidieron prestados, tarde o temprano alguien tendrá que pagar. La responsabilidad ciudadana también debería consistir en entender esa parte de la historia.
También deberíamos aprender a reconocer otra forma de gobernar: aquella que hace lo posible con los recursos que tiene, que establece prioridades y que sabe decir que no cuando una decisión de hoy puede convertirse en una carga para mañana. Un buen gobierno no debería medirse solamente por cuánto construyó, cuánto entregó o cuánto gastó, sino también por las obligaciones que fue capaz de evitar. Porque quizá una de las mejores herencias que puede dejar un gobierno no sea una obra que podamos inaugurar, sino una deuda que nunca tuvimos que pagar.
Llamado de atención
Los 40 billones de dólares de deuda estadounidense deberían servirnos como una llamada de atención, no como una razón para señalar a otro país. Deberían recordarnos que las finanzas públicas también tienen límites; que los gobiernos no generan dinero de la nada; que cada peso que se gasta tiene un origen y cada peso que se pide prestado tiene un costo.
Y lo más importante es entender quién termina pagando ese costo. Porque muchas veces no somos nosotros, sino quienes vienen después.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
@kookayfinanzas *Profesora universitaria y consultora financiera
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