miércoles , 9 septiembre 2026

¿Sirven los informes presidenciales?

Angélica de la Peña

Fuente: El Sol de México

Mérida, 9 de septiembre de 2026,.- A propósito del Segundo Informe de la presidenta Claudia Sheinbaum, ¿fue una verdadera rendición de cuentas? ¿O solo cumplió con la formalidad de enviar un informe escrito, como establece la CPEUM desde 2008?

En realidad, ningún presidente ha hecho otra cosa que leer desde el podio del Congreso lo que le viene en gana, frente a un auditorio aplaudidor, hasta que llegó la oposición.

Desde que somos una nación, el presidente en turno ha desplegado una retórica abstracta para cumplir con “su” informe cada año. Los presidentes se revestían de un ritual imperial.

Recordemos que, cuando se construyó la actual Cámara de Diputados en el gran predio de la vieja estación de San Lázaro, en el recinto parlamentario se diseñó un gran pasillo central, propio para el avance de un carismático presidente López Portillo, seguido de un gran séquito. Con dos monumentales banderas detrás, leía su informe con elocuencia teatral, solo interrumpida por los aplausos de los legisladores de su partido. Cómo olvidar su último informe, cuando anunció la nacionalización de la banca y la gran bancada priista se puso de pie para aplaudirle. Lo mismo hicieron cuando Miguel de la Madrid la regresó a la iniciativa privada.

Pero, en 1988, un hecho que comenzó a desfondar la disciplina ceremonial del Informe presidencial fue protagonizado por Porfirio Muñoz Ledo, entonces senador del Frente Democrático Nacional, quien, desde su curul, interrumpió el último informe de Miguel de la Madrid para interpelarlo sobre cómo iba a cumplir con el respeto a la voluntad popular, frente al reclamo de fraude contra Cuauhtémoc Cárdenas.

Comenzaba el fin de la pomposa liturgia del informe presidencial. En todos los informes de Salinas fue interrumpido con gritos y pancartas, ante lo que lanzó su clásico comentario contra la oposición: “ni los veo ni los oigo”.

Al primer presidente de la oposición, Vicente Fox (2000-2006), se le cuestionó no haber dado el paso hacia la transición democrática para transformar el régimen de discrecionalidad y cacicazgos; constituir comisiones de la verdad sobre hechos pasados de persecución política y desaparición forzada; terminar con los cotos de poder fácticos que siguieron intocables, entre otros pendientes. Pero tampoco se atrevieron Calderón ni Peña.

Siguió la descomposición política que allanó el camino al desastre populista que regresaba por sus fueros: el lopezobradorismo y el retorno del presidencialismo populista.

Hoy sobrevivimos sin desarrollo social y, peor aún, con el reparto discrecional de dinero público en efectivo a la gente pobre, con el objeto de tener millones de familias cautivas y dependientes para ir a votar por su movimiento; y todo ello con la complacencia de la Cámara de Diputados, responsable de aprobar y vigilar cómo se gasta la hacienda pública.

Hoy gobierna, por primera vez, una presidenta. Sin embargo, hemos constatado que ser mujer no ha sido garantía de un cambio cualitativo hacia una democracia efectiva. Las reformas constitucionales de su mentor, que ella ha concretado, lo constatan: perdimos el equilibrio entre los Poderes.

¿Podríamos aspirar a lo que acontece en Inglaterra, España, Australia, Canadá o Nueva Zelanda, donde quien gobierna se presenta ante el Parlamento para rendir cuentas y responder cuestionamientos sobre los asuntos del Estado?

No perdamos el ánimo, sobre todo teniendo un calendario electoral enfrente. Ojalá la oposición partidista lo entienda.

*Defensora de derechos humanos

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