Franck Fernández (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 29 de agosto de 2026.- Hace ya más de cuatro años que el mundo está alarmado por una guerra que el invasor había declarado duraría 4 días… o poco más. Sin embargo, Goliat está recibiendo una dura lección de parte del pequeño David. Hablo de la “operación militar especial”, hablo de la invasión de la poderosa Rusia contra la pequeña Ucrania.
En Budapest se había firmado en diciembre en 1994 un memorándum por medio del cual Rusia reconocía las fronteras de Ucrania. Dicen que se descubre al mentiroso por las mentiras. Años después comenzarían las anexiones ilegales de territorio ucraniano por parte de Rusia después de la firma del tratado de 1994. Por mucho que hablen ahora y nos martillen una y otra vez la idea de la invencibilidad de Rusia, debemos saber que la historia es otra.
Rusia es uno de esos países que terminan convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una especie de mentira contada una y otra vez. Su inmensidad geográfica, sus enormes ejércitos, la resistencia de su población y, sobre todo, la memoria de la derrota de Napoleón y de la victoria sobre la Alemania nazi han creado la impresión de que enfrentarse a Rusia es perder… tarde o temprano.
Pero la historia tiene una mala costumbre: no respeta las leyendas. Rusia no es invencible. Lo cierto es que nunca lo ha sido. Basta con mirar hacia atrás para descubrir que la historia militar rusa está llena de victorias, sí, pero también de derrotas, algunas de ellas particularmente humillantes. Conviene además recordar que cuando hablamos de “Rusia” estamos hablando de entidades distintas: el zarismo, el Imperio ruso, la Unión Soviética y la actual Federación Rusa. No son exactamente el mismo Estado, aunque exista una continuidad histórica.
La lista de derrotas importantes es bastante más larga de lo que suele imaginarse. En la Guerra de Livonia (1558-1583), la Rusia de Iván el Terrible intentó abrirse camino hacia el Báltico y terminó perdiendo sus conquistas. Más tarde, durante la Guerra de Ingria (1610-1617), Suecia obligó a Moscú a ceder territorios. Durante el turbulento período conocido como el Tiempo de los Problemas, a comienzos del siglo XVII, fuerzas polaco-lituanas llegaron incluso a ocupar Moscú.
En 1853 comenzó la Guerra de Crimea (otra con el mismo nombre que la de hoy), quizá uno de los mejores ejemplos de que un imperio aparentemente formidable puede descubrir, de pronto, que sus enemigos tienen mejores armas, mejores comunicaciones y una superior capacidad logística.
Rusia se enfrentó al Imperio otomano, Francia, Gran Bretaña y al reino de Cerdeña. El resultado fue la derrota rusa y el Tratado de París de 1856. Sebastopol, símbolo del poder ruso en el Mar Negro, había resistido durante meses, pero finalmente cayó. Por eso una de las importantes avenidas de París lleva ese nombre: Sebastopol, que conmemora la derrota de Rusia.
Después llegó una derrota que debió de resultar especialmente amarga.
La Guerra ruso-japonesa de 1904-1905 enfrentó al Imperio ruso con Japón, potencia mundial que surgía allá en Asia. Muchos europeos consideraban a los japoneses una potencia menor. Esto fue un grave error. Japón destruyó buena parte de la flota rusa en la batalla de Tsushima y obligó al zar Nicolás II a negociar.
Era la primera vez en la época moderna que una gran potencia europea era derrotada por una potencia asiática emergente. Para Rusia, aquello fue mucho más que una derrota militar: fue un golpe psicológico y que traería muchas consecuencias años después.
Siguió la Primera Guerra Mundial. Rusia comenzó el conflicto como una de las grandes potencias europeas y terminó con su Imperio derrumbado. En 1918, el gobierno bolchevique firmó el Tratado de Brest-Litovsk y abandonó la guerra en condiciones extremadamente desfavorables.
No debemos olvidar la Guerra polaco-soviética de 1919-1921. El Ejército Rojo avanzó hacia Polonia convencido de que la revolución podía llegar hasta Europa central. Pero, en agosto de 1920, una vez más Rusia (o ya a esas alturas Rusia Soviética) sufrió una derrota espectacular en la llamada “Batalla del Vístula” o “Milagro del Vístula”. Varsovia no cayó y los soviéticos tuvieron que aceptar la paz.
Y entonces llegamos a Finlandia. El 30 de noviembre de 1939, Stalin ordenó la invasión de Finlandia. El Ejército Rojo era infinitamente superior en hombres, tanques, artillería y aviones. Finlandia parecía condenada a desaparecer. Pero ocurrió algo extraordinario.
Los finlandeses conocían cada bosque, cada lago, cada trinchera, cada camino sendero. Se movían en esquís, aparecían de repente, atacaban y desaparecían. En pleno invierno, con temperaturas terribles, un ejército mucho más pequeño consiguió detener durante meses una potencia gigantesca. La Unión Soviética terminó conquistando territorio finlandés, cierto, pero pagó un precio enorme.
Finlandia perdió aproximadamente el 11 % de su territorio, pero conservó su independencia.
Ahora bien, no podemos llamar simplemente la Guerra de Invierno entre Finlandia y la Unión Soviética una derrota soviética. Militarmente, Moscú obtuvo territorio y Finlandia firmó la paz. Hay que tomar en consideración que fue una victoria tan costosa y tan poco parecida a una campaña rápida que esperaba Stalin, que quedó grabada como una seria humillación para el Ejército Rojo.
Después vendrían otras derrotas o fracasos: la guerra soviético-afgana, que terminó con la retirada de las tropas soviéticas en 1989. Ya en tiempos de la Federación Rusa, la Primera Guerra de Chechenia, concluida en 1996 con la retirada rusa y un acuerdo que reconocía de hecho la autonomía chechena. ¿Significa todo esto que Rusia sea débil?
De ninguna manera. Significa algo mucho más concreto y que los ucranianos han tenido que pagar muy caro para entenderlo: Rusia puede ser derrotada.
La historia demuestra que sus ejércitos pueden sufrir errores de cálculo, problemas logísticos, derrotas tácticas, pérdidas enormes y guerras que no salen como fueron planeadas.
Esa es la verdadera lección de la historia: ningún ejército es invencible, por mucho que cacaree lo contrario.
Napoleón llegó a Moscú y perdió. Hitler llegó a las puertas de Moscú y perdió. Pero eso no significa que todo ejército que se enfrente a Rusia esté condenado a perder. A veces Rusia gana. A veces pierde y, algunas veces, como en Finlandia, gana la guerra pero sale de ella con la sensación incómoda de haber perdido algo mucho más importante: el mito de su propia invencibilidad.
(*) Traductor, intérprete, filólogo.
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