El poder de Frena
Enrique García Cuéllar (*)
Fuente: Diario de Yucatán
El Frente Nacional Anti AMLO (Frena), comandado por Gilberto Lozano, comenzó un pequeño plantón en el Zócalo capitalino. Esto parecía no tener mayor repercusión de ninguna índole; más bien tenía facha de un esfuerzo destinado al fracaso, en gran parte debido a los exabruptos del vehemente iniciador de la protesta, Lozano, quien iba de exceso en exceso criticando los excesos de Andrés Manuel López Obrador.
A su vez, el Presidente de México vio las carpitas como una kermés escolar y las desdeñó, se burló, dijo que, por la noche, cada uno de los plantoneros se iban a dormir a un hotel. En fin, los descalificó.
Sin embargo, una fuerza poderosa estaba siendo avivada como en los tiempos de los cristeros, de la defensa de la fe católica. Y empezó una labor de hormiga en las iglesias de distintas denominaciones. Los púlpitos se convirtieron en foros para la arenga; los ministerios de culto, de cualquier denominación, se transformaron en plataformas políticas muy eficaces, con la eficacia que solamente pueden desplegar los líderes religiosos. Eso no estaba en la agenda del Presidente, quien se encontraba de gira en el norte del país.
Repentinamente, los integrantes de Frena se sorprendieron —mucho menos que el presidente AMLO, claro— y fueron rebasados por una enorme peregrinación de personas identificadas con el rosario, las oraciones y la fe. Había iniciado una nueva edición de los movimientos cristeros nacidos hace alrededor de cien años allá en Los Altos de Jalisco y propagados rápidamente hacia la zona de El Bajío.
Nadie más tiene tal poder de convocatoria. Lozano estaba feliz porque creyó que eran sus seguidores, pero no, estos feligreses habían obedecido a sus respectivos pastores. Los mensajes en WhatsApp contenían imágenes de la Virgen, del Sagrado Corazón. No eran del Frente, sino del clero.
La prensa “nacional” (ahora ya toda prensa es nacional) desdeñó la manifestación donde sí hubo más de cien mil asistentes, por no darle mucho vuelo a Lozano, tipo que suele soltar más ruido que nueces. De cualquier manera, López Obrador reflexionó sobre sus errores: el desdén y el insulto a los empresarios, la minimización de la protesta, el lenguaje ofensivo contra los conservadores. Y cambió su discurso. Se refirió a los empresarios como el sector necesario sin el cual no podía gobernar. Acabó por aceptarlo y los invitó a su conferencia matutina. Estableció compromisos a corto plazo, apoyos y desplegó un plan para la reactivación económica.
De alguna manera el Presiente supo que no era Lozano, sino un movimiento telúrico activado desde la entraña más sensible del pueblo de México, esa entraña donde habita la fe ciega, esa fe que él no ha podido conseguir y es monopolio de los creyentes y sus ministros religiosos. Contra esa oposición sin partido no podría, porque van ordenados, sin pintas, sin destrozos, sin provocaciones y se ganan el respeto de cada vez más ciudadanos.
Si Frena y Lozano se sintieron rebasados, apabullados, López Obrador se sintió avasallado y tuvo que rectificar —no sabemos aún si momentáneamente— su lenguaje, moderar su agresividad y sabe, lo sabe muy bien, que nadie podía hacerle un contrapeso tan poderoso como el gremio de la fe, unidos por las imágenes religiosas, cuyo impulso implacable podría lograr el cambio tan temido en Palacio Nacional. Y sabe que, contra la fe ciega, la que quisiera para sí mismo, es imposible ganar. Eso lo descompuso y ahora buscará amigos, así tenga que tocar las puertas del Cielo.—Mérida, Yucatán
Periodista
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