Por: SemMéxico
Elvira Hernández Carballido
SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 6 de mayo, 2026.-¿Sabes qué? Yo rajo, yo me quedo con mi mamá los cuarenta días. Me siento bien pendeja y bien cansada, bien inútil y bien amolada. Es angustiante no estar feliz de la vida porque de verdad quiero a mi bebé, pero no me la paso contemplando su sueño ni vigilando sus movimientos. Más bien espero que algún día aparezca yo, la mujer, la profesionista, la maestra, la escritora, la luchona. Quiero hacerte el amor sin que sienta vergüenza de mi cuerpo pues a mi pubis aún no le brota pelusa y temo que mi panza quede fruncida o chueca. Quiero que nuestro hijo ya hable para que sepa lo que quiere y que camine para salir a pasear con él porque ya no recuerdo cómo son las calles, ni la gente, ni el Metro, ni la basura, ni el esmog, por que llevo varios días aislada de la vida cotidiana y estoy encerrada en el castillo del maternazgo.
Este fragmento forma parte de mi relato de vida que ganó una mención honorífica en DEMAC (Documentos y Estudios de la Mujer), organización mexicana fundada en 1989 por la Dra. Amparo Espinosa Rugarcía. Cada año presentan una convocatoria para mujeres que se atreven a contar su historia y a las narrativas elegidas se les otorga un premio econonómico y son publicadas en un libro. Yo tuve el honor de recibir una mención honorífica con un texto donde hice referencia a la alegría de un embarazo deseado y a la tristeza de decidir un aborto. Pero como viene el diez de mayo, quiero compartirles la primera parte de esa historia.
El texto lo titulé “El castillo del maternazgo” (1997) y si bien esa palabra brotó de forma espontánea en mi escritura, fue durante una charla con Marta Lamas, antropóloga feminista mexicana, lo que posiblemente me hizo relacionar sus reflexiones con la palabra maternazgo y su diferencia con el término maternidad. Lamas ha señalado que la maternidad se refiere al proceso biológico que se lleva a cabo en el cuerpo de la mujer durante la gestación y el parto; mientras que el maternazgo está relacionado con la responsabilidad emocional y la crianza.
Desde que preparaba el texto ya tenía la certeza del inicio: Yo cuestionándome a mí misma, poniéndome ante un espejo para mirarme de frente y preguntarme si de verdad deseaba ser madre y por qué. Detallé la relación con mi esposo porque entre los dos decidimos tener un hijo. Describí las visitas al ginecólogo y las primeras reacciones de alegría cuando me confirmaron que esperaba un bebé. Si bien tuve un embarazo tranquilo, el texto me permitió confesar que estaba inquieta y temerosa:
Tengo miedo, pero esa palabra en una mujer embarazada está prohibida. Te hablan como si fueras una tonta, de inmediato cambian la conversación, te reprochan con la mirada, te dicen que esta etapa es de absoluta felicidad, no de malos pensamientos. Pero los tengo, los tengo y debo callármelos para no molestar a nadie, porque una embarazada es una mujer feliz, no alguien con dudas, temores, insatisfacciones y pánicos.
El momento del parto, el primer encuentro con mi hijo, la alegría y el cansancio, la torpeza al atender al bebé, el extraño placer de amantar, la pérdida del deseo sexual, los primeros meses dedicados al cuidado del nene y el deseo de regresar a mi vida profesional, la mezcla de sensaciones, culpas y deseos. Describo mi cuerpo después del parto, a veces severa lo rechaza, otras ocasiones solidaria lo acepta:
Tengo la peor figura que hubiera imaginado y ni siquiera soy capaz de bañarme solita.
Soy ya una «vaca lechera», mis pechos están llenos del vital líquido….
Aunque fue césarea siento raro el pubis porque le han crecido unos pequeños vellos duritos y rasposos. Creo que el clítoris está muy inflamado y la vagina lastimada. No sé si tenga ganas de recibir a ese pene solidario de antes.
Pienso animarme y le digo a mi amore que tiene que tomarme unas fotos sexys, así estilo calendario de la Trevi, para que después presuma que algún día fui talla 38, santo Dios.
Esta primera parte del relato “El castillo del maternazgo”, decidí cerrarla de manera esperanzadora, reconciliada con mi cuerpo, preparada para mi rol de madre, optimista de lograr mis metas profesionales, así como mi apuesta por mantener la relación con mi pareja.
Sin duda, el 10 de mayo me obliga a releer ese relato, a descubrirme sorprendida por la manera en que me expresaba en esa época y con la certeza de que una embarazo deseado siempre trae una maternidad gozosa así como un maternazgo sincero, retador y apasionado.
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