sábado , 26 noviembre 2022
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Reinhard Heydrich fue el carnicero de Praga

Franck Fernández Estrada*

Fuente: Diario de Yucatán

Llega un momento en que al bravucón del barrio hay que enfrentársele. Mientras más uno se amilane ante sus acciones más fuerza toma. El presidente de Rusia a mí nunca me engañó. Desde que subió al gobierno de ese gran país entendí que era un mal personaje. Un siniestro personaje. Sus credenciales como agente de la KGB lo precedían.

Después, el incidente del teatro Dubrovka de Moscú, la tragedia de la escuela primaria de Beslán y el destino al que condenó a los pobres náufragos del submarino Kursk vinieron a confirmar todas mis opiniones. Tuvimos la experiencia de Chechenia, de Siria, de Georgia, la invasión a Crimea. Llegó el momento en que había que decirle hasta aquí. De lo contrario se habría adueñado del planeta.

Lo más pueril (por utilizar una palabra decente) es que, en el caso que estamos viviendo con la guerra en Ucrania, no tuvo la inteligencia digna del presidente de un gran país para justificar sus execrables acciones de forma diferente a lo que hizo hace 80 años Hitler. La excusa fue la misma: “Están maltratando a la gente que habla mi idioma”. Fue entonces cuando el apaciguador canciller inglés Lord Neville Chamberlain entregó los Sudetes checos a Hitler, quien, no contento, pocos meses más tarde se engullía el resto de Checoslovaquia.

Dividieron el país. Eslovaquia se declaró independiente adoptando la filosofía nazi. Moravia y Bohemia, que forman la República Checa actual, fueron declaradas protectorado del imperio alemán. Como jefe de este nuevo protectorado enviaron a un antiguo oficial que, por no ser lo suficientemente

cruel, fue reemplazado por otro, incluso con sospechas de llevar sangre judía en sus venas: Reinhard Heydrich.

Heydrich funcionaba con la política del palo y la zanahoria. Era condescendiente con los que se sometían y cruel con los que no le obedecían. Algunos obreros y campesinos (que fácil caen en las manos de los populistas) comenzaron a dejarse convencer por los cantos de sirena nazi. Sin embargo, una buena parte de la población checa consideraba odiosa esta invasión y, en particular, el trato que le infringía Heydrich a su pueblo.

El gobierno constitucionalmente elegido de Checoslovaquia, dirigido por el presidente Edvard Benes, se exilió en Londres y desde allá trataba de organizar acciones para hacer presente las acciones de la clandestinidad. Una de ellas fue planificar el asesinato de Heydrich quien, en la jerarquía nazi, ocupaba el tercer rango. Desde Londres llegaron la madrugada del 28 de diciembre de 1941 dos patriotas con esa misión: Jan Kubis y Jozef Gabcík. En la Bohemia ocupada debían contactar con Karel Curda, de la resistencia interna.

Desde el comienzo, la acción comenzó con el pie izquierdo: fueron lanzados en paracaídas en una zona diferente a la planificada. La resistencia interna, con grandes temores, no les quería dar crédito hasta que fueron escuchadas sus demandas de ayuda. Antropoide era el nombre clave de esta operación.

Inicialmente consideraron que el atentado se debía hacer mientras el Teniente General Heydrich estuviera de viaje en tren. Pronto desecharon esta idea por considerarla irrealizable.

Se dieron cuenta de que el Teniente General tenía hábitos regulares. Se había establecido con su familia en una pequeña y elegante aldea a 14 kilómetros del centro de Praga. El 27 de mayo de 1942, sobre las 10:30 de la mañana, viajaba en su hermoso Mercedes Benz Typ 320 cabriolet descapotable, la mayor parte de las veces sin escolta. Es cierto que el Mercedes era blindado, pero poco le servía en la medida en que era descapotable. La mayoría de las veces solo iba acompañado por su chofer, sin escolta.

Los patriotas Jan Kubis y Jozef Gabcík encontraron un lugar del trayecto de su residencia a Praga donde, debido a la topografía del lugar, había una curva muy cerrada de casi 360 grados. En esa curva forzosamente el chofer tenía que disminuir la velocidad del Mercedes. Fue en ese momento en que Gabcík se tiró delante del coche empuñando su arma, un fusil Sten, con la intención de abrir fuego. El arma se bloqueó y Gabcík se puso muy nervioso. Los fusiles Sten tenían fama de ser armas caprichosas que se bloqueaban con frecuencia, generalmente en el peor de los momentos. Kubis logró tirar hacia el coche una granada antitanque que solo alcanzó la parte trasera del Mercedes.

Algo se puede decir a favor de Heydrich. No era un hombre cobarde. A pesar de ir herido, le pidió al chofer detener el Mercedes para, con su propia pistola, atacar a los que habían atentado contra su vida. Poco pudo caminar Heydrich. Las esquirlas de la granada, más la piel de caballo con que estaban revestidos los asientos del Mercedes, se les habían incrustado en la espalda. También tuvo problemas con el bazo y una costilla rota. Los asaltantes lograron huir. Heydrich fue llevado de urgencia al hospital Bulovka, que se encontraba muy cerca. Desde Berlín fueron enviados por avión los médicos personales del Fhürer para que lo atendieran. Poco a poco salía de su gravedad hasta que el 4 de junio falleció mientras almorzaba. El resultado de la autopsia fue que había muerto por envenenamiento. Algunos se preguntan si los médicos enviados desde Berlín no se habrían ocupado de este asunto. Muchos veían con desconfianza el ascenso de Heydrich dentro de las altas esferas nazis. Era un hombre temido. Otros argumentan que fue la crin de caballo, con cuya piel estaban revestidos los asientos de Mercedes, lo que realmente envenenó su sangre.

Hitler dio la orden de que fueran ejecutados 10 mil inocentes checos por la muerte de Heydrich. Algún oficial le recordó que esos checos eran necesarios para la industria bélica alemana. La industria checoslovaca fue una de las principales razones por las que Alemania invadió a Checoslovaquia, específicamente por las fábricas Skoda. Era vital esa industria para los esfuerzos de guerra, al igual que la mano de obra.

Por su parte, los patriotas checos lograron esconderse primeramente en casa de miembros de la resistencia. Finalmente encontraron refugio en la cripta de la barroca iglesia ortodoxa checa de San Cirilio y San Metodio, los sacerdotes que crearon el alfabeto eslavo. Allí estuvieron escondidos hasta que fueron traicionados por Karel Curda, miembro de la resistencia quien, por miedo a que sus familiares fueran asesinados y por dos millones de marcos imperiales (unos 600 mil dólares actuales) traicionó a sus compañeros de lucha. Curda fue fusilado en 1947 una vez liberada Checoslovaquia de la bota nazi.

Los patriotas estuvieron escondidos tres semanas en la cripta de esa iglesia hasta que el 18 de junio fueron rodeados. Durante varias horas, ellos y otros cuatro compañeros resistieron el asalto de más de 700 soldados del cuerpo de combate de élite. Los trataron de eliminar con armas de fuego, gases y hasta inundando la cripta. Para no caer en las manos del enemigo prefirieron suicidarse. Por su parte, el obispo de esta iglesia ortodoxa checa, apellidado Gorazd, asumió la responsabilidad por haber acogido a los de la resistencia, con el fin de minimizar las represalias entre sus feligreses. Fue arrestado el 27 de junio y torturado. El 4 de septiembre de 1942, el obispo, los sacerdotes de la iglesia y los principales líderes laicos fueron fusilados. Por sus acciones, el obispo Gorazd fue luego glorificado como mártir de la Iglesia Ortodoxa Oriental.

Víctimas de la furia de los nazis fueron dos aldeas cercanas a Praga que sí fueron duramente castigadas por este atentado. Sus nombres son Lídice y Lezáky. Fueron literalmente rayadas del mapa. En el caso de Lídice, los 199 hombres de más de 16 años fueron fusilados de inmediato en el lugar. Las mujeres y los niños fueron enviados a los campos de concentración. Algunos niños pequeños, con aspecto ario, fueron dados en adopción a familias alemanas para su germanización. ¡Qué coincidencia que la política de tierra quemada de Hitler sea la misma que utiliza el Verdugo de Moscú!

Nada, queridos lectores, que los que desconocen, ignoran o cambian la Historia siempre están condenados a repetirla.

Traductor, intérprete, filólogo (altus@sureste.com).

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