miércoles , 28 febrero 2024
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Plan TNT contra el INE

  • Aprendimos las prácticas y el vocabulario del fraude electoral: la “urna embarazada”, el “ratón loco”, el “carrusel”. Nos tocaba documentar y constatar, con el ánimo de transformar…

Denise Dresser*

Fuente: Diario de Yucatán

En 1991, como parte de mi tesis doctoral, publiqué una monografía titulada “Soluciones neopopulistas a problemas neoliberales: el Programa Nacional de Solidaridad en México”.

Luego de múltiples entrevistas, trabajo de campo, y años de investigación, comprobé que la política social de Carlos Salinas tenía un claro componente clientelar.

El objetivo del salinismo era mantener dos caras, aparentemente incompatibles: una que emulara el neoliberalismo en boga, y otra que enarbolara la bandera del apoyo a los pobres.

Se trataba de privatizar y compensar, recortar y paliar, recrear al PRI y crear las condiciones para que siempre ganara. Salinas iba de pueblo en pueblo, repartiendo beneficios, inaugurando obras, anunciando programas.

En 1988, el partido oficial recurrió a un burdo fraude para quedarse en el poder. Cuatro años después lo había recuperado, y Salinas terminó la Presidencia con 73.1 por ciento de aprobación: querido, admirado, reverenciado.

Quienes habíamos criticado el fortalecimiento del partido oficial vía la popularidad presidencial y la política clientelar sabíamos la tarea generacional que nos tocaba. Impedir las boletas quemadas, las urnas rellenadas de antemano, los votos falsificados, las trampas históricas.

Había que democratizar a México y eso entrañaba medidas obvias, y metas compartidas entre el PAN y el PRD. Cortar el lazo umbilical y presupuestal entre el partido y el gobierno. Quitarle a la Secretaría de Gobernación el control de las elecciones y crear un árbitro electoral autónomo.

Limpiar y actualizar un padrón amañado, exigir boletas numeradas y casillas electorales con cortinilla, demandar la credencial de elector y la tinta indeleble, nombrar funcionarios de casilla designados por insaculación y no por militancia partidista.

Nivelar el terreno de juego para que la oposición pudiera ganar en condiciones de equidad.

La agenda reformista cobró vida y generó consensos inusitados después del levantamiento zapatista, el asesinato de Colosio y Ruiz Massieu, la sensación de que el país iba camino al precipicio.

En la elección presidencial de 1994 fui observadora electoral para Alianza Cívica. Recuerdo que durante varios sábados nos reuníamos en el Museo Trotsky, y ahí nos entrenaban a detectar las múltiples formas en las que el PRI hacía trampa.

Aprendimos las prácticas y el vocabulario del fraude electoral: la “urna embarazada”, el “ratón loco”, el “carrusel”. Nos tocaba documentar y constatar, con el ánimo de transformar.

Y ese ímpetu ciudadano —aunado al consenso partidista— se tradujo en reformas de gran envergadura en 1994 y 1996. Jamás olvidaré la algarabía en el Zócalo cuando Cuauhtémoc Cárdenas llegó victorioso, nueve años después de haber sido expulsado de ahí.

O cuando Zedillo reconoció la derrota del PRI. En la explanada del entonces IFE lloramos, gritamos, celebramos. Habíamos logrado lo impensable: una transición electoral sin violencia.

Habíamos sacado al PRI de Los Pinos con votos, no con balas. Ahora a base de mentiras mañaneras, López Obrador quiere desfigurar esa historia, y escribir la que le conviene para emular las peores prácticas de Carlos Salinas y los presidentes imperiales del PRI que le precedieron.

Precampañas pagadas con dinero ilegal, movilización clientelar, apropiación del padrón, control de la credencial de elector, propaganda ilimitada, fin del servicio profesional electoral.

Regresarnos al país de un solo hombre, un solo partido dominante, una sola verdad histórica, un solo discurso. Jamás argumentaré que México era Suiza, o que el INE era impoluto, o que la transición no tuvo serias fallas.

Llevo treinta años diagnosticando cuán disfuncional ha sido nuestra democracia, cuán fallido ha sido nuestro sistema de partidos, cuán poco representativa ha sido nuestra partidocracia, cuán rapaz ha sido nuestra clase política, de todos los colores.

Pero el Plan B de reforma electoral es en realidad el Plan TNT. La intención no es componer sino dinamitar.

El objetivo es colocar un explosivo en el corazón del INE, para que el partido-gobierno pueda hacer lo que se le dé la gana en 2024, y más allá.

Bien advertía Churchill que quienes no conocen su historia están condenados a repetirla.

Al Poder Judicial, a los ciudadanos con memoria, a los albañiles de la transición nos corresponde desactivar la bomba que el lopezobradorismo ha colocado en la casa de todos.— Ciudad de México.

denise.dresser@mexicofirme.com

*Periodista

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