miércoles , 8 diciembre 2021
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Marlene Dietrich fue una mujer libre

Franck Fernández Estrada (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Mi historia del día de hoy la quiero comenzar con una pregunta: ¿Se puede considerar traidora a una persona que participa activamente en un ejército enemigo del ejército y del dirigente de su país natal? La respuesta natural es sí. Pero es algo que hay que relativizar.

Si uno es contrario a las políticas que promulga ese dirigente y ese dirigente es un dictador invasor de las naciones vecinas, la respuesta ya no es tan categórica. Ahora bien, si hablamos de la participación de una gran mujer, magnífica actriz, admirada cantante, símbolo sexual que derribó tabúes y límites de su época y luchó activamente contra la dictadura de Adolfo Hitler, entonces la respuesta es categóricamente no. Esa mujer no es una traidora. Estoy hablando de María Magdalena Dietrich, más conocida como Marlene Dietrich.

María Magdalena nació en 1901 en el seno de una familia prusiana, para ser más preciso berlinesa. Su padre era policía de la guardia cercana del kaiser y tenía una posición económica muy holgada. Su padre falleció aparentemente en un manicomio y su madre se casó, esta vez por amor, con otro hombre que lamentablemente falleció en los combates de la Primera Guerra Mundial. Ella y su hermana, porque sí, tenía una hermana a pesar de que renegara de ella por su posición a favor del nazismo, tuvieron una educación muy estricta de parte de su madre. María Magdalena estudiaba laúd y violín pero llegaron los acuerdos de Versalles, con los que se condenó a Alemania a pagar los gastos de guerra, y la estrepitosa inflación obligó a Marlene, pues a los 14 años decidió comenzar a llamarse de esa forma, a abandonar sus estudios y salir a la calle a trabajar.

Los años 20, que fueron locos en todo el mundo, lo fueron particularmente en Berlín. La gran escasez de dinero llevó a muchas personas a vender su cuerpo para continuar su vida. Marlene entró a estudiar teatro en una prestigiosa escuela de arte dramático de Berlín y, gracias a su belleza y su voz, se le comenzaron a proponer pequeños papeles en el teatro. Rudolph Sieber, productor de cine, la propuso para ir poco a poco adentrándose en el mundo del cine mudo alemán compartiendo su tiempo con revistas musicales y presentaciones en cabarets. Más tarde se casaron.

Participaba en una revista musical llamada “Dos corbatas” cuando su futuro pigmalión, Joseph von Sternberg, la descubrió y con ella filmó la película que la llevó al estrellato. No era cualquier película, era la primera película parlante del cine alemán y se filmó en el año 1930: “El Ángel Azul”.

“El Ángel Azul” representaba un cabaret de muy bajos fondos donde eróticamente Lola, el personaje que interpretaba Marlene, alborotaba a los espectadores, todos masculinos y con pocos marcos en los bolsillos. A este cabaret de mala muerte vino un profesor de literatura a tratar de convencer a Lola de que no desviara por el mal camino a sus estudiantes. Sin embargo, fue él quien cayó en las redes de la sulfurosa Lola. A partir de ese momento fue el descenso a los infiernos para este pobre profesor.

“El Ángel Azul” fue un éxito rotundo, pero Marlene no lo supo hasta más tarde, porque a la mañana siguiente de la premiere ella tomaba un barco que la llevaría a Estados Unidos para cumplimentar un contrato que tenía con la Paramount. La acompañaba su director, descubridor y amante, Joseph von Sternberg. Marlene así lo había exigido a la Paramount. El inesperado éxito de “El Ángel Azul” les llegó por telegrama al barco.

La Paramount quería a la berlinesa para contrarrestar el éxito que tenía Greta Garbo con la rival Metro Goldwin Mayer. De la mano de Sternberg se sucedieron películas que hoy forman parte del catálogo de las mejores del mundo: “El expreso de Shanghai”, “La emperatriz roja”, “El ángel malvado”, “Sed de mal”…

En una ocasión que estaba en París en 1933, fue abordada por el embajador de la Alemania, ya nazi, para proponerle volver a Alemania. Hitler la adoraba y quería que fuera el rostro del nuevo régimen. Sin embargo, Marlene estaba en contra de ese régimen. Sabía lo que se les hacía a los judíos, homosexuales, intelectuales y disidentes en su país. Muchos de los que trabajaron con ella en el cine, los cabarets y los teatros comenzaban a ser perseguidos y Marlene, para dar por concluida la conversación, respondió que solo regresaría a Alemania a condición de que su director fuera Joseph von Sternberg, judío.

En 1938 Marlene obtiene la nacionalidad norteamericana y en 1939 se declara la Segunda Guerra Mundial. En 1942, cuando Estados Unidos entra en guerra, forma parte del grupo de artistas que se dedica a la venta de bonos de guerra, a servir comida a los soldados que iban al frente y a ayudar de cualquier forma. Es en 1944, después del desembarco en Normandía, que Marlene decide ir personalmente al campo de batalla a cantarle y a animar a los soldados aliados. Algunos historiadores han llegado incluso a decir que también a satisfacer sus necesidades masculinas. En más de una ocasión cantaba y actuaba Marlene para los soldados y al fondo se podía escuchar el ruido de la guerra.

Es necesario decir que, al terminar la guerra, Marlene estaba en la bancarrota. Durante el tiempo que estuvo en el frente cobraba la misma paga que el resto de los soldados, 21 dólares al mes. Esta actitud le valió los mayores honores, tanto de Francia como de Estados Unidos. Por otra parte, a su país solo regresó en 1960, cuando una mujer le escupió el rostro en Düsseldorf, mientras que en Munich fue ovacionada como cantante.

Marlene alternaba el cine con el canto. Tenía una voz grave, sensual, envolvente. Fue ésa la voz que utilizó para, con diferente letra que ella misma cambió, retomar la canción que los servicios de propaganda de Hitler utilizaban para enaltecer a las tropas alemanas. Marlene, con su versión, les recordaba a esos mismos soldados alemanes el amor que habían dejado en su casa. Estoy hablando de la canción “Lili Marleen”, que ella rebautizó como “Lili Marlene”.

Mucho se ha hablado de los amores de Marlene Dietrich. Podemos decir que fue fiel a su esposo, Rudolph Sieber, con quien tuvo su única hija María y del que nunca se divorció. Fiel en el formato de un contrato matrimonial. Pero tuvo muchos amantes. Y cuando digo amantes, se debe entender hombres y mujeres. Porque si algo tenía de particular esta mujer es que saltaba de una posición de vamp devoradora de hombres a una criatura andrógina, vestida como hombre, robándole besos a las mujeres que se encontraba en su camino, como el peor de los proxenetas. Sus amantes, reales o adjudicados, son muchos: Yul Brynner, Edith Piaf, Mercedes de Acosta, Greta Garbo, Jean Gabin, John F. Kennedy, él con 46 y ella con 60 años… el viejo Kennedy… y un largo etcétera.

Los años 50 y 60 estuvieron marcados por una menor participación en el cine a pesar de que de esta época datan películas inmemoriales como “Testigo de cargo” y “Juicio de Nuremberg”. A partir de ese momento, se dedicó a viajar por las principales ciudades del mundo para presentarse como cantante. En Tel Aviv se presentó cantando en alemán, siendo fuertemente ovacionada.

Durante cierto tiempo vivió en Nueva York, en la muy prestigiosa Park Avenue, en el número 993, frente a la iglesia de San Ignacio. En 1973 tuvo un accidente con una de sus piernas y, a partir de ese momento, se recluyó en su apartamento del 12 Avenue Montaigne, frente por frente al exclusivísimo hotel Plaza Athénée, lo que le era muy práctico, porque el conserje del hotel cada mañana cruzaba la elegante avenida para traerle los periódicos del día.

Este accidente para Marlene fue una real tragedia, pues si de algo podía presumir esta mujer es de tener las piernas más hermosas de Hollywood, a las que tenía aseguradas por un millón de dólares (de aquella época). Su última presentación fue en la película “Just a Gigolo” al lado de David Bowie en 1978.

Otro tema del que se puede hablar extensamente sobre Marlene Dietrich es su gusto por el lujo. Esta mujer que siempre la vimos impecablemente vestida, maquillada, peinada y alhajada en realidad consideraba que todo eso solo eran accesorios para adornar al personaje que ella misma se había creado al lado de Sternberg.  En casa, ella era una mujer sencilla, aunque no desaliñada. Los últimos casi 15 años de su vida se los pasó encerrada en su dormitorio adonde un muy selecto grupo de personas tenía derecho a entrar, entre ellos su nieto mayor. Poco a poco se fueron acumulando la suciedad, el mal olor y la falta de higiene y aquélla que había sido la mujer deseada por la mitad de los hombres del planeta y, por qué no decirlo, también de muchas mujeres, no permitió que nadie viera su decadencia ni su vejez ni cómo se marchitaba su belleza.

Murió en 1992, la víspera del Festival de Cine de Cannes que casualmente le estaba dedicado. Marlene, a pesar de su muy amplia carrera cinematográfica, nunca recibió ningún premio de cine. Murió pobre. Aquella mujer que tantísimo dinero había ganado gastaba fortunas llamando por teléfono a sus amigos en los Estados Unidos en una época en que las comunicaciones internacionales aún eran muy caras.

Un periódico berlinés tuvo que hacer una colecta pública para poder pagar las mensualidades atrasadas del apartamento del 12 Avenue Montaigne del que ni siquiera era propietaria. Hoy descansa en su Berlín natal, en el cementerio de Schöneberg, aquélla que fue tan prusiana y tan americana, aquella mujer tan disciplinada consigo misma y con los demás, aquélla que sedujo por igual a hombres y mujeres, aquélla que levantó tabúes y obstáculos y que, por sobre todas las cosas, fue una mujer libre.

Traductor, intérprete, filólogo. altus@sureste.com.

“El Ángel Azul” fue un éxito rotundo, pero Marlene Dietrich no lo supo hasta más tarde, porque a la mañana siguiente de la premiere tomaba un barco que la llevaría a Estados Unidos para cumplimentar un contrato que tenía con la Paramount.

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