lunes , 15 abril 2024
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La Última Cena

  • Uno de los méritos de esta obra es poder expresar con fuerza dramática ese momento preciso

Por: Franck Fernández Estrada (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Las personas que siguen mi trabajo saben que amo los refranes. Mi madre los adoraba y tenía uno para cada momento de la vida. El que pudiéramos utilizar para la crónica de hoy es “maestro de todo, oficial de nada”. Hoy les quiero hablar de un hombre que es la antítesis de este refrán, puesto que brilló en todos los campos del saber humano que fueron de su interés: ingeniero, arquitecto, filósofo, inventor, escenografista, ingeniero, pintor y músico. La curiosidad fue el motor de todos sus inventos. La curiosidad lo acompañó desde su niñez. Cuando era niño, observaba todo lo que estuviera al alcance de sus ojos… el vuelo de un pájaro, las ramas de los árboles, un objeto que flotara sobre el agua de un arroyuelo… Esta curiosidad lo llevó a realizar estudios de anatomía con el fin de comprender el cuerpo humano y, de esta forma, plasmarlo en sus cuadros. Todos sus proyectos fueron de vanguardia. Estoy hablando de una de las más grandes mentes de la humanidad: Leonardo da Vinci.

Leonardo da Vinci nació en un pequeño poblado llamado Vinci en las cercanías de Florencia, cuna del Renacimiento. Era hijo de una campesina y de un importante notario escribano de la ciudad. A pesar de que sus padres nunca se pudieron casar por cuestiones de diferencia social, no por ello el padre de Leonardo dejó de atenderlo, trayéndoselo consigo a Florencia e introduciéndolo en el taller de pintura de Verrocchio, muy importante pintor de la época. Los grandes pintores de la Florencia de esta época solían tener aprendices que los ayudaban en la preparación de las pinturas. El taller de Verrocchio era multifacético, en él se les enseñaba a los aprendices no solo las técnicas de la pintura, sino también de arquitectura, escultura y de otras artes. También, para sus prácticas, se les permitía a los aprendices pintar algunos extractos de sus cuadros. Fue el caso de un cuadro que pintaba Verrocchio sobre el bautismo de Cristo

Este cuadro tenía como personajes a Cristo, San Juan Bautista en el momento en que bautiza al Señor y dos ángeles. Uno de los ángeles fue pintado, como el resto del cuadro, por Verrocchio, dejándole el ángel de la izquierda a Leonardo para que lo pintara. Decididamente este ángel sobresalía en belleza al resto de los personajes. Utilizó una técnica novedosa de pintar, el “sfumato”. Con esta técnica se da preferencia a unir las pinceladas de diferentes colores en vez de separarlas unas de otras. Al contemplar el trabajo de Leonardo en el ángel, Verrocchio anunció que nunca más volvería a pintar.

Desde el punto de vista pictórico, una de sus grandes obras maestras fue una revolucionaria versión de “La Última Cena”. El trabajo fue terminado en el año 1499 causando asombro y admiración en todos los que lo vieron.

Leonardo era un hombre taciturno, amante de la naturaleza, no muy instruido en letras porque el hecho de ser hijo bastardo le cerraba las puertas de los establecimientos de enseñanza superior; vegetariano de primera hora, elegante, apuesto como hombre y amante de otros hombres, de preferencia jóvenes. La sodomía era un pecado mayor en esa época y en Florencia existía un buzón donde se podían introducir cartas anónimas acusando a tal o a más cual de sodomita. Alguien denunció que Leonardo lo era. Si bien, a falta de pruebas, fue exonerado de la pena y limpiado su nombre, decidió abandonar la ciudad para no tener problemas futuros, consciente que era de sus tendencias.

Por otra parte, el ducado de Milán era el más poderoso de todos los estados independientes que aún no formaban la Italia unificada que conocemos hoy. El ducado de Milán era gobernado por el Duque Sforza, Ludovico Sforza. A él le envió Leonardo lo que se reconoce como el primer currículum vitae de la historia. En esta carta exaltaba no sus habilidades como pintor, sino como ingeniero militar. Ludovico solo vio al artista Leonardo da Vinci años más tarde, encargándole una estatua ecuestre de bronce de 11 metros de altura que lamentablemente solo quedó en bocetos.

En Milán había una iglesia, Santa Maria delle Grazie que fue encargada por el padre de Ludovico, el Duque Francisco Sforza como convento dominico y que tendría como misión servir de panteón a los miembros de la familia Sforza. Ante la necesidad de ampliar el convento, al construir un comedor para los monjes, ya en épocas de Ludovico, se le encargó a Leonardo un fresco mural que representaba la Última Cena del Señor con sus apóstoles. De inmediato comenzó a trabajar en bocetos de rostros de hombres que serían los rostros de los 13 personajes de la obra.

Tradicionalmente los comedores de monjes eran adornados con dos murales, uno representando la Última Cena y en la pared opuesta otro representando la Crucifixión del Señor. Leonardo tenía la intención de que, a través de esta Última Cena, se reconocieran sus talentos como artista. Todos esperaban que fuera una última cena más. Sin embargo, creó una obra sin parangón. Normalmente las Últimas Cenas precedentes mostraban el momento en que el Señor cortaba el pan, como representación de la primera misa. En su versión, Leonardo decidió plasmar un momento mucho más trágico, el momento en el que anuncia que entre los presentes se encuentra un traidor.

Cristo es el personaje central y principal del fresco. Desde él parten y convergen todas las líneas de perspectivas recientemente descubiertas y aplicadas en pintura. A partir de ese momento en que Cristo hace su anuncio, desde su figura central se produce como una explosión con sus diferentes olas. Los rostros de los Apóstoles reflejan sentimientos humanos: ira, sorpresa, malestar, desconcierto, incredulidad… Uno de los méritos de esta obra es poder expresar con fuerza dramática ese momento preciso.

Lamentablemente, Leonardo era un hombre curioso, innovador. En vez de utilizar el óleo, material que conocía a la perfección, decidió experimentar con otras pinturas, en este caso, una pintura a base de claras de huevo. Por otra parte, del otro lado de la pared se encontraba la cocina del monasterio lo que hacía que esa pared recogiera las humedades propias de una cocina. Resultado de ello es que muy poco tiempo después de haber sido terminada la obra, ya comenzaba a dar signos de deterioro. La pintura se despegaba de la pared.

Este no ha sido el único problema de la Última Cena de Leonardo da Vinci. La función de esta sala era servir de refectorio, de comedor y qué de más natural que unir este comedor con la cocina. Lo cierto es que no hubo otro lugar para poner la necesaria puerta que debajo de los pies de Cristo, rompiendo con todo el encanto del conjunto.

Durante toda su historia, la Última Cena de Leonardo ha suscitado admiración en todos aquellos que han venido a contemplarla. Entre ellos estuvo Francisco I de Francia, quien quería llevarse la obra a Francia. Ante la imposibilidad de llevarse la pared entera, pidió el rey que se hiciera una perfecta réplica que durante mucho tiempo estuvo en el Palacio de Fontainebleau a las afueras de París. Los avatares de la historia han llevado esta réplica a un monasterio de Bélgica, donde se puede contemplar hoy.

Debido al lamentable estado de la obra, en diferentes épocas se ha tratado de restaurar la Última Cena de Leonardo, siendo incluso contraproducente algunos de los tratamientos en ella efectuados. A comienzos del siglo XXI, y durante más de 20 años, la obra fue sometida a un gran trabajo de conservación constatándose que solo se podía contemplar el 20 % de la obra original de Leonardo.

Milán no es una de esas ciudades que uno podría calificar de bella. Sin embargo, su catedral dedicada a San Ambrosio, la Galería Comercial Víctor Emanuel II, el Castillo Sforza y Santa Maria delle Grazie son lugares que es necesario ver, al menos, una vez en la vida.

(*) Traductor, intérprete y filólogo.

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