martes , 18 junio 2024
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La historia del zar Pedro el Grande

Frank Fernández Estrada (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Lamentablemente, para hacer una profunda transformación en una sociedad por lo general hay que hacerlo con mano dura. Es obvio que esto también da paso a dictaduras.

Cuando hablamos de un rey, que en principio reinará hasta que se muera, ya la cosa cambia. Cuántos crueles reyes hemos visto en el pasado cuyos súbditos han recibido como gracia divina la muerte de su soberano. Otros han llegado para realmente hacer que sus países den un importante paso adelante.

Todo esta reflexión me lleva a pensar en uno de los más grandes zares de Rusia, Pedro el Grande. La dinastía Romanov comenzó en 1613 y duró hasta 1918. Durante siglos Rusia, a pesar de ser considerada geográficamente como parte de Europa, se veía como algo muy lejano. Razones no faltaban.

Alexei I tuvo una primera esposa con la que tuvo una hija, Sofía. En Rusia no existía la ley sálica que impedía que las mujeres ocuparan el puesto de zarina. Después tuvo un segundo matrimonio y con él dos hijos varones. El primero, Iván, era un muchacho con un evidente retraso mental, y el segundo fue Pedro, que sentía un gran amor por su hermano mayor.

Iván no estaba en condiciones de ejercer su derecho de reinar. Alexei I muere cuando Iván y Pedro tienen respectivamente 16 y 10 años. A pesar de que no había ley sálica, un hijo varón tenía supremacía sobre una hermana mujer mayor. Sofía sabía que en algún momento tendría que dejar la “regencia” de su hermano Iván. Se deshizo de los dos medio hermanos y de su madrasta enviándolos a un pequeño poblado de la periferia de Moscú.

Más bien, Sofía le hizo un favor a Pedro. Hasta ese momento, pocos extranjeros se aventuraban a visitar y menos aún vivir en aquella Rusia atrasada y medieval. La Iglesia decía que aquéllos que tuvieran contacto con personas que no fueran de la religión ruso-ortodoxa ponían en peligro la salud de sus almas.

Los pocos extranjeros que vivían en Moscú, para no contaminar al resto de los súbditos, eran enviados a vivir en un gueto donde se encontraba el palacio donde vivía el pequeño Pedro.

Pedro nació con el bichito de la curiosidad. Iba a visitar a los extranjeros, fundamentalmente alemanes, para que le explicaran cómo era la vida en Europa occidental, le explicaran cómo eran los barcos y cómo se fabricaban, cómo eran las ciencias, los nuevos, instrumentos de ciencia y tecnología que se descubrían, visitar aquellas casas bonitas y fabricadas con ladrillos, cuando las de Rusia eran todas hechas de madera. En esta compañía, y preparándose para ser un día el verdadero zar, Pedro pasó los siete años hasta que a los 17 le llegó el momento de ser ungido. Ya a los 18 se había casado con su primera mujer que le dio un hijo, Alexis. Más tarde se casaría con otra mujer, que ni siquiera era rusa, sino letona, y que había sido su criada.

A los 20 años, Pedro dejó las riendas de su inmenso país a hombres de su confianza y, con un grupo de 250 compañeros, se fue a recorrer Europa para aprender ellos mismos nuevos oficios y traer buenos ingenieros, técnicos y doctores a Rusia. Era la primera vez que un soberano de este país salía de sus fronteras, salvo contadas excepciones para hacer la guerra. Evidente que a los boyardos (que así se llamaban los nobles rusos) aquello no le hacían ninguna gracia. Primero pasó por Berlín y después a Hamburgo. Llegó al objetivo principal de su viaje, Ámsterdam. Maravillado quedó con esta ciudad, la más rica de Europa en ese momento gracias al comercio. Los Países Bajos, a pesar de ser un muy pequeño país, tenía una flota mercante de 4000 navíos, más que todos los otros países de Europa juntos. Gracias a estos navíos se había creado una enorme riqueza. Ámsterdam había sido constituida sobre marismas que habían sido disecadas con canales para hacerlas habitables.

Londres fue otro de sus destinos, donde descubrió cómo se reconstruía la nueva catedral San Pablo de Londres, después de la destrucción de la catedral gótica en 1666. Pedro quería que en Rusia hubiera este tipo de construcciones. No fue a París, entonces reinaba Luis XIV, y a él lo consideraba aliado de los turcos, uno de los dos principales enemigos de Rusia en aquel momento. De vuelta a Rusia comenzaron las grandes innovaciones. En primer lugar mandó de forma obligatoria a que todas las personas, en particular, los nobles, a vestirse a la usanza europea. Prohibió las barbas. Él mismo llevaba unas tijeras en el bolsillo para cortarle personalmente las barbas a alguien que las llevara en su presencia.

Durante su estancia en Europa estuvo de incógnito. Nadie sabía quién era aquel gallardo y alto joven, que se esforzaba por aprender todos los oficios, comenzando por el de simple carpintero, con cepillo y garlopa en mano para la construcción de los barcos, aquel afanado albañil que levantaba muros de ladrillos para aprender ese oficio, aquel orfebre que comenzaba en la forja para fabricar un instrumento de metal.

A pesar de ser extremadamente religioso, eliminó el patriarcado de Moscú. Hasta ese momento los decretos tenían que ser firmados por el zar y por el patriarca de la iglesia ruso-ortodoxa. Él no quería ningún obstáculo para gobernar como soberano absoluto. Paradójicamente, quien restableció el patriarcado en Rusia fue el gobierno bolchevique, los metropolitanos de Moscú, que han servido como lamebotas de todos los gobernadores primero de la Unión Soviética y ahora de la nueva Rusia. Es el caso de Kiril I y el presidente dictador

En el mayor de los lagos cercanos a Moscú, con la orientación de sus amigos alemanes y los técnicos que había traído de Ámsterdam, construyó siete barcos, a modo de aprendizaje, para lo que sería la futura flota rusa… y no solo mercantil, sino también de guerra. Pero una flota necesita mar y Rusia no lo tenía. Primero le hizo la guerra a Suecia, gran potencia en ese momento. En Suecia reinaba Carlos XII, también impetuoso y joven rey. La derrota no se hizo esperar para el lado ruso. Entonces Pedro se dirigió contra los otomanos con el fin de arrebatarles Crimea, siempre con el fin de obtener un puerto a la mar. Segunda gran derrota para Pedro. Sin embargo, en una segunda guerra que le declaró a su homólogo Carlos XII de Suecia logró conquistar tierras que le permitieron tener acceso al mar, en el golfo de Finlandia. Nunca más sería Suecia un peligro para Rusia ni una gran potencia.

De la misma forma que los holandeses habían hecho a Ámsterdam, él quería su gran ciudad y su gran puerto marítimo. Escogió la desembocadura de un inmenso río, el Neva, que también era tierra pantanosa. Allí se haría la nueva gran capital, como la llamaría él mismo más tarde, una ventana a Europa. En la nueva capital habría grandes avenidas y magníficos edificios como los que había visto en las otras grandes ciudades europeas. Para ello llamó a un arquitecto italiano que fue el que urbanizó la nueva ciudad, a partir de ese momento la capital de su reino. Sobre los huesos de cientos de miles de campesinos se construyó esta esplendorosa capital, durante el verano infectada de mosquitos y durante el invierno completamente congelada. A la nobleza la obligó a establecerse en la nueva capital y construyeron palacios a la altura de las exigencias del zar.

Estaban prohibidos los edificios de madera, todo tenía que ser de ladrillos. Faltaban materiales y albañiles. Pedro prohibió que se construyera ningún edificio de piedra en Rusia, todos los materiales y albañiles debían dirigirse a la nueva capital. Construyó una primera catedral y un primer fuerte, el fuerte de Pedro y Pablo en una isla sobre el Neva cuya aguja marcaba el horizonte de la nueva y esplendorosa capital. A Francia viajó solo cuando llegó al trono Luis XV. De Francia importó Pedro el refinamiento de la gastronomía y de las artes de la mesa.

Pedro tenía importantes enemigos. Uno la Iglesia, que veía como una enorme blasfemia todo lo que hacía Pedro. El segundo era su propio hijo, educado por su madre en el más profundo respeto de las costumbres de la iglesia ruso-ortodoxa. Pedro comprendía que, a su muerte, sería su hijo quien diera marcha atrás a todo lo que él hubiera podido avanzar. Le dio dos opciones: incorporarse al tren de la modernidad o recluirse en un monasterio. Alexis optó por una tercera vía, huyó de Rusia. Primero fue a Viena y después se instaló en Nápoles. Bajo mentiras, lo atrajo nuevamente a Rusia y, ya de vuelta a Rusia Alexis, lo condenó a muerte por latigazos. Cuentan que él mismo dio el primero de ellos.

Pedro era un hombre muy alto, de poco más de 2 m de altura, excepcional, no solo en nuestros días, sino aún más en aquella época. Se dice que el tamaño de su virilidad era proporcional a su estatura. Daba zancadas tan largas que aquellos que tenían que seguir sus pasos, de plano tenían que correr detrás de él. Adoraba las fiestas con mucho vino y vodka, fiestas que se terminaban bastante después de la salida del sol. Pedro era el último en emborracharse, tenía un alto grado de resistencia al alcohol.

Ya en poder de las tierras para su nueva capital al norte, decidió arrancarles el Mar Negro a los turcos, teniéndose que contentar con el puerto de Azov. Al regresar triunfante su ejército desde el sur a Moscú, ninguno de los ciudadanos que se agolpaban para vitorearlo lo pudo reconocer. Pedro entró a Moscú en calidad de sargento primero de su ejército real. En el ejército había comenzado como tamborilero, él quería conocerlo todo, pero desde abajo, desde sus inicios, para que nadie le hiciera ningún cuento.

Contrajo una infección en los riñones de la que fue curado gracias a una horrible operación con la que le extirparon todas las piedras alojadas en su riñón. Pedro, un verdadero oso ruso por su tamaño y fuerzas, daba señales de curarse rápidamente. De hecho se curó. Creyó Pedro que podía continuar con su tesón de hacer de su Rusia natal una gran potencia europea, cosa que estaba logrando. Sin embargo, fue un acto de altruismo el que venció a Pedro y lo llevó a la muerte. Presenció cómo uno de barcos se hundía. Él mismo se tiró al mar para rescatar a cuatro de sus marineros.

Este acto le causó una grave gripe, de ahí a una neumonía y de ahí a la muerte. Lo sucedió su esposa, aquella que había sido su criada, con el nombre de Catalina I. Después vendría, también del extranjero, otra Catalina que aumentaría con el nombre de Catalina II la grandeza y prestigio de Rusia. Ahí dejó detrás Pedro el Grande, Emperador de todas las Rusias y Padre de la Patria una nación que había encontrado sumida en el sistema medieval y la encausaba en el desarrollo y la civilización. Ahí quedó la gran ciudad, hermosa entre las primeras, cuyo nombre dedicó a su santo patrón, San Petersburgo.

(*) Traductor, intérprete y filólogo

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