domingo , 26 junio 2022
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La corona de la Virgen de Fátima

Franck Fernández Estrada (*)

Fuente: Diario de Yucatán

La Virgen María, Madre de Jesús, como ya he dicho, no es solamente venerada por los católicos sino también por los musulmanes. Su nombre aparece citado más veces en el Corán que en las Santas Escrituras de los cristianos.

La Virgen ha tenido muchas apariciones, momentos en los que, según creen los católicos, ella hace declaraciones y también peticiones. Siempre es la misma Virgen, única. María, madre de Jesús, tiene diferentes advocaciones. Advocaciones son los nombres con los que se le llama y también las diferentes imágenes que representan sus apariciones y sobrenombres. Madre de Dios es uno de los sobrenombres que se le da la Virgen.

Entre las múltiples apariciones que ha tenido María, una de las más famosas es la que acaeció ante tres niños pastores en Portugal en el año 1917. De hecho, no fue una sino seis apariciones en total precedidas por las de un ángel que les anunciaba un año antes a estos niños que se les representaría la Virgen.

Es muy interesante todo lo que tiene que ver con las apariciones, con los mensajes que la Virgen transmitió por medio de estos tres niños e incluso el gran fenómeno solar que se produjo el 13 de octubre de 1917 cuando una de las pastorcitas, Lucía, le solicitó a la Virgen una prueba para las multitudes incrédulas de estas apariciones. El fenómeno fue tan evidente y ante una cantidad tan grande de personas, entre quienes que se encontraban importantes fotógrafos y periodistas ateos, que merecen una crónica aparte.

Lo que quiero narrar en esta crónica que les propongo hoy es la historia de la imagen en sí y, en particular, de la más importante de las coronas que porta.

Uno de los presentes del célebre fenómeno llamado “milagro del Sol” del 13 de octubre de 1917 fue Gilberto Fernandes dos Santos, quién rápidamente se dio cuenta de que, en la pequeña capilla que se construyó en el sitio exacto donde los pastorcitos decían que se apareció la Virgen, faltaba algo. Era una imagen de la Virgen.

Mucho buscó Gilberto hasta que llevó su búsqueda a la ciudad de Braga, a Casa Fânzeres, especializada en la fabricación de imágenes de santos. Ahí José Ferraira Thedim, especializado en arte sacro, se dedicó a esculpir la imagen de la Virgen basándose en lo que habían visto los niños en 1917. La imagen fue vestida con un traje blanco con bordes de color dorado, realizada en caoba de Brasil y tiene una altura de 1.04 m.

Con posterioridad se hizo otra imagen reproducción de la primera para que viajara por diferentes lugares y países, es la Virgen Peregrina. Huelga decir que las dos imágenes fueron bendecidas de inmediato.

En la Primera Guerra Mundial, Portugal contribuyó con gran cantidad de sangre de sus jóvenes. Al estallar la Segunda Guerra, Portugal se mantuvo neutral. En agradecimiento a ello, un grupo de mujeres llamó al resto de las portuguesas a entregar sus joyas para realizarle una gran corona a la Virgen de Fátima. Al llamado respondieron muchas mujeres que entregaron sus joyas con importantes cantidades de oro, plata y piedras preciosas.

El encargo para realizar la corona se le concedió a Casa Leitão & Hermano, famosos joyeros de Portugal y antiguos joyeros de la casa real de ese país. En ella trabajaron gratuitamente ocho orfebres para realizar la corona. La misma tiene ocho brazos, representa una corona real, puesto que desde el año 1646 la Virgen María fue proclamada reina de Portugal por el rey Juan IV. En total pesa 1,200 gramos y cuenta con 2,992 piedras preciosas entre brillantes, perlas, turquesas, zafiros, rubíes, amatistas y cuatro aguamarinas.

La corona de la Virgen de Fátima es la obra de joyería más importante realizada en Portugal en el siglo XX.

Cuentan que ya estaba terminada la corona cuando llegó un par de pendientes que, ya no sabiendo qué hacer con ellos, los orfebres los colocaron a ambos lados de los brazos de la Cruz que se encuentra en la cúspide de esta corona. Esta singular posición no deja de darle un aire gracioso porque, durante las grandes festividades, cuando sale en procesión la Virgen, estos dos pendientes se mueven al ritmo de los pasos de los portadores.

Tantas piedras y metales preciosos llegaron que los orfebres tuvieron el material con qué realizar una segunda corona, también real, pero esta vez de plata.

Así estuvieron las cosas hasta el año 1981.

Debemos trasladarnos a la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el 13 de mayo de ese año. El papa Juan Pablo II salía en su papamóvil —que aún no tenía los cristales de protección que se le pusieron con posterioridad a los eventos que les voy a narrar— a ver a los feligreses y fue víctima de un atentado.

Un asesino a sueldo, el turco Mehmet Ali Agca logró dispararle dos balas que se encajaron en el cuerpo del Santo Padre. Una de ellas pudo ser extraordinariamente peligrosa, incluso mortal.

Aquí reproduzco las palabras del doctor Crucitti, jefe del equipo médico que atendió al Santo Padre: “La bala entró a la altura del ombligo, por el lado izquierdo, perforó el colón y el intestino delgado en cinco lugares, pero cambió su trayectoria frente a la aorta central. Si la hubiera tocado, el Papa habría muerto instantáneamente. Además, la bala atravesó la columna, evitando los principales centros nerviosos por muy poco, si los hubieran dañado, se habría quedado paralizado”.

En este atentado también resultaron heridas Ann Odre, de Búfalo, Nueva York, quien recibió una bala en el pecho, y Rose Hill, de Jamaica, quien sufrió una herida superficial en el brazo.

Durante su recuperación, el Papa polaco se dio cuenta de que el atentado se produjo el 13 de mayo, aniversario 66 de la primera aparición de la Virgen de Fátima a los niños pastores. También el Padre Wojtyla señaló que tuvo la sensación de que una mano se ponía delante de su corazón, como impidiendo que la bala siquiera su trayectoria mortal.

Una vez recuperado, al año siguiente se dirigió el Papa a Fátima para darle las gracias a la Virgen por lo que él consideraba un milagro. Posteriormente, la imagen de la Virgen fue llevada en peregrinación al Vaticano. En ese momento el Papa le entregó al Obispo de Lieira-Fátima, Don Alberto Cosme do Amaral, la bala que estuvo a punto de cegar su vida como regalo a la Virgen de Fátima.

De regreso a Fátima, el Obispo pensó que sería buena idea colocar de bala en algún lugar de la corona. Cuando llegó a manos de los orfebres, buscando dónde poner dicha bala en la corona, se percataron de que, debajo del globo de turquesas, había un hueco exactamente del mismo diámetro de la bala traída de Roma. No se necesitó ningún pegamento. No se necesitó ningún engaste. El orificio de la corona realizada en 1942 por los orfebres de Casa Leitão & Hermano sirvió perfecta y exactamente para alojar la bala del atentado de 1983.

Muchos podrán decir que ha sido una gran coincidencia. Otros dirán que es una gran muestra de paz y fe para toda la humanidad.

(*) Traductor, intérprete y filólogo.

altus@sureste.com

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