jueves , 25 julio 2024
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El sueño de Andrés

Denise Dresser (*)

Fuente: Diario de Yucatán

El sueño de Andrés Manuel López Obrador es que su dinastía política permanezca en el poder. Ilusos quienes alguna vez creímos que su verdadero anhelo era combatir la corrupción o encarar la desigualdad o poner primero a los pobres. El resorte que lo mueve y la pasión que lo impulsa es menos loable, y más priista: el Maximato reinventado como Obradorato.

El dedazo resucitado para encumbrar a una figura incondicional, capaz de perpetuar el morenismo militarizador. Su efigie colocada en un altar como el Tlatoani del Bienestar. Y para que ese sueño se convierta en realidad, necesita modificar el andamiaje institucional de tal modo que la oposición nunca pueda volver a ganar la Presidencia. Si como afirma el politólogo Adam Przeworski, “la democracia es partidos que pierden elecciones”, la reforma electoral propuesta por el partido dominante tiene como objetivo evitar que Morena compita, pero jamás pierda el control de Palacio Nacional. El oficialismo vende su mascarada como la devolución del poder al pueblo, cuando el objetivo del Presidente es apropiárselo.

No es un sueño original, ni transformador. Es la versión facsimilar de tantos presidentes priistas que lo precedieron y comandaron el país de donde venimos. El país donde el PRI decía que había democracia, pero era simulada. El país donde existía competencia entre partidos, pero rutinaria y fraudulentamente se imponía el partido oficial. El país donde el Presidente escogía a su sucesor, y ese sucesor triunfaba en elecciones predecibles. El México sin padrón electoral confiable, sin boletas electorales numeradas, sin insaculación de ciudadanos funcionarios de casilla, sin tinta indeleble, sin autoridades electorales confiables o competencia real. La salida del autoritarismo electoral tomó años de lucha, movilización ciudadana, reformas electorales en 1994 y 1996, y objetivos compartidos entre la izquierda y la derecha. La tarea que unió al PAN y al PRD fue la equidad electoral. El terreno nivelado de juego. La creación de árbitros electorales que no dependieran del PRI-gobierno o del Presidente en turno. Eso se ganó. Ese fue el triunfo —incipiente e incompleto— de mi generación. Una transición electoral votada, obtenida en las urnas.

Gracias a ella la izquierda gana el Distrito Federal en 1997, y refrenda su triunfo ahí en 2000. Gracias al surgimiento del IFE y al cambio en las reglas electorales se dan múltiples alternancias a nivel municipal, estatal y presidencial. El perredismo gana espacios y escaños. Surge una democracia electoral imperfecta, con frecuencia saboteada o manipulada por los propios partidos. Partidos que violan la legislación electoral, competitivos pero tramposos, muy gastalones pero poco representativos. Partidos que quieren capturar al IFE —luego INE— por las multas que les cobra, y los límites que les impone como en los casos de “Pemexgate” y “Amigos de Fox”. Partidos que buscan convertir al Consejo General en correa de transmisión de su voluntad, como lo hicieron el PRI y el PAN en 2003. Y el IFE/INE así como el Tribunal Electoral también han cometido errores costosos a lo largo de los años. Aun así, habíamos logrado construir un entramado institucional garante de la competencia, organizador de elecciones relativamente confiables. Sí, demasiado caras. Sí, con trampas cometidas por todos los partidos, incluido Morena. Sí, con problemas de representatividad que resolver y riesgos de infiltración criminal que encarar.

Pero hoy la mayor parte de la población confía en el INE. Va a las urnas. Carga con su credencial de elector. Ya no comulga con la cultura del fraude. En una encuesta reciente de El Financiero, 68 por ciento aprueba el trabajo del INE, y 46% cree que necesita cambios menores. 64% de los morenistas tiene una visión positiva de la institución que el Presidente quiere demoler. Porque muchos sabemos que el sistema político electoral requiere cambios, pero no los planteados por AMLO. No el regreso a elecciones sesgadas a favor del partido en el poder. No la vuelta al árbitro controlado por el priismo-morenismo mayoritario. No a una reforma electoral que revela tentaciones autoritarias disfrazadas de “más democracia”, cuando la sacrificaría.

El adormecimiento democrático al cual está conduciendo López Obrador constata el viejo dictum de la Ilustración: “los sueños de la razón producen monstruos”. Y para México, viejas pesadillas.— Ciudad de México.

denise.dresser@mexicofirme.com

Periodista

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