Frank Fernández (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Hace años me propuse hacer una procesión desde París hasta la ciudad de Chartres en el marco de las celebraciones por un 15 de agosto. Lamentablemente las enormes ampollas que me salieron en los pies impidieron en el primer día el recorrido de 3 días para recorrer a pie los 65 km que separan las dos ciudades.
De todas formas, en otros momentos visité la hermosa catedral de Notre-Dame de Chartres… en coche. Es de algo muy específico de esta catedral que les quiero hablar: su laberinto.
Para el visitante desconocedor, el laberinto podría pasar desapercibido. Tanto más cuando lo cubren las hileras de asientos que reciben a los feligreses. El laberinto del que les hablo es un enorme círculo de piedra incrustado en el piso. Quien se detiene a observar descubre que no es un simple ornamento geométrico, es una obra concebida hace más de 800 años para guiar los pasos del creyente en un viaje simbólico, de la confusión del mundo hacia la luz divina.
El laberinto de Chartres fue trazado a comienzos del siglo XIII, probablemente hacia 1200 ó 1205, cuando la catedral estaba siendo reconstruida después del gran incendio de 1194. Los canteros de entonces lo diseñaron con gran rigor. Representa una figura circular de más de doce metros de diámetro, compuesta por once anillos concéntricos y un único camino que serpentea hasta el centro. No hay bifurcaciones ni trampas, es un solo trayecto continuo.
Su piedra, pulida por los siglos y por las pisadas de los peregrinos, aún conserva algo del brillo original. En la Edad Media, ese recorrido tenía un sentido espiritual muy concreto. No todos los fieles podían permitirse el viaje a Tierra Santa, así que caminar el laberinto equivalía a cumplir una peregrinación simbólica a Jerusalén. Chartres, como otros templos del Camino de Santiago, ofrecía así un itinerario interior, más íntimo, pero no menos exigente.
No se conserva ningún documento que describa con detalle cómo se usaba el laberinto en la Edad Media, pero la tradición oral ha mantenido esa imagen de movimiento y meditación. El peregrino comenzaba en la periferia, símbolo del mundo profano, y avanzaba hacia el centro, que representaba la Jerusalén celestial. Según la devoción de cada cual, el recorrido podía hacerse de rodillas o descalzo.
No es casual que el de Chartres sea el laberinto mejor conservado de todos los que existieron en las catedrales góticas. En Reims, Amiens o Sens hubo otros, hoy borrados o destruidos por los siglos. El de Chartres sobrevivió, tal vez porque su perfección geométrica lo hizo objeto de respeto o quizás porque los habitantes de la ciudad lo sintieron parte de su identidad espiritual. La patrona de esta catedral, la Santa Virgen María, está omnipresente en el templo. Este laberinto parece rendirle homenaje: una senda que conduce, como en los antiguos himnos, per Mariam ad Jesum, “por María hacia Jesús”.
Desde un punto de vista arquitectónico, el laberinto es también un resumen visual del pensamiento gótico. La catedral entera fue concebida como una imagen del cosmos ordenado por la inteligencia divina. El laberinto, con su trazo circular perfecto, participa de ese mismo orden: no es un laberinto para perderse, sino un laberinto donde nos encontramos con el sentido divino. Es una figura del universo, un espejo del alma, una lección de paciencia y de fe.
Durante el siglo XIX, el laberinto estuvo parcialmente cubierto por bancos de madera. No fue sino hasta 1970 que se despejó por completo y volvió a verse en su totalidad. Desde entonces, el laberinto se recorre libremente los viernes, cuando se retiran las sillas. No hay en este laberinto ningún secreto esotérico. Su mensaje es más sencillo, más profundo: la vida humana como un peregrinaje hacia el centro de sí misma. El laberinto enseña a avanzar sin prisa, a aceptar que los rodeos también forman parte del camino.
Una anécdota que suele contarse a los visitantes dice que antiguamente, en los días de fiesta, los niños de Chartres solían correr el laberinto jugando a “llegar al cielo”. Y esto es cierto, porque cada paso es un acercamiento, cada curva un aprendizaje, siendo el centro una promesa, la promesa del encuentro con Dios.
Queridos lectores, quizás es por todo lo que les he explicado y muchas otras cosas más que el laberinto de Chartres conmueve tanto a quien lo contempla. El laberinto de Notre-Dame de Chartres y la catedral en sí son mucho más que una obra maestra del arte gótico. No se trata tanto de llegar, sino de caminar con conciencia, siguiendo un rumbo que, aunque en muchas ocasiones nos parezca enredado, conduce finalmente a la luz.
(*) Traductor, intérprete y filólogo
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