miércoles , 15 julio 2026

Árbitro invisible

Dulce María Sauri Riancho (*)

Fuente: La Aurora de México

Mérida, 15 de julio de 2026.- El Mundial ha dejado goles memorables, eliminaciones inesperadas y partidos que ya forman parte de la historia del futbol. Pero también ha mostrado algo menos espectacular y quizá más importante: el VAR dejó de ser una herramienta para ayudar al árbitro y comenzó a convertirse en el verdadero juez de la competencia.

La diferencia no es menor.

El videoarbitraje nació para corregir errores claros y manifiestos en jugadas decisivas. El árbitro principal conservaba la iniciativa y la responsabilidad. La tecnología le permitía volver a mirar aquello que, por la velocidad del juego, podía haber pasado inadvertido.

En este Mundial se cruzó una frontera.

Desde una sala poblada de pantallas, los operadores del VAR intervienen por iniciativa propia, retroceden varias fases de una jugada, detectan contactos ocurridos muchos segundos antes del gol, trazan líneas milimétricas, utilizan sensores instalados en el balón y recomiendan expulsiones. El árbitro continúa en la cancha y anuncia la determinación. Pero el proceso decisorio se desarrolla cada vez más lejos de él.

El árbitro permanece visible. La autoridad real se ha vuelto invisible.

Los ejemplos se acumularon desde la fase de grupos. A Irán le anularon por fuera de juego semiautomático un gol que le habría dado la clasificación. Colombia perdió frente a Portugal una anotación que pudo modificar su posición en el grupo. Ghana reclamó un penal ante Inglaterra sin que el VAR considerara necesario intervenir. Ecuador protestó una posible falta previa al gol alemán. En todos esos casos, la tecnología —por acción o por omisión— influyó directamente sobre el marcador o la clasificación.

Las controversias aumentaron en las rondas eliminatorias. A Egipto le anularon un gol ante Argentina después de detectar una falta previa en la construcción de la jugada. Estados Unidos enfrentaría a Bélgica condicionado por la expulsión de Folarin Balogun tras una revisión tecnológica -suspensión que a la postre fue pausada por la FIFA y el jugador pudo participar en el encuentro-. Suiza perdió a un jugador ante Argentina por una intervención del VAR que su entrenador calificó de inaceptable. Noruega vio validado un gol de Inglaterra mediante los sensores del balón, pese a las dudas sobre un posible contacto con el cable de la cámara aérea.

No todas las decisiones perjudicaron a selecciones emergentes. Alemania, cuatro veces campeona del mundo, fue eliminada por Paraguay después de que el VAR anulara un gol en tiempo suplementario. Este caso impide sostener que la tecnología favorece siempre a las grandes potencias, particularmente a Argentina, actual campeón.

Pero no elimina el problema.

Lo verdaderamente inquietante es la ampliación progresiva de las facultades del VAR. Una tecnología creada para corregir errores excepcionales se convirtió en participante habitual de las decisiones. Ya no se limita a verificar lo que resolvió el árbitro: busca infracciones, reconstruye la jugada y determina qué fragmento del partido debe ser sometido nuevamente a juicio.

En la administración pública existe una expresión para describir este fenómeno: mission creep. Una institución o herramienta creada con una misión limitada va extendiendo gradualmente sus atribuciones hasta desempeñar una función distinta de aquella para la que fue concebida.

Eso ocurrió con el VAR.

Ya no corrige decisiones: participa en su construcción.

La tecnología tampoco eliminó la discrecionalidad. Antes discutíamos si el árbitro había visto correctamente una falta. Ahora debemos preguntarnos quién seleccionó el ángulo, desde qué momento comenzó la revisión y por qué una jugada mereció ser examinada mientras otra semejante no.

Detrás de las líneas digitales, los modelos tridimensionales y los sensores siguen existiendo operadores, protocolos, interpretaciones del reglamento y decisiones humanas.

Existe además otro elemento preocupante. Las imágenes que observan millones de aficionados proceden de una misma producción. La FIFA decide qué cámaras se utilizan, qué repeticiones se muestran y qué secuencias llegan a las pantallas. Nunca habíamos contado con tantos recursos para observar un partido. Pero tampoco habíamos dependido tanto de una sola fuente para decidir qué ocurrió.

El problema no es que la tecnología participe en el futbol. Ha corregido injusticias evidentes y puede seguir haciéndolo. El problema comienza cuando su intervención se presenta como una verdad inapelable.

“Lo confirmó el VAR” se ha convertido en la nueva fórmula de autoridad.

Pero una decisión no es necesariamente justa porque aparezca acompañada de una animación digital. Tampoco deja de ser discutible porque provenga de una sala repleta de computadoras.

El Mundial debería dejar una enseñanza que trasciende al deporte: cuanto más poderosa se vuelve la tecnología, mayor debe ser la transparencia sobre sus reglas y sus límites. De lo contrario, el futbol conservará al árbitro en la cancha únicamente para legitimar las decisiones del verdadero juez: ese árbitro invisible que observa desde las pantallas y cuya palabra, por ahora, parece no admitir apelación.

(*) Ex gobernadora de Yucatán, ha sido senadora de la República y diputada federal, y líder nacional del PRI.

dulcesauri@gmail.com

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