Sara Lovera
Fuente: El Sol de México
En la mitología griega, las Moiras, o repartidoras, representan la personificación del destino. Son la figura de tres hilanderas que controlaban el metafórico hilo de la vida de cada persona, desde el nacimiento hasta la muerte. Cloto hilaba el hilo de la vida; Láquesis medía la longitud del hilo y asignaba el destino; Átropos lo cortaba de manera inevitable.
Nunca es sencillo hablar de ciertas cosas. Recientemente se cumplieron 22 años desde que murió mi compañero de vida, un hombre visiblemente fuerte, apasionado y vital. Recuerdo los años compartidos de incertidumbre y angustia.
Lo vi extinguirse lentamente, acosado por una enfermedad irreversible que nos generó un enorme sufrimiento, a tal grado que una tarde, en la capilla del hospital —yo, que no soy religiosa—, oré frente a todas las vírgenes pidiendo que todo eso terminara y nos despidiéramos en paz.
Luego tuve una cruda moral: había deseado su despedida, su muerte anticipada. Porque sabíamos, desde el primer día de su diagnóstico, que toda acción o medicina sería inútil para mantener el hilo de la vida.
Sin embargo, la medicina y el cuerpo médico lo sometieron a varias operaciones y a un sinnúmero de quimioterapias y tratamientos durante más de tres años. Yo me procuré herramientas para garantizarle calidad de vida, buscando cero dolor, cero drogas y un transcurrir digno. No tenía idea de la importancia de gestionar una muerte decorosa y honorable.
Por eso este domingo me impactó profundamente el reportaje de mi compañero Juan Carlos Rodríguez, No quieren morir, quieren elegir cuándo, publicado en Indeleble, de El Sol de México.
Samara Martínez lo resume claramente: “La eutanasia no busca matar gente o facilitar el suicidio; busca dignificar la vida hasta el último suspiro. Es una opción para quien médicamente ya no tiene otra opción”.
La iniciativa de la Ley Trasciende, impulsada por Samara y decenas de personas sobre la eutanasia, es una propuesta audaz en un mundo, incluido México, acosado por tendencias conservadoras y populistas.
Es una propuesta que evaden las y los legisladores, de la que el partido oficial no quiere ni hablar: una cuestión vital detenida por un cálculo electoral que muchos morenistas y sus aliados admiten en privado, pero cuyo costo político no quieren asumir. Así lo dijo la diputada Patricia Mercado Castro, quien califica a la iniciativa como “prudente, técnicamente sólida y construida con suficientes salvaguardas para evitar abusos”.
En abril pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo esquivó con elegancia el tema. Palabras más, palabras menos, dijo: “…son temas complejos que deben discutirse de manera abierta en la sociedad”, y agregó que se trata de un asunto “…que divide opiniones y sensibilidades…”, el mismo argumento que durante años políticos y partidos utilizaron para no legislar sobre el derecho al aborto.
Pero el tema está en el debate público desde hace 35 años y tiene que ver con esos valores fundamentales del feminismo: la autonomía y la libertad. En el corazón de las discusiones sobre la posibilidad de poner fin a la propia vida está el derecho a la autonomía, es decir, la facultad de regir nuestra conducta de acuerdo con nuestra voluntad para acabar con el sufrimiento y la incertidumbre, en una condición sin destino, pero sin dejar de amar la vida.
Hoy sabemos todo acerca del suicidio feminicida, opción de muchas mujeres sometidas a violencias insoportables que deciden suicidarse, de lo que no se habla, mientras ellas quedan invisibilizadas en las estadísticas oficiales, sin protocolos con perspectiva de género para las investigaciones, lo que impide dimensionar el problema y diseñar respuestas efectivas.
Abrirse, enfrentar y decidir en este tema forma parte de los grandes retos de una administración que está atrapada por el pasado reciente, el trumpismo y los verdaderos conservadores, algunos de ellos sus aliados. Veremos.
- Periodista. Editora de Género en la OEM y directora de Semlac.
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