lunes , 24 agosto 2026

Listas y purgas en la historia (II)

Betty Zanolli

Fuente: El Sol de México

En Francia, tras las listas del terror robespierriano siguieron las “listes d’émigrés” -elaboradas durante el Directorio (1795-1799) con los nombres de quienes habían emigrado y eran considerados sospechosos de colaborar con la contrarrevolución- y, ante todo, las elaboradas por el siniestro sistema de vigilancia policiaca implementado por Joseph Fouché. Ese mismo al que repudiaron Carnot, Barras y Talleyrand; al que Víctor Hugo denominará “alma de demonio, cara de cadáver” y Stefan Zweig: “genio tenebroso, traidor nato, miserable intrigante, naturaleza de reptil”. Macabro personaje que participó en todos los regímenes, primero como agente del Terror, después con el Directorio, luego con Napoleón y, tras sus múltiples intrigas internacionales contra éste, finalmente con Luis XVIII.

Pero si alguien sabía del poder de una “lista” era Fouché. En sus “Memorias” recuerda de los tiempos de Robespierre: “nos acercábamos al paroxismo de la revolución y del terror. Ya no se gobernaba más que con el hierro que cercenaba cabezas. La sospecha y la desconfianza corroían todos los corazones; el pavor se cernía sobre todos. Esos mismos que tenían en sus manos el arma del terror, estaban amenazados”. Robespierre -dirá- aspiraba implantar el despotismo absoluto de un Mario o un Sila, “pero necesitaba todavía treinta cabezas: las había identificado en la Convención… tuve el ‘honor’ de estar inscrito sobre sus tablas en la columna de los muertos”. De ahí que él mismo advirtiera a los diputados como Legendre, Tallien, Dubois de Crancé y Chénier: “¡Estáis en la lista! ¡Estáis en la lista como yo, estoy seguro de ello!” y reconozca: “los incité con tanta destreza y éxito, que logré infundir en sus ánimos algo más que desconfianza: el valor de oponerse, en adelante, a que el tirano continuara diezmando a la Convención”.

Más tarde, al producirse el Golpe de Estado del 18 Brumario (9-IX-1799) y Sieyès exigirle listas de proscritos, en su calidad de ministro de la Policía General en la Francia napoleónica, Fouché asienta que había diversas listas. Una de nueve volúmenes con la nomenclatura de casi 150 mil emigrados, otra de cerca de 80 mil amnistiados que estarían bajo vigilancia policiaca durante la siguiente década y una más, de aproximadamente mil personas, entre ellos realistas, jacobinos, opositores y anarquistas, cuyo destino iría desde la vigilancia extrema a cargo de la policía secreta recién creada por él hasta la detención y el exilio. En pocas palabras, de ser perseguido del Terror revolucionario había pasado a persecutor implacable del flamante Estado policial moderno contra todo disidente o conspirador que amenazara al poder establecido, haciendo de la lista una antesala del suplicio, esto es, una especie de tecnología burocrática de control político de la población. Estar en la lista era suficiente para demostrar la culpabilidad de todo aquel cuyo nombre apareciera en ella ante la “peligrosidad” que pudiera representar para el poder en turno. Era, en sí misma, un sistema de información de todos los que eran vigilados y, por tanto, limitados y/o privados de sus derechos.

En pocas palabras, se había transitado desde los tiempos de Sila, en que se planteaba la elección de a quién eliminar y de la Francia Revolucionaria que buscaba identificar quién era el sospechoso, a los de Fouché, en los que el objetivo era reconocer quién representaba un peligro para el poder y, por consiguiente, debía ser conocido y vigilado. ¿Importaba la ideología del proscrito? Por supuesto que era importante, pero más importante era determinar que enemigo sería todo aquél al que el poder así considerara, clasificara y observara en un momento determinado.

Para 1815, después de la derrota de Waterloo y de la segunda abdicación de Napoleón, el recién restaurado régimen de los Borbones querrá saber los nombres de los colaboradores napoleónicos durante los Cien Días. Fouché será, como siempre y a pesar de haber sido conspicuo integrante del gabinete córsico, el encargado de confeccionar la nueva lista. Derivado de ello, Luis XVIII expedirá la Ordenanza del 24 de julio que enlistará 57 nombres de individuos, considerados “traidores al Rey”, distribuidos en dos categorías: una de 19 arrestados y procesados ante consejos de guerra y otra con 38, que serían alejados de París y sometidos a vigilancia policial, algunos de ellos muy cercanos al propio Fouché. Entre los primeros sobresalían militares de alto rango como los mariscales Michel Ney y Emmanuel de Grouchy, el coronel Charles de La Bédoyère y el general Étienne Cambronne. De los segundos, personajes de la política, justicia y administración como Lazare Carnot, Merlin de Douai y Jean-de-Dieu Soult, mariscal general del Imperio y jefe del Estado Mayor de Napoleón en Waterloo.

El camino estaba indicado. En 1819, con el impulso de Metternich y en el marco de los Decretos de Karlsbad, corresponderá ahora a la Confederación Germánica establecer en Maguncia una Comisión Central de Investigación. Su objetivo: indagar las “maquinaciones revolucionarias” y asociaciones surgidas particularmente en el ámbito universitario. (Continuará)

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