Dulce María Sauri Riancho*
Tomado del muro de José Luis Sierra
Carmen Larrañaga es sinaloense. Su padre la entregó adolescente a un narcotraficante a cambio de una camioneta. Escapó, estudió en la UNAM y regresó a Sinaloa. No para huir de lo vivido, sino para cambiar aquello que lo hizo posible.
Quiere ser diputada federal.
Carmen es “La Sirena”, protagonista de la más reciente novela de Elmer Mendoza, La sirena y el jubilado. Ha padecido distintas violencias: familiar, sexual, criminal. Cuando decide participar en política conoce otra: la que pretende impedir que una mujer ejerza poder.
Su propio partido, el “Democrático del Pueblo Bueno”, prefiere a un hombre conectado con intereses que Carmen quiere combatir. Después llegan las balas. Durante su primer mitin recibe dos disparos.
Sobrevive. Y no renuncia.
A su alrededor se reúnen madres de desaparecidos, viudas de policías, feministas, académicas, trabajadoras sexuales. Carmen se convierte en punto de encuentro de quienes han sufrido las consecuencias de un mismo sistema de violencia.
La novela plantea una pregunta que parece escrita para el Sinaloa de hoy:
¿Para qué quiere una mujer llegar al poder?
La realidad ofrece una paradoja extraordinaria. Siete mujeres ocupan posiciones desde las cuales intervienen o intervendrán en la crisis sinaloense. Son mujeres con poder. La pregunta es si son mujeres de poder.
El poder prestado. Yeraldine Bonilla fue gobernadora interina durante más de cuatro meses. Antes había sido secretaria general de Gobierno de Rubén Rocha Moya. El gobernador la llamó públicamente “meserita”, recordando que trabajó en una lonchería antes de entrar a la política, y se presentó como su padrino político.
Las expresiones clasistas y ofensivas revelaban una concepción del poder: “yo te hice; tú ocupas mi lugar; el poder sigue siendo mío”.
Durante su interinato Bonilla mantuvo esencialmente la estructura gubernamental heredada. Cuando Rocha decidió regresar, volvió inmediatamente a la Secretaría General de Gobierno.
Había tenido el cargo. No tuvo el poder.
El poder en suspenso. Graciela Domínguez Nava es la nueva gobernadora interina. Socióloga, militante de izquierda desde hace décadas, diputada local y secretaria de Educación en el gobierno de Rocha.
Fue escogida después del fracaso de la primera fórmula de interinato. Políticamente ha sido presentada como quien conducirá Sinaloa hasta concluir el periodo constitucional.
Pero conserva, hasta ahora, el gabinete heredado.
Sería injusto exigirle en días lo que otros no hicieron en años. Pero sus primeras decisiones registran un enorme significado.
¿Sinaloa tiene una nueva gobernadora o solamente una nueva ocupante del despacho?
El poder que viene. Imelda Castro, senadora y coordinadora de los Comités de Defensa de la Transformación en Sinaloa, aparece encaminada hacia la candidatura de Morena a la gubernatura.
Por primera vez parece altamente probable que una mujer gobierne Sinaloa por mandato de las urnas. Si llega a la candidatura, Castro deberá responder una pregunta inevitable: ¿representará continuidad con el poder que gobernó Sinaloa este sexenio o construirá uno propio?
Una mujer puede heredar el poder sin transformarlo.
El poder partidista. Ariadna Montiel fue secretaria de Bienestar y ahora preside el Comité Ejecutivo Nacional de Morena. Desde ahí encabeza el partido que gobierna México y Sinaloa y que, muy probablemente, decidirá quién encabezará la candidatura para suceder a Rocha.
Su poder no es gubernamental, pero difícilmente puede considerarse menor. Los partidos deciden candidaturas, procesan conflictos, construyen lealtades y también pueden romperlas.
¿Hasta dónde estará dispuesto Morena, encabezado por una mujer, a revisar críticamente el poder que su propio partido construyó en Sinaloa?
El poder institucional. Ernestina Godoy, fiscal general de la República, tiene una parte decisiva de la respuesta del Estado frente a la violencia desatada por la disputa entre facciones del Cártel de Sinaloa. Mantiene abiertos los 10 expedientes, incluyendo el de Rocha.
Para las familias de asesinados y desaparecidos, su poder se mide en investigaciones, detenidos, procesados y sentencias.
Ahí el poder se convierte en resultados. Y no hay resultados…
El poder político. Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, ha intervenido directamente en la crisis sinaloense. Su responsabilidad rebasa la seguridad: Gobernación debe contribuir a preservar la gobernabilidad y la relación de la Federación con los estados.
Es una de las mujeres más poderosas del gabinete. Precisamente por eso importa distinguir entre administrar una crisis y resolverla.
El poder máximo. Claudia Sheinbaum es la primera presidenta de México. Ninguna mujer había concentrado antes semejante capacidad constitucional y política para intervenir en una crisis como la de Sinaloa.
Ayer presentó su Segundo Informe de Gobierno. Dos años después de que una mujer asumiera por primera vez la Presidencia, la dimensión histórica del acontecimiento comienza a ceder espacio a una exigencia más difícil: evaluar el ejercicio concreto del poder.
Su llegada culminó una larga lucha por la igualdad política. Pero abrió inmediatamente una etapa distinta.
La paridad permitió que las mujeres llegaran. Ahora corresponde preguntar qué hacen cuando llegan.
Y aquí vuelve Carmen Larrañaga, la octava mujer.
Es la única que no existe. Paradójicamente, es también aquella de quien sabemos con mayor claridad para qué quiere el poder.
Las mujeres que se agrupan a su alrededor no discuten porcentajes de representación. Buscan desaparecidos, entierran muertos, enfrentan violencia, impunidad y miedo. Carmen conoce esas vidas y quiere transformar las condiciones que las producen.
Durante décadas preguntamos cuántas mujeres llegaban a congresos, gobiernos, tribunales y gabinetes. Era indispensable. Sin presencia no podía existir igualdad política.
México alcanzó la paridad constitucional y eligió a su primera presidenta. Sinaloa ofrece ahora un laboratorio de la etapa siguiente: siete mujeres reales situadas en distintos puntos de una misma estructura de poder.
Ya no basta contarlas.
Hay que evaluarlas por sus decisiones, sus omisiones y sus resultados.
La octava es producto de la imaginación de Elmer Mendoza.
Quizá la ficción nos esté haciendo la pregunta que corresponde formular a la realidad:
No cuántas mujeres tienen poder. Sino para qué lo usan, para qué lo tienen.
Dulce María Sauri Riancho
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