viernes , 11 septiembre 2026

La tragedia de la pobreza

Guillermo Fournier Ramos*

Fuente: Diario de Yucatán

Mérida, 9 de septiembre.- Tenía razón Amartya Sen, premio Nobel de Economía, cuando decía que no existe nada más cara que vivir en la pobreza. Y es que pocas veces se habla del tema, engrosando el estigma discriminatorio que acompaña desde hace décadas a la precariedad económica.

Es común escuchar o leer comentarios del tipo: “la gente es pobre porque quiere”, o “quien no tiene qué comer es porque no le echa ganas”. Pero, ¿realmente estas afirmaciones tan tajantes son ciertas?

En México un buen porcentaje de la clase trabajadora sobrevive con sueldos precarios, cuyo ingreso no les alcanza para pagar una renta (ni mucho menos acceder a vivienda digna propia) ni llegar a fin de mes.

¿Qué ocurre cuando una enfermedad grave absorbe todo el ingreso de una familia?, ¿cómo hace la gente para atender una urgencia si no tiene dinero para solventar tal imprevisto? La mayoría de la población se encuentra indefensa ante este tipo de situaciones.

Si aspiramos a ser un país competitivo es necesario cambiar la forma de abordar la política de desarrollo y crecimiento, pues no resulta suficiente para resolver las necesidades propias de la nación.

En primer lugar, hay que promover la industria como fuerza motora de la economía, ya que es la principal impulsora de ingresos suficientes para que las empresas otorguen sueldos que mejoren sustancialmente la calidad de vida de los empleados.

Los países desarrollados cuentan con industrias sólidas que fomentan la innovación y aportan valor. Ello se traduce en miles de puestos de trabajo y salarios crecientes, además de un mercado laboral dinámico. El comercio genera empleos y es importante, pero la industrialización es un eje de progreso fundamental.

Ahora bien, el desarrollo económico y la industria no se crean por generación espontánea, sino que requieren de políticas gubernamentales, inversión y visión de futuro.

Es urgente que los gobiernos entiendan que los incentivos fiscales para la industria (y también el comercio) se traducen en prosperidad, la cual incrementa la recaudación presupuestaria. Desincentivar la actividad productiva implica cobrar menos impuestos. Políticas liberales que fomenten la inversión son benéficas, más allá de estigmas y posiciones ideológicas.

La certeza jurídica y económica igualmente es crucial para el desarrollo. Si las empresas perciben probable inestabilidad difícilmente arriesgarán su capital. Esperar mejores tiempos es lógico cuando se observa un clima de riesgo. El problema es que ello conlleva menor generación de empleo y estancamiento económico.

Por último, pero no menos relevante, la educación. El catalizador más grande de cualquier economía es la formación educativa. Cualquier potencia industrial en el mundo enfoca recursos significativos en la educación de sus ciudadanos. Japón, Finlandia, Canadá y Francia son ejemplos en inversión en este rubro. Escatimar en educación es comprometer el futuro del país. Una educación deficiente implica un porvenir de estancamiento económico y social.

¿Por qué la política pública de programas sociales es insuficiente? Parte de la labor de un gobierno es atender a los grupos poblacionales más vulnerables. Es una estrategia correcta, siempre y cuando esté bien dirigida. Las ayudas económicas deben tener el propósito de mejorar la calidad de vida de las personas y contribuir a que dejen de ser dependientes eventualmente.

La mera economía paliativa hace mucho daño a la sociedad, porque no soluciona los problemas de fondo. Es como poner un parche para tapar una herida profunda. Hay que apoyar a la gente que lo necesita, sí; pero a la par hay que diseñar políticas que realmente generen oportunidades para que cualquier persona pueda salir adelante y vivir dignamente.

Más aún, si financiar programas sociales implica dejar de invertir en educación pública, salud pública, y servicios públicos, todo se trata de un engaño. Un Estado de bienestar auténtico es el que invierte en programas públicos, y entrega ayudas sociales a quienes más los necesitan. De otro modo, hablamos de un gobierno asistencialista, preocupado por los votos y no por el bienestar de la gente.

La pobreza es el peor mal, y por tanto, es indispensable combatirla. Todas las personas tienen el derecho de vivir (y no sobrevivir), de tal forma que sus necesidades elementales sean cubiertas. Como dice el Muhammad Yunus, la miseria no es inherente a la humanidad, sino producto de políticas deficientes y gobiernos incompetentes. Podemos y debemos revertir esta realidad.

Gobierno, empresas y sociedad tienen, en conjunto, la responsabilidad de crear desarrollo, prosperidad y bienestar, con el propósito de que alcancemos el presente y el futuro que esperamos. En nuestras manos está que superemos la adversidad, de la mano de la iniciativa y el compromiso.— Mérida, Yucatán

*Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno

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