Patricia González Miranda
Fuente: El Sol de México
Mérida, 10 de septiembre de 2026.- Cada 10 de septiembre, en el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el mundo está llamado a hablar de un problema que durante demasiado tiempo permaneció entre silencios, estigmas y prejuicios: la salud mental.
La dimensión del desafío es profundamente preocupante. La Organización Mundial de la Salud llegó a advertir que, en el mundo, una persona moría por suicidio aproximadamente cada 40 segundos. Hoy, sus estimaciones más recientes señalan que más de 720 mil personas pierden la vida por esta causa cada año. No estamos frente a una estadística más: hablamos de personas, familias y comunidades enteras afectadas por una problemática que puede y debe prevenirse.
Y precisamente ahí comienza la responsabilidad del Estado.
Durante años concebimos la salud, la educación, la seguridad, el deporte y el desarrollo social como compartimentos separados. Sin embargo, los grandes problemas públicos contemporáneos han demostrado que ninguna institución puede resolverlos de manera aislada.
Por ello, resulta relevante la visión integral que está impulsando el Gobierno de México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, particularmente en la atención de la salud mental de niñas, niños y jóvenes.
La Estrategia Nacional de Atención a la Salud Mental para las y los Jóvenes, “El ABC de las emociones”, representa un cambio importante de paradigma: llevar la prevención hasta las escuelas y hacer de ellas espacios donde, además de adquirir conocimientos, las y los estudiantes puedan aprender a reconocer sus emociones, hablar de ellas y pedir ayuda oportunamente.
La estrategia contempla una hora semanal de trabajo con adolescentes de secundaria y educación media superior, así como la distribución de 16 millones de guías dirigidas a estudiantes, docentes, madres, padres y personas cuidadoras. También incorpora brigadas del sector salud, redes de apoyo y mecanismos de atención como la Línea de la Vida.
Esto es política pública integral.
Porque prevenir el suicidio no comienza únicamente en un consultorio. Puede comenzar en un salón de clases, cuando un maestro identifica un cambio de comportamiento; en una familia que aprende a escuchar sin juzgar; en una comunidad que deja de estigmatizar la salud mental, o en una institución que cuenta con protocolos para detectar, canalizar y acompañar a una persona en riesgo.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum ha colocado el acompañamiento y la prevención en el centro de esta visión. No se trata solamente de atender una crisis cuando ya ocurrió, sino de construir entornos que permitan anticiparla.
Y esa perspectiva también permite comprender la importancia de la coordinación con otras políticas públicas. La prevención de las violencias, la construcción de comunidades seguras y la atención de sus causas forman parte de una concepción más amplia de seguridad. En ese terreno, la estrategia encabezada por Omar García Harfuch desde la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana ha insistido en que la seguridad no puede reducirse únicamente a la reacción: requiere inteligencia, coordinación institucional, atención a las causas y prevención.
De hecho, la estrategia de salud mental presentada por el Gobierno de México incorpora también la prevención de las violencias desde la propia Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. Salud, Educación y Seguridad comienzan así a encontrarse alrededor de una misma persona y de una misma comunidad. Ese es el modelo que debemos profundizar.
Una verdadera política nacional de prevención del suicidio necesita integrar permanentemente salud, educación, seguridad, familia y comunidad. Necesita indicadores compartidos, protocolos de detección temprana, personal capacitado, mecanismos efectivos de canalización y seguimiento, así como una evaluación constante de resultados.
Pero existe otro componente que considero indispensable: incorporar la inteligencia emocional de manera formal y progresiva en los programas educativos. No únicamente como talleres ocasionales o actividades complementarias, sino como parte de la formación de niñas, niños y adolescentes.
Así como enseñamos matemáticas, historia, ciencias o lenguaje, debemos enseñar a reconocer y expresar las emociones, manejar la frustración, desarrollar empatía, fortalecer la autoestima, resolver conflictos de manera pacífica y, sobre todo, aprender a pedir ayuda.
Implementar contenidos o materias de inteligencia emocional y educación socioemocional desde los primeros niveles educativos sería apostar por una política verdaderamente preventiva. No podemos esperar a que una niña, un niño o un adolescente llegue a una crisis para comenzar a hablarle de salud mental.
La escuela puede convertirse en uno de los espacios más importantes para la detección temprana. Para ello, además de incorporar la educación emocional, necesitamos capacitar a docentes y personal escolar para identificar señales de alerta y establecer rutas claras de acompañamiento y canalización hacia profesionales especializados. La tarea de un maestro no es sustituir a un psicólogo, sino contar con las herramientas necesarias para saber cuándo es momento de solicitar ayuda.
La inteligencia emocional también tiene efectos que trascienden la salud mental: contribuye a prevenir la violencia, el acoso escolar, las adicciones y otras conductas de riesgo; fortalece la convivencia y ayuda a construir comunidades más empáticas y resilientes.
Por eso, hablar de educación emocional también es hablar de salud pública, educación, prevención y seguridad.
También necesitamos entender algo fundamental: hablar de salud mental no genera el problema; por el contrario, puede abrir la puerta para pedir ayuda.
La OMS ha elegido para el periodo 2024-2026 un mensaje particularmente poderoso para el Día Mundial para la Prevención del Suicidio: “Cambiar la narrativa sobre el suicidio”. Cambiarla significa sustituir el silencio por la conversación, el estigma por la comprensión y la indiferencia por políticas públicas capaces de actuar oportunamente.
México está dando pasos importantes en esa dirección.
El gran reto será convertir estas acciones en una política de Estado permanente, transversal, medible y territorialmente cercana. Una política capaz de llegar hasta una escuela, una familia y, sobre todo, hasta una persona que quizá esté atravesando el momento más difícil de su vida.
Porque gobernar también significa cuidar. Y quizá debamos comenzar a comprender que educar las emociones es tan importante como educar la mente.
Educar también es prevenir. Escuchar también es cuidar. Enseñar a gestionar nuestras emociones también es construir bienestar. Y atender a tiempo puede salvar una vida.
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