Rodrigo Llanes Salazar (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 8 de julio, 2026.- Fecha casi histórica: 5 de julio. Apenas un día después de que un Estados Unidos dividido conmemorara sus 250 años de independencia, en un momento en el que el Mundial de Fútbol de Norteamérica se realiza a la par de las inciertas negociaciones del Tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá; en donde la bravuconería de nuestro vecino del norte se expresa no solo en amenazas de aranceles, acusaciones contra funcionarios en turno y la posibilidad de una intervención militar en nombre del combate en contra de los cárteles de la droga, sino también en dejar a nuestro país solo 13 de 104 partidos del mundial.
Fecha casi histórica, en la que los vientos de lluvia y tormenta de verano se mezclaron con las aspiraciones del “¿y si sí?”, con la esperanza que ofrece la altura del doceavo jugador de la selección —el estadio Azteca, en el que más se han jugado partidos mundialistas—, con el repaso y las consultas a la inteligencia artificial sobre estadísticas y trivias, como cuántas veces México le ha ganado al campeón del mundial en turno (a Francia en 2010 y a Alemania en 2018; luego, entonces, “sí se puede”).
Mundial histórico en el que, mientras que la multitud anónima de las redes digitales, los estadios y las calles recuperan “Hasta que te conocí”, y en el que el por un fin de semana innombrable vocalista de la banda inglesa Oasis presume que canta Juan Gabriel con las manos en la cintura por las mañanas, los colectivos de buscadores de personas desaparecidas en México reinterpretan el “Cielito lindo”, exigiendo “ay, ay, ay, ay, grita y no calles, porque tu voz los reclama, Cielito Lindo, en todas partes”.
Mundial histórico en donde el patriotismo empresarial se exhibe en el cambio temporal, efímero, de los nombres de las marcas en inglés, lo que solo nos recuerda, una vez más, no solo cuántas empresas de origen anglo dominan la vida cotidiana en México, sino también cuántas expresiones, consignas, lemas publicitarios y tantas otras frases están en inglés en un país de lenguas españolas tan diversas (desde el yucateco hasta el regio, pasando por el chilango). Masinó.
Mundial histórico, en donde veo cómo las infancias de mi familia viven su primer mundial, completando sus álbumes Panini, con un pie en los viejos y nostálgicos (al menos para los adultos) rituales presenciales de intercambios de estampitas en centros comerciales, revitalizando frases como “la tengo, la tengo, no la tengo”, viviendo con el nerviosismo y la emoción de que te salga un Messi o un Mbappé; y otro pie en la cotidianidad digital de las apps —ay, hoy debería escribir “aplicaciones”— que te hacen un inventario de las estampas que tienes y las que te faltan; en donde estas infancias son testigos de una selección nacional que las personas de mi generación —la que gozamos y sufrimos con el matador y con el chicharito Hernández— podíamos solo soñar, porque, más allá de la racha invicta hasta el domingo 5, sin gol recibido en la portería de Rangel y Ochoa, lo que más he gozado, hasta ahora, han sido los pases en triangulación, el atrevimiento, la osadía, el coraje en la cancha.
Mundial histórico en donde los cuatro goles de Quiñones han visibilizado a la población afroamericana en México, a los “naturalizados”, a aquella “tercera raíz” que suele ser excluida de la leyenda del mestizaje en México, protagonizada por Cortés el español y la Malinche indígena. Colegas especialistas en racismo y xenofobia ven con optimismo esta actitud, que acaso contribuya a erradicar prejuicios y estereotipos (al menos por lo que dure el mundial).
Mundial histórico, en el que ni el jaguar ni el ajolote, especies carismáticas en peligro de extinción debido a la devastación de sus hábitats, captaron tanto la atención como sí lo hizo un pato, Merlín, que acompaña a una madre y su hijo a vender agua embotellada en la capital del país que más consume agua embotellada en todo el mundo. Mundial histórico, en el que se instauró una pausa de hidratación a la mitad de cada tiempo, que organismos como las Naciones Unidas han querido usar para visibilizar el cambio climático, pero que jugadores y aficionados han recibido con disgusto, por la interrupción del ritmo del partido, y que televisoras como Fox han aprovechado para poner más anuncios, más negocio.
Mundial histórico en donde las multitudinarias concentraciones de mexicanas, mexicanos, mexicanes —más de un millón el pasado 30 de junio en Reforma, en Ciudad de México—, no son, como suele ser, para exigir justicia por las más de 130 mil personas desaparecidas, o para denunciar la violencia, inseguridad, corrupción y otros tantos males que México sigue padeciendo, sino para celebrar, para el júbilo, para la unión y la tregua (aunque sean temporales), para el desahogo, para la efervescencia colectiva con playeras verdes, espuma blanca y lamentables saldos rojos.
Mundial histórico en el que, incluso el marcador de 3-2 a favor de Inglaterra, no se sintió como una derrota de México.— Mérida, Yucatán
rodrigo.llanes.s@gmail.com
(*) Investigador del Cephcis UNAM
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