Enrique Zúñiga Vázquez
Fuente: El Sol de México
Mérida, 17 de julio de 2026.- Cuando personas privadas de la libertad son asesinadas tras las rejas, la sociedad no se inmuta, pues suele considerar esos hechos como parte de la violencia penitenciaria.
La misma noción prevalece cuando alguien muere por enfermedad, por negligencia de las autoridades o porque decide quitarse la vida en prisión.
A este tipo de eventos, el jurista argentino Eugenio Zaffaroni —quien fue juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)— los ubicaba dentro de lo que denominó genocidio por goteo: hechos que ocurren en contextos de encierro.
La idea era simple: de manera regular, cada cierto tiempo, una persona privada de la libertad es asesinada o muere como consecuencia de algún tipo de omisión estatal. Si se contaran esas muertes, que emergen una a una, poco a poco, gota a gota, estaríamos frente a una cifra que mostraría decesos sistemáticos: un genocidio por goteo.
El planteamiento de Zaffaroni también se extendía a otras poblaciones consideradas eliminables o matables, como las personas en situación de calle o los jóvenes en condiciones de pobreza, categorías que hoy podrían actualizarse con las personas migrantes o refugiadas. Poblaciones fluctuantes, “chatarra”, desechables.
En este planteamiento subyacía una idea recurrente: la muerte bajo la “supervisión” del Estado.
Quizá una muerte fuera de prisión podría tener diversas explicaciones; la primera sería que el Estado no es omnipresente y, por lo tanto, no puede impedir todos los crímenes.
Sin embargo, allí donde el Estado ejerce precisamente esa omnipresencia —esa vigilancia, observación y control continuos sobre los cuerpos—, ¿cómo es posible que alguien muera o sea asesinado bajo su resguardo?
En la lógica de Zaffaroni, el Estado dejaba hacer y dejaba pasar, aunque pretendiera no ser un actor directo.
En la actualidad, ese matar o dejar morir bajo custodia estatal se sostiene sobre la desubjetivización de las poblaciones en contexto de encierro, mediante narrativas del poder punitivo que las convierten en enemigas, en peligros que deben ser limitados y neutralizados, aunque ello les cueste la vida.
El caso del Centro Federal de Readaptación Social No. 16 “CPS Femenil Morelos” es un ejemplo de ello. En un lapso de tres años (2023-2026), cerca de 20 mujeres se han suicidado en ese centro, sin que la autoridad penitenciaria haya modificado su dinámica de encierro, pese a las diversas recomendaciones emitidas por organismos de derechos humanos e instancias internacionales. Tampoco estos hechos provocaron una reacción significativa en la sociedad.
Lo mismo ocurrió en 2023, cuando 40 migrantes murieron entre el humo en la estación migratoria de Ciudad Juárez. Los funcionarios encargados de su custodia no les abrieron la puerta de la celda, a pesar de que el lugar se incendiaba.
Estas lógicas no se restringen a México; estas narrativas y construcciones ficticias sobre esos “otros” se extienden a distintos países. El caso de El Salvador es ilustrativo. Bajo el régimen de excepción del presidente Bukele —desde 2022 hasta la fecha—, diversas instancias de derechos humanos han documentado aproximadamente 537 muertes de personas privadas de la libertad. La mayoría, según esos registros, correspondía a personas sin vínculos con las pandillas; no eran mareros. Se presume que muchas de esas muertes pudieron haber sido ejecuciones extrajudiciales.
Asimismo, en los centros de detención de migrantes administrados por la Immigration and Customs Enforcement (ICE) de Estados Unidos comienza a registrarse una serie de muertes bajo custodia estatal, motivo por el cual gobiernos como el mexicano han señalado la necesidad de revisar esos casos e intervenir.
Como vemos, estas lógicas no son aisladas ni fortuitas, ni pueden explicarse únicamente por el contexto. Más bien, parecen constituir una nueva forma de gestionar la vida y la muerte de quienes pasan por espacios de encierro, donde el Estado custodio ejerce la facultad de permitir matar, dejar morir o generar las condiciones para que las personas se maten.
Ese es un horizonte que se asoma cada vez con mayor fuerza.
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