Gabriela Salido
Fuente: El Sol de México
Mérida, 10 de agosto de 2026.- Hay un cansancio en nuestra sociedad que no obedece a un estado de ánimo, sino a la realidad de los datos. Llevamos años escuchando el discurso oficial que jura haber barrido la corrupción de arriba hacia abajo y que promete que la clase política ya se transformó.
Las cifras, en cambio, documentan un país muy distinto. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental del INEGI, la percepción de la corrupción como un problema frecuente sigue siendo extraordinariamente alta: arriba del 80%.
A la par, el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional mantiene a México entre los países peor evaluados de la OCDE. Los escándalos estallan, los nombres cambian, pero muchas de las prácticas que alimentan la desconfianza permanecen.
Frente al peso de esta impunidad, la frustración busca una salida. Esa necesidad de catarsis ayuda a explicar el fenómeno reciente de distintas series web y parodias generadas con Inteligencia Artificial, donde los personajes más mañosos de la política son colocados dentro de formatos de reality show. No hace falta haber visto uno solo de estos videos para entender el mensaje: tomar la lógica del espectáculo, las alianzas, las traiciones y las eliminaciones semanales para convertir la política en una caricatura de sí misma.
Llevar la realidad a lo absurdo hace que lo intolerable sea un poco más llevadero. Al desnudar las alianzas de conveniencia, la ambición y las contradicciones del poder en estos concursos de popularidad ficticios, la ciudadanía consigue algo que al poderoso suele incomodarle: quitarle solemnidad. Un meme o una parodia digital no investiga, no audita ni dicta sentencias, pero sí puede quitarle al funcionario esa distancia de superioridad desde la que muchas veces pretende hablarle a la sociedad.
Esta dinámica de cobrar los abusos a punta de carcajadas tiene raíces profundas. Desde la caricatura política del siglo XIX hasta la mordacidad del teatro de carpa, el humor ha servido para señalar al poderoso cuando otros espacios estaban cerrados o resultaban insuficientes. Ridiculizar a quien exige obediencia ciega también es una forma de decirle que no está por encima de la sociedad.
Quien gobierna necesita cierta solemnidad para ejercer autoridad. El problema aparece cuando esa solemnidad se convierte en blindaje. Cuando el discurso oficial pretende que una contradicción parezca normal, la sátira puede hacer exactamente lo contrario: ponerla frente a todos. Cuando miles de personas comparten una misma burla sobre un funcionario, una decisión o una contradicción, hay algo más que entretenimiento. Hay reconocimiento colectivo: vimos lo mismo, entendimos la contradicción y no nos convenció el relato.
Pero aquí aparece el límite. El verdadero peligro comienza cuando la burla nos resulta suficiente. La sátira es una forma de no acostumbrarnos al abuso y de no rendirle al poder un respeto que no se ha ganado, pero jamás puede hacer el trabajo de una fiscalía, un órgano de fiscalización o un tribunal. Reírnos de la impunidad puede aliviar la frustración. Lo que no podemos permitir es que termine sustituyendo la exigencia de justicia. Porque cuando la ciudadanía deja de esperar resultados y solo espera el siguiente meme, el poder ya ganó algo mucho más importante que una elección: consiguió que dejáramos de exigirle.
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