sábado , 5 septiembre 2026

La sombra que otro plantó

Antoine Abraham Pompeyo

por Grupo Megamedia

Mérida, 5 de septiembre, 2026.- El 18 de septiembre de 1910, durante la inauguración del Parque del Centenario de Mérida, se plantó un árbol de zapote. Quienes estuvieron aquella mañana seguramente sabían que tendrían que pasar muchos años antes de que aquel pequeño árbol pudiera ofrecer una sombra considerable.

Y, sin embargo, lo plantaron.

Hay algo extraordinario en sembrar un árbol: quien lo hace pocas veces será quien más disfrute de su sombra.

Los yucatecos entendemos bastante bien el valor de encontrar sombra. En nuestras calles aprendemos casi instintivamente a buscarla. Cruzamos de banqueta, caminamos junto a una pared o agradecemos la copa generosa de un árbol cuando el sol de mediodía parece empeñado en recordarnos dónde vivimos.

Pero existen otras sombras que tardamos muchos años en reconocer.

Todos hemos vivido bajo la sombra de alguien.

Un padre que trabajó para que sus hijos pudieran estudiar. Una madre que hizo rendir lo que parecía imposible. Un maestro que compartió lo que sabía sin imaginar hasta dónde llegaría alguno de sus alumnos. Un empresario que creó empleos que terminaron sosteniendo familias. Un médico que formó a otros médicos. Alguien que donó una biblioteca, construyó una escuela, defendió una causa o simplemente enseñó con su ejemplo una manera decente de vivir.

Gran parte de lo que hoy disfrutamos fue construido por personas que nunca conocimos.

Transitamos por carreteras que otros imaginaron, estudiamos conocimientos que otros descubrieron, vivimos bajo instituciones que generaciones anteriores fueron construyendo y disfrutamos libertades por las que muchas personas trabajaron antes de que nosotros naciéramos.

Vivimos, en buena medida, bajo sombras que otros plantaron.

Cuando somos jóvenes rara vez pensamos en ello. Estamos demasiado ocupados construyendo nuestra propia vida: estudiar, trabajar, formar una familia, conseguir una casa, sacar adelante a los hijos, alcanzar proyectos.

Pero llega una edad en la que la pregunta debería cambiar.

Ya no basta preguntarnos cuánto hemos conseguido.

Quizá comienza a importar más cuánto de aquello que hemos construido podrá servirle a alguien cuando nosotros ya no estemos.

Y ahí la sombra adquiere otro significado.

Dejar sombra no significa necesariamente hacer algo extraordinario ni conseguir que nuestro nombre aparezca en una placa. Puede ser formar correctamente a alguien que después formará a otros. Crear una empresa donde las personas puedan trabajar dignamente. Compartir aquello que nos llevó décadas aprender. Cuidar una institución. Sembrar valores en una familia. Participar en nuestra comunidad. Ayudar a un joven que empieza. Dejar un lugar un poco mejor de como lo encontramos.

Porque existe una diferencia enorme entre dejar bienes y dejar bien.

Los bienes pueden heredarse, venderse o desaparecer.

El bien que sembramos en otras personas tiene una característica distinta: puede seguir multiplicándose mucho después de nosotros.

Tal vez esa sea una de las responsabilidades más importantes que aparecen con los años. Comprender que la experiencia acumulada no debería terminar solamente en nosotros.

Una sociedad necesita que cada generación plante algo cuya sombra disfrutará la siguiente.

Necesita personas dispuestas a construir aquello que probablemente no alcanzarán a ver terminado. A enseñar sin saber quién aprovechará la enseñanza. A cuidar espacios que utilizarán otros. A sembrar árboles bajo los cuales jugarán niños cuyos nombres jamás conocerán.

Quizá ahí comienza una forma diferente de trascender.

No en conseguir que nos recuerden.

Sino en dejar algo que siga haciendo bien aunque nadie recuerde quién lo comenzó.

Por eso, llegado cierto momento de la vida, quizá deberíamos hacernos una pregunta distinta.

No solamente:

¿Qué he conseguido?

Sino:

¿Quién podrá descansar algún día bajo la sombra de lo que estoy sembrando hoy?

Porque tal vez una vida verdaderamente fecunda no sea aquella que termina dejando el nombre más grande.

Sino aquella que deja la sombra más larga.

Nota histórica

Para los antiguos mayas, la ceiba no era solamente un árbol que ofrecía sombra. La concebían como un vínculo entre los distintos niveles del universo: sus raíces se hundían en el mundo inferior, su tronco pertenecía al mundo de los hombres y sus ramas se elevaban hacia el ámbito celeste. Quizá por eso resulta especialmente significativo que en Yucatán un árbol pueda representar mucho más que refugio: también puede convertirse en memoria, continuidad y vínculo entre generaciones.

Antoine Abraham Pompeyo

*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

www.antoineabraham.com

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