Franck Fernández (*)
Fuente: Diario de Yucatán
En el pasado, nunca antes la tensión entre las dos grandes potencias de la época, España e Inglaterra, fue mayor que durante el verano de 1588.
Las aguas del Atlántico Norte se convirtieron en escenario de una de las epopeyas más grandiosas y, al mismo tiempo, más desdichadas de la historia naval europea. La flota que Felipe II de España envió contra Inglaterra recibió el nombre de Armada Invencible. La misma nació del orgullo imperial, de la fe en la supremacía católica y del deseo de someter a una nación que, en aquel momento, se había alzado como símbolo del desafío protestante.
Era una empresa de gran envergadura, destinada a reafirmar el dominio del imperio español sobre los mares y, de paso, castigar la insolencia de Isabel I, la reina inglesa que, no contenta con ser bastarda, también era hereje y daba refugio a corsarios y enemigos del catolicismo.
La idea de la expedición surgió tras años de tensiones. Desde que Isabel ascendió al trono, Inglaterra había dejado de ser aliada natural de España. Los puertos ingleses se convirtieron en nidos de corsarios. Francis Drake (que para colmo de males se decía era amante de Isabel) asaltaba con descaro los barcos españoles que transportaban las riquezas del Nuevo Mundo. Y no era el único, otros se dedicaban a lo mismo. En 1585, la reina firmó abiertamente la paz con los rebeldes de Flandes, enemigos de Felipe II. Aquello equivalía a una declaración de guerra. España, ofendida en su fe y en su orgullo, comenzó a preparar su respuesta.
El plan era ambicioso. Una gran flota saldría de Lisboa y se uniría en Flandes con el ejército del duque de Parma. Desde allí, cruzarían el Canal de la Mancha para desembarcar en Inglaterra y destronar a Isabel. El mando de la expedición fue confiado a Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, un noble de gran fortuna pero sin experiencia naval. Siendo Grande de España, prevalecía su abolengo a sus conocimientos.
Por su parte, Felipe II, encerrado en su palacio de El Escorial, era hombre de voluntad férrea y confianza absoluta en la Providencia. “Dios enviará sus vientos a favor de nuestras velas”, escribió, convencido de que la empresa era justa y, por tanto, inevitablemente destinada a la victoria.
La Grande y Felicísima Armada zarpó finalmente el 20 de mayo de 1588. Eran unos 130 barcos y más de 30,000 hombres entre marinos y soldados. En los puertos europeos, la noticia causó asombro. Nunca se había visto una flota de semejante tamaño. Los navíos, pesados y sólidos, estaban construidos para el transporte de tropas y para resistir el fuego enemigo pero no para maniobrar con rapidez. En el corazón de la armada viajaban sacerdotes, artilleros, caballeros y hasta nobles. La atmósfera era de gran fervor religioso, convencidos de lo justo de su tarea de derrotar a la reina inglesa. Se celebraban misas en cubierta, se rezaba el rosario. Cada hombre creía participar en una empresa sagrada.
Pero los presagios no fueron buenos. Desde el inicio, las tormentas dispersaron parte de la flota y varios barcos debieron refugiarse en puertos del norte de España. Cuando por fin la Armada llegó al canal, los ingleses ya estaban preparados. Isabel I, consciente de la amenaza, había confiado su defensa a experimentados marinos como Lord Howard, Drake y Hawkins. Sus navíos, más pequeños y ligeros, eran veloces y podían atacar a distancia. En lugar de enfrentarse en combate cerrado, como esperaban los españoles, los ingleses los hostigaban con fuego de artillería, sin darles la ocasión de abordar.
Durante varios días, los dos ejércitos se enfrentaron en escaramuzas dispersas. El 8 de agosto, en las aguas de Gravelinas, tuvo lugar la gran batalla. Aprovechando el viento favorable, los ingleses lanzaron barcos incendiados contra la flota española, provocando el caos. Los buques se dispersaron para evitar el fuego y se rompió la formación cerrada, orgullo de la disciplina española. El combate que siguió fue desigual. El fuego inglés dañó gravemente a muchos navíos españoles. El Duque de Medina Sidonia, sin poder reagrupar a su gente, decidió retirarse hacia el norte, con la esperanza de rodear Escocia e Irlanda y regresar a España por el Atlántico.
Esa retirada se transformó en una tragedia. El Mar del Norte castigó sin piedad a los barcos maltrechos. Las tormentas acabaron con lo que la valentía de los ingleses no habían destruido. Muchos buques naufragaron frente a las costas de Irlanda, otros se estrellaron contra los acantilados, incluso algunos fueron apresados o saqueados por los locales. De los más de 130 barcos que habían partido de Lisboa, apenas setenta lograron regresar… y en condiciones lamentables. Miles de hombres perecieron sin siquiera luchar. La “Armada Invencible” quedó reducida a un recuerdo de madera rota y cuerpos perdidos en el mar.
En Inglaterra, la noticia fue celebrada como un milagro. Isabel I, vestida con armadura de plata, se presentó ante sus tropas y pronunció palabras que la historia conservaría con admiración. Inglaterra se vio a sí misma como elegida por Dios. Aquel triunfo marcó el inicio de su expansión marítima. Por su parte, España sufrió un golpe moral inmenso. No se trataba solo de la pérdida material, sino del derrumbe simbólico de su invencibilidad. A partir de esa derrota, los mares comenzarían a inclinarse hacia el poder inglés.
Sin embargo, es necesario reconocer que el solo hecho de organizar tal contienda fue una muestra del espíritu de su tiempo. Las tormentas y los errores de cálculo contribuyeron tanto al fracaso como las balas enemigas.
Felipe II, al recibir la noticia, como era habitual en él, permaneció impasible. “No envié mis naves a luchar contra los elementos”, dijo con serena resignación. La frase resume el carácter del monarca y de toda una época: la conciencia de que el poder, por grande que sea, tiene límites.
(*) Traductor, intérprete y filólogo.
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