miércoles , 20 octubre 2021
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Haití: responsabilidad latinoamericana

Obscura tragedia

Por Dulce María Sauri Riancho (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Las imágenes son sobrecogedoras, a pesar del chapoteo gozoso en aguas del río Bravo que, en la otra orilla, recibe el nombre de Grande.

Miles y miles de personas, la mayoría de piel obscura que revela a sus ancestros africanos, han tomado la ribera fronteriza entre Ciudad Acuña, Coahuila, y Del Río, Texas.

No es una zona común de tránsito de migrantes, quizá por los traidores remolinos que engañan la aparente placidez de la superficie acuática, tal vez por el duro desierto que espera adelante, en el parque nacional Big Bend texano.

¿Qué llevó a un grupo de más de 16 mil personas, haitianos de origen, hasta este remoto sitio de la frontera entre México y Estados Unidos?

Había noticias que provenían de Tapachula que mencionaban la situación dramática de los migrantes desesperados por continuar su viaje hacia el norte. En fechas recientes, la brutalidad de la actuación de agentes migratorios en su contra concentró la indignación de nacionales y extranjeros preocupados por el respeto básico a sus derechos humanos.

Había también información sobre una comunidad haitiana en Tijuana, en espera de sus trámites de refugio en Estados Unidos. De pronto, surge la alternativa del paso por Ciudad Acuña. Para llegar hasta esta población desde la frontera sur de México tuvieron que recorrer en ruta 2,415 kilómetros (1,836 km en línea recta), viajar en autobús entre 31 y 45 horas, pasando por Ciudad de México, con un precio de boleto “normal” de alrededor de 6,000 pesos por persona.

Y si la voz de aviso llegó hasta el grupo de Tijuana (¿de quién, cómo?), transportarse hasta Ciudad Acuña conllevaría cruzar casi toda la frontera norte del territorio nacional, desde el Pacífico. Tal cruzada implica tiempo, recursos económicos para lograrlo, además de cierta complacencia o inducción de las mismas autoridades para concentrar justo en ese lugar de la frontera mexicana a ese número de mujeres y hombres, acompañados de niñas y niños incluso de corta edad.

El drama de la migración irregular tiene hoy el rostro de Haití. Poco sabemos en México de esa nación insular, quizá que es la más pobre del continente americano. Que la isla recibió el nombre de La Española, descubierta en el primer viaje de Colón a estas tierras desconocidas hasta entonces para los europeos. Que fue colonizada por España y que fue escenario de enfrentamientos con Francia por su control, y muy pronto destinada a la producción de caña de azúcar mediante la explotación de la fuerza de trabajo esclava.

La política dividió en dos a la Española: franceses y Haití, españoles y Santo Domingo. Nos olvidamos que Haití fue la segunda nación de América en independizarse de sus colonizadores, en 1804, sólo después de Estados Unidos. Primera república de esclavos libres, su historia independiente está cuajada de sinsabores y conflictos políticas que condujeron a cruentas dictaduras en el siglo XX, en tanto que su vecina República Dominicana, corría con mejor fortuna, sobre todo después de Rafael Leónidas Trujillo.

La parte reciente de la trágica historia de Haití comenzó a escribirse en enero de 2010, cuando un terremoto de magnitud 7.1 (trepidatorio, a poca profundidad) cobró más de 316,000 vidas, casi el 3% de una población total de 11 millones de habitantes (sería el equivalente de que en México un sismo causara casi 4 millones de muertes).

Sin alternativas de empleo, miles de sobrevivientes comenzaron a migrar hacia Brasil, en aquellos días con grandes requerimientos de mano de obra para la construcción de las instalaciones de los Juegos Olímpicos de Río 2016 y del Mundial de Fútbol 2014. El deterioro de la situación económica brasileña se unió al atractivo del traslado a Chile, país que aún en medio de los problemas económicos globales mantenía un buen nivel de crecimiento de su economía.

La pandemia del Covid 19 y su impacto en el empleo parecen haber sido factores que propiciaron el éxodo de comunidades haitianas en Suramérica. Llegaron a Colombia, cruzaron por el peligroso tapón del Darién, atravesaron América Central y arribaron a la frontera sur de México. Esta larga marcha implicó recursos económicos, logísticos y una gran valentía sumada a la desesperación ante un futuro incierto.

La nueva cadena de infortunios se abrió con el asesinato del presidente de la república Juvenel Moïse, el 7 de julio pasado. Unas semanas más tarde, el 14 de agosto, de nuevo un terremoto causó grandes daños y pérdida de vidas. Y tres días después, el huracán “Grace” descargó su furia y causó más de 2,800 muertes. “Llover sobre mojado”, se dice cuando se concatenan las desgracias.

Pero en el caso haitiano es mucho más. Se trata de una sociedad frágil, con enormes desigualdades ancestrales. Una población que, incluso, está imposibilitada de cubrir el costo de migrar, por lo que quienes lo hacen son los que tienen mejores recursos económicos y educativos, suficientes para sufragar el “sueño americano”.

Ellas y ellos, por su piel obscura, son más fáciles de ser detectados en el paso por los territorios mestizos de Latinoamérica. Incluso su idioma —Creole— es distinto y dificulta su comunicación. En la jerarquía de las dificultades que afrontan quienes migran, las y los haitianos ocupan el sitio más elevado.

Por eso resulta incomprensible que en la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, celebrada en Ciudad de México la semana pasada, nada se dijo sobre esta tragedia que vive el pueblo de Haití. Más empeñado en el proyecto de una nueva organización política de América que margine a Estados Unidos y Canadá, ni siquiera apareció en la agenda a discutir el fenómeno migratorio que vive toda la región.

Países como Ecuador, expulsores tradicionales, son ahora receptores de flujos migratorios procedentes de Venezuela. Otros más, como Chile y Brasil, deben asumirse como corresponsables de la población haitiana que vivió y trabajó en su territorio y que ahora viaja acompañada de sus pequeños hijos chilenos y brasileños.

Haití es la gran tragedia de América que convoca a la solidaridad y —sobre todo— a la acción. La coyuntura actual tendrá cauces de solución, deportaciones masivas incluidas, pero el problema subsistirá en tanto no se concite la voluntad internacional, especialmente latinoamericana, para actuar.

Si al menos hubiese habido alguna palabra, un leve indicio que permitiese esperar de los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en CDMX sobre un frente común para la migración digna y segura; si hubiese surgido un compromiso para gestionar ayuda humanitaria. Pero prefirieron la anécdota, mirar hacia la obscuridad del espacio en vez de la obscuridad de la piel de los que sufren.— Mérida, Yucatán.

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán

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