Olegario M. Moguel Bernal (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 17 de agosto de 2026.-De la enorme cantidad de obras literarias que existen sobre la tarea periodística, hay una que se enriquece gracias a su arqueológico rescate de la función de informar en medios mexicanos desde el siglo XIX. Hablo de “A ustedes les consta. Antología de la crónica en México” (Era, 1980).
En esta obra, con una de las portadas más sugerentes que pueda un libro tener (la actriz Maty Huitrón, de talle espectacular, camina por las calles de la ciudad de México bajo la escrupulosa, lasciva y divertida mirada de varios hombres que le lanzan piropos; una estampa en blanco y negro del capitalino de los años cincuenta del siglo pasado), Carlos Monsiváis diserta en un largo prólogo sobre el importante aporte de la crónica, como género periodístico, en el México de los últimos dos siglos.
Lo más valioso es la compilación que hizo Monsiváis de crónicas de los siglos XIX y XX, escritas por figuras de la talla de Guillermo Prieto, Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano, Amado Nervo, el Dr. Atl, así como los cronistas capitalinos Artemio del Valle Arizpe y Salvador Novo, para desembocar en contemporáneos como Juan Villoro, Héctor de Mauleón y el propio Monsiváis, entre otros.
Hay crónicas exquisitas, como la de Renato Leduc sobre un poeta maldito mexicano, olvidado por el Parnaso y frecuentador de cantinas. Otras son reveladoras, entre ellas la del Dr. Atl sobre el asesinato de Ramón Corona siendo gobernador de Jalisco. La variedad de crónicas nos ofrece una cincelada por Del Valle Arizpe en la que nos dibuja, con un lenguaje asombroso, la elaboración de una torta en un puesto de las calles del centro de la ciudad.
Resulta paradójico que enaltezca la labor informativa un personaje tan cercano a López Obrador en sus primeros años de lucha como lo fue Monsiváis, ¿Qué diría de la embestida del régimen obradorista contra los medios de comunicación? ¿La criticaría, fiel al mensaje en pro de la libertad de expresión, o sería un propagandista más del régimen, de esos que han caído placenteramente en lo que antes criticaron?
Gracias a las crónicas de aquellos personajes, la mayoría con un manejo primoroso del lenguaje, podemos confirmar que desde hace por lo menos dos siglos, ejercer el género periodístico de la crónica significa contar un acontecimiento “editorializándolo”, acaso “exagerándolo” por medio del empleo de la hipérbole para enfatizar una idea y así “sostener el mensaje” que al final se “editará” para ver la luz.
Esta semana, la consejera jurídica del régimen, ejerciendo un papel de censora de la tarea de comunicar (¿por qué ella?), expuso a usuarios de redes sociales no aplaudidores del régimen, a los que calificó como un “bloque de ataque”.
¿Por qué exhibirlos de esa forma en la mañanera? El régimen lo justifica haciendo ver que “su función es reempaquetar y distribuir el mensaje. Cómo lo hacen: editando, editorializando, exagerando y sosteniendo mensajes”.
Se habrá percatado el lector que los términos expuestos en esta frase textual de la consejera jurídica, Luisa María Alcalde, son los mismos que entrecomillé al referirme a la labor de los cronistas desde el siglo XIX. Porque esa es la labor de un comunicador, entre las que se encuentra también “reempaquetar”, que para el caso así le llama a la labor de editar, y “distribuir”, tarea que se hace a toda hora por medio de las plataformas digitales y electrónicas y cada día por el papel.
La pregunta es inevitable. ¿Por qué exhibir, en una actitud censora, a quienes desempeñan la labor de comunicar ejerciendo el derecho de libertad de expresión? Su labor no difiere de la que un cronista hacía hace casi dos siglos.
En cada régimen hay críticos, entre ellos los que emplean la exageración para ejercer la crítica, los moneros son ejemplo de ello. Siempre son incómodos al ocupante del poder, pero su intención es alertar de los temas que los corifeos zalameros a su servicio jamás le dirán.
A todo gobierno la crítica le da comezón. Pero parece que a éste le da urticaria. Los seis años de la administración anterior escuchamos en forma cotidiana abiertas descalificaciones, señalamientos y acusaciones contra periodistas conocidos, aprovechando la tribuna oficial sin derecho de réplica. En la actual, el señalamiento se amplió a muchas cuentas en redes sociales.
En este ejercicio de estigmatización que hace el régimen, no debe perderse de vista el manejo del lenguaje. Los términos que se emplean para lanzar mensajes desde el intolerante púlpito cotidiano deben leerse con lupa.
La consejera jurídica dijo que a los miembros del “bloque de ataque” los tienen “ubicados”, un término que denota hallazgo, encontrar algo. Pero, además, en el lenguaje común, el cotidiano, se le ha dado una connotación previa a la acción, es decir, una advertencia, por no decir amenaza. “Ya tenemos ubicado a Bin Laden”, decía el régimen de Obama, en tanto Trump dice: “Tenemos ubicados laboratorios clandestinos en México”.
Ubicar no es el objetivo final. Vendrá a continuación una acción en perjuicio de los “ubicados”.
Si, por el contrario, únicamente se quiere dar a entender que los encontraron, aquí se plantean dos posibilidades: si ese fuera el mensaje, no tendría sentido hacer despliegue de exhibición de comunicadores. Ahora bien, si lo que quisieron decir en palacio nacional es que los encontraron, que se dieron cuenta de que son críticos del régimen, es inevitable preguntarse por qué apenas se percataron de ello. Los dueños de las cuentas no ejercen la crítica a ocultas, son cuentas abiertas. ¿Tan poco eficiente es el equipo de detección de críticos?
Ambas suposiciones son descartables, por supuesto. Por lo tanto, el término “ubicar” refiere a una advertencia, a que a la “ubicación” seguirá la acción, porque todo aquel que atente contra el principal activo de la 4T, su narrativa, es visto como enemigo.— Mérida, Yucatán
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