sábado , 3 octubre 2026
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Mil seiscientos dientes de leche

Sofía Cherem

Fuente: El Sol de México

Mérida, 3 de octubre de 2026.- En casi todas las casas de México hay una cajita. A veces es de cerillos, a veces un frasquito de medicina, a veces un sobre con la letra de una madre que anotó una fecha. Adentro hay un diente de leche. Nadie sabe bien para qué se guarda. Se guarda porque es lo primero que un hijo pierde y lo único que se le puede quitar sin que le duela.

En Zacapu, Michoacán, un colectivo de madres buscadoras dice haber reunido mil 600.

No en cajitas. En una fosa clandesitina. Cuentan que los mil 600 dientitos de leche no dicen por sí solos a cuántos niños o niñas pertenecen. La cifra importa y no importa. Uno es mucho. Pocas imágenes retratan mejor lo que nos pasa: en este país hubo que achicar la búsqueda al tamaño de un niño.

Hay quien habla de exageración, quien habla de un caso viejo, quien ya convirtió cada diente en munición política. Todo eso tiene que esclarecerse, y pronto. Nadie gana con verdades a medias, nadie quiere más controversia de la que ya existe antes de conocer los resultados de la investigación. El hecho de que en México aparezca una fosa con dientes de leche ya supera con creces el debate.

Un diente de leche que se cae anuncia que un niño está creciendo. Un futuro, un compromiso con las infancias. Un diente que se encuentra en una fosa dice lo contrario: no alcanzó a caerse. Futuro truncado, vidas arrebatadas desde las infancias. No hubo ratón ni moneda bajo la almohada, no hubo hueco chimuelo en la fotografía escolar o después de la victoria del partido de futbol con la medalla entre los dientes, el diente que venía empujando desde abajo se quedó esperando.

Las mismas mujeres que alguna vez guardaron el primer diente de sus hijos e hijas, hoy recogen de rodillas los dientitos de los hijos e hijas de otras. Sin título de perito, pero con palas, coladeras, la espalda doblada de tanto transitar esta tarea frustrante y un cansancio de la terquedad que conlleva la falta de respuestas.

La violencia no termina cuando termina el crimen. Continúa en el expediente que no se abre, con las cajas guardadas en una bodega con restos humanos, en el registro que no termina de esclarecerse. Lo que no se registra, no existió. Lo que no existió, no se investiga. Lo que no se investiga, se repite.

No sé cuántos niños caben en mil 600 dientes. ¿Ochenta? Tal vez menos, tal vez más. No sé si es necesario saber la cifra. Lo que sabemos es brutal. La pregunta la están respondiendo unas madres con su lucha incansable por darle voz a este fenómeno tan desgarrador.

Esta semana, en alguna casa de este país, un niño va a perder un diente. Lo va a enseñar orgulloso, con la sangre todavía en la encía, y alguien lo va a guardar en una cajita. Ese diente se quedará ahí, olvidado, durante muchos años. Porque para eso se guardan los dientes de leche: para olvidarlos en paz. Los otros mil 600 no merecen olvido.

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