Marisol Cen Caamal (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 3 de agosto de 2026.- Hay silencios que, cuando llegan, despiertan una multitud de sentimientos. Enojo, impotencia, angustia y, sobre todo, una sensación de vulnerabilidad. En Yucatán, ese silencio tiene un sonido inconfundible: el instante en que el ventilador deja de girar o el aire acondicionado se apaga y, de pronto, todo parece quedar suspendido. Después llega la incertidumbre. ¿Serán solo unos minutos o pasarán horas antes de que regrese la electricidad? Con ella llega también la preocupación, porque detrás de cada puerta hay una realidad distinta: un bebé, un adulto mayor, un enfermo, un pequeño negocio o, simplemente, una familia que sabe que esa será una de esas largas noches en las que dormir será casi imposible.
Quienes no viven en esta tierra quizá piensen que se trata únicamente de una molestia pasajera. Pero quienes hemos pasado una madrugada entera intentando dormir mientras el calor nos roba el descanso y hace interminables las horas, sabemos que un apagón es mucho más que la interrupción de un servicio. Es una prueba de resistencia en la que el cuerpo se agota, la paciencia se pone a prueba y cada minuto parece durar una eternidad.
Pero mientras algunos intentan sobrellevar el malestar físico que provoca el calor, otros no dejan de hacer cuentas. El dueño de una pequeña tienda mira con preocupación sus refrigeradores y calcula cuánto más podrá resistir la mercancía. El restaurantero piensa en la carne, los mariscos y los lácteos que podrían perderse si la electricidad tarda demasiado en regresar. En el hotel, la experiencia de los huéspedes comienza a cambiar con cada instante de espera. La dueña de una estética empieza a reprogramar citas. Son interrupciones que pueden parecer pequeñas cuando se observan de manera aislada, pero que detrás de cada negocio representan ingresos perdidos, clientes que quizá no regresen y esfuerzos que nadie puede recuperar.
Sin embargo, existen preocupaciones mucho más grandes que las pérdidas económicas.
Hay familias con un ser querido en casa cuya salud depende de un equipo de oxígeno funcionando de manera continua. Enfermos que permanecen en cama y para quienes un apagón significa mucho más que calor. Significa miedo. También están los hospitales, donde la electricidad no representa comodidad, sino una condición indispensable para atender emergencias, mantener equipos funcionando y proteger vidas. Ahí, un apagón no es solamente una interrupción del servicio; es la espera angustiante de saber si los sistemas de respaldo responderán cuando más se necesitan.
Hasta que ocurre un apagón, pocos nos detenemos a pensar en el papel que la electricidad ocupa en nuestras vidas. La hemos incorporado de tal manera a nuestra rutina que dejamos de verla. Está ahí cuando conservamos los alimentos, cuando un estudiante enciende su computadora para hacer una tarea, cuando un negocio abre sus puertas, cuando un hospital atiende una emergencia o simplemente cuando llega el momento de descansar después de una larga jornada. Nos acostumbramos tanto a su presencia que olvidamos que la electricidad no es solamente un servicio; es una condición que hace posible buena parte de la vida que conocemos.
Pero basta con alejar un poco la mirada para entender la verdadera dimensión del problema. Lo que sucede en una sola casa ocurre, al mismo tiempo, en miles de hogares, negocios y empresas a lo largo del estado, varias veces al día. Y cuando una situación deja de ser aislada y comienza a multiplicarse de esta manera, deja de ser una simple molestia individual para convertirse en un lastre que afecta la economía de todo un estado.
Desde una perspectiva financiera, los apagones representan un costo oculto que pocas veces aparece reflejado en las estadísticas oficiales, pero que se siente en la productividad, en la competitividad y en la confianza de quienes trabajan, emprenden o deciden invertir en Yucatán.
Pensemos en la cantidad de pequeñas y medianas empresas que sostienen la economía yucateca. Son ellas, más que las grandes empresas, las que generan una parte fundamental de los empleos y mantienen en movimiento la actividad económica del estado. Y son precisamente ellas las que tienen menos margen para absorber el impacto de un apagón. Muchas no cuentan con plantas de emergencia, no tienen inventarios de respaldo ni la capacidad financiera para resistir durante mucho tiempo una interrupción de sus operaciones. Cada hora sin electricidad, multiplicada por cientos de negocios, representa producción detenida, ventas que no regresan, clientes que se pierden y jornadas de trabajo que nadie puede recuperar.
Además, el impacto de los apagones no se queda únicamente en las pérdidas que ocurren dentro de cada negocio. También alcanza una dimensión más amplia: la confianza en la capacidad de nuestro estado para seguir creciendo y atraer nuevas inversiones.
Hemos pasado años construyendo una narrativa de estado atractivo, seguro, con vocación de crecimiento, capaz de sumarse a la ola de relocalización de empresas hacia México. Pero ninguna empresa seria invierte millones de dólares en una región sin antes hacerse una pregunta elemental: ¿el suministro eléctrico es confiable? Una fábrica con procesos continuos, una planta que no puede arriesgar maquinaria ni materia prima, evalúa la infraestructura energética con el mismo rigor con el que analiza la mano de obra o la conectividad logística. Y esa evaluación, invisible para la mayoría, puede definir si una inversión llega a Yucatán o termina en otro estado.
Y está también el turismo, uno de los grandes motores de la economía yucateca y una de las principales cartas de presentación de nuestro estado. Durante años hemos construido una imagen basada en nuestra riqueza cultural, nuestra gastronomía, nuestra seguridad, la calidez de nuestra gente y la experiencia única que ofrecemos a quienes nos visitan. Pero el turismo no se construye únicamente con atractivos; también se construye con la capacidad de garantizar una estancia cómoda, segura y confiable.
Por eso, exigir un servicio eléctrico digno y confiable no debería ser una petición más en la larga lista de pendientes de Yucatán; debería ser una prioridad innegociable. Porque de nada sirve construir carreteras, atraer inversiones, formar profesionistas o soñar con un futuro próspero si, al final del día, todo ese esfuerzo se detiene en el instante en que la luz se va.
Quizás deberíamos recordar que el avance de un estado no se mide únicamente por sus grandes proyectos, sino también por su capacidad de exigir, ante quien corresponda, que los servicios esenciales estén garantizados. Porque mientras sigamos negociando con la oscuridad, seguiremos postergando la posibilidad de construir un Yucatán con la certeza y la estabilidad que su gente merece.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
@kookayfinanzas
(*) Profesora universitaria y consultora financiera
..:: Visión Peninsular ::.. Visión Peninsular, publica solo la verdad de lo que pasa en nuestro Estado, Quintana Roo y Campeche.