Claudia Corichi
Fuente: El Sol de México
Los acuerdos de la Cumbre de la OTAN celebrada en Ankara marcan un punto de inflexión para la seguridad internacional y confirman que el mundo transita hacia una nueva etapa.
El compromiso de los países aliados de elevar de manera sostenida su inversión en defensa responde a un entorno internacional inestable. La guerra en Ucrania, la competencia tecnológica y militar con China, los conflictos en Medio Oriente y las amenazas híbridas han modificado las prioridades de las principales democracias occidentales. La seguridad ha desplazado a la globalización como eje ordenador de la política internacional.
La administración estadounidense logró que sus aliados asumieran mayores responsabilidades financieras y operativas dentro de la Alianza. Con ello, Washington busca compartir el costo de la defensa colectiva. Europa, por su parte, reconoce que depender exclusivamente del respaldo estadounidense ya no es una garantía suficiente.
Los acuerdos de Ankara también tendrán efectos económicos. Un mayor gasto en defensa significará recursos crecientes para la innovación tecnológica, la industria militar y la ciberseguridad, pero también abrirá el debate sobre los costos de oportunidad. Cada incremento presupuestal destinado al ámbito militar plantea preguntas obvias sobre el financiamiento de políticas sociales, educación, salud o infraestructura, en un contexto de recursos públicos limitados, particularmente para atender áreas fundamentales para el bienestar de la población.
Para América Latina, y particularmente para México, la Cumbre deja una lección importante. Aunque la región permanece relativamente alejada de los principales escenarios bélicos, no es ajena a las transformaciones del sistema internacional. La reconfiguración de las cadenas de suministro, las tensiones comerciales, la competencia tecnológica, la seguridad energética y la disputa por minerales estratégicos terminarán influyendo en las decisiones económicas y diplomáticas de los países latinoamericanos.
En este contexto, la OTAN deja de ser únicamente una alianza defensiva para convertirse en un instrumento de adaptación estratégica ante un entorno internacional cada vez más competitivo. La disuasión militar, la resiliencia tecnológica, la protección de infraestructuras críticas y la seguridad económica forman parte de una misma agenda. Ello refleja una transformación profunda: la política internacional ya no se organiza exclusivamente alrededor de la cooperación, sino también de la capacidad de los Estados para anticipar riesgos, proteger sus intereses nacionales y fortalecer su autonomía estratégica.
La verdadera trascendencia de la Cumbre de Ankara no radica solo en los compromisos adoptados, sino en el mensaje político que deja al mundo: el orden internacional construido tras el fin de la Guerra Fría ha entrado en una nueva etapa.
Destinar hasta 5 por ciento del PIB a defensa y seguridad, como acordaron los países de la Alianza, implica canalizar enormes recursos públicos hacia el ámbito militar, mientras persisten rezagos en salud, educación, combate a la pobreza y atención al cambio climático. La ONU ha señalado que con una fracción del gasto militar mundial sería suficiente para avanzar de manera decisiva en la erradicación del hambre.
El gasto militar no siempre es sinónimo de seguridad. No olvidemos que es responsabilidad de los Estados garantizar el bienestar, el desarrollo sostenible y la dignidad de sus poblaciones, fundamentos de una paz duradera.
@ClauCorichi
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