Francisco Javier Rodríguez Vadillo (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 24 de agosto, 2026.- Celebro la iniciativa de la alcaldesa Cecilia Patrón Laviada —“La Chula”, dicho con cariño y respeto, sin dictamen del INAH— de colocar una réplica de la Estela 18 de Uxmal en el Remate. No para corregir la historia a martillo y cincel ni reanudar una guerra que lleva cinco siglos fuera de horario, sino para algo más inteligente: sumar memorias.
La Estela 18, descubierta en 2022. En una cara aparece Chak Chel, vinculada con tierra y agua; en la otra, el Dios Jaguar del Inframundo. Entre ambos dialogan lluvia y vida.
Nada mal para una civilización que sabía astronomía, escritura, arquitectura e ingeniería hidráulica. Tampoco eran angelitos: tuvieron guerras y ambiciones. Los españoles llegaron con cruz, espada y caballos, convencidos de que esas tierritas necesitaban administración europea.
Digamos que ninguno padecía problemas de autoestima.
Reconocer la grandeza maya no exige embarcar a los españoles en otra carabela; admitir la herencia hispánica tampoco obliga a fingir que Yucatán empezó al grito de “¡tierra!” desde un navío.
En 1938, el Paseo fue rebautizado Paseo de Nachi Cocom, pero Montejo jamás abandonó la costumbre meridana. Una autoridad cambia una placa; cambiar al meridano requiere milagro certificado.
Y si hiciera falta opinión de cierta Junta de Arquitectos del INAH, tras planos y el acta de bautismo de la ceiba más cercana, podría llegar la respuesta temida:
“Ma’…”
Puede significar “no”, “regrese”, “falta una copia” o “nos encantó; precisamente por eso mejor no”. Hay juntas que han elevado el “ma’” a doctrina patrimonial.
El Paseo es una ensalada histórica: nombre español, casonas afrancesadas, suelo maya y familias españolas, alemanas o libanesas tan integradas que algún bisabuelo llegó con pasaporte otomano, hablando árabe, y el nieto terminó diciendo “está haciendo heladez”.
Separar esas raíces exigiría una aduana cultural en el Remate. La fila llegaría hasta Progreso. Probablemente no pasaría nadie.
Hay mercaderes de la demagogia que lloran como Magdalenas ante referencias españolas, como si un balcón colonial pudiera ofenderlos. Otros olvidan que debajo de Mérida permanece T’Hó y que esta tierra tuvo ciudades y ciencia antes de velas europeas en el horizonte.
La historia no cabe en una pancarta ni en un discurso de bajo costo adquirido en Temu.
Imagino a Montejo y Nachi Cocom a la sombra de un álamo, cual juché, arreglando sus diferencias con xtabentún y ron añejo. Al xix del pichel se harían compadres y descubrirían que ninguno consiguió quedarse con Yucatán.
Sus descendientes encontraron una solución menos épica: se mezclaron.
Ahí está el queso Edam holandés que cruzó el Atlántico, encontró picadillo, aceitunas, alcaparras y k’ool, y terminó tan nuestro que sería temerario explicarle a una abuela meridana que aquello es comida extranjera.
También están el relleno negro, la cochinita, los papadzules y el escabeche: viandas donde los ingredientes dejaron de pedir pasaporte, visa o salvoconducto.
Nadie frente a semejante mesa exige separar lo maya de lo europeo. Sería absurdo. Y arruinaría el almuerzo.
Que llegue Chak Chel. Que permanezca Montejo. Que Nachi Cocom conserve su sitio en la memoria.
Que nadie pida visa en el Paseo.
A quienes insistan en dividirnos, propongo llevar el litigio ante nuestras cocineras tradicionales, frente a una mesa servida. Ahí la historia dictó sentencia: nos encontramos, nos enfrentamos, nos mezclamos y terminamos siendo nosotros, orgullosamente yucas.
Y contra esa resolución —para tranquilidad de cierta Junta de Arquitectos del INAH— ya no procede “ma’”, recurso, queja, amparo ni trámite con original y tres copias.
Si a estas alturas preguntamos quién ganó entre mayas y españoles, formulamos mal la pregunta.
Triunfó la mezcla: Chan con Millet, Pech con Ponce, Cocom con Cámara y, recientemente, Abraham con Rodríguez.
Ganó el mestizaje que Gonzalo Guerrero y Za’asil Há ya habían convertido en familia.
Ganamos nosotros.
Si alguien exige pureza, que presente su inconformidad ante la autoridad suprema de estas tierras: una abuela yucateca frente a su mesa. Ella sí puede decir “ma’”, negar el recurso, mandarlo a sentar y preguntarle si ya comió.
Y si se porta bien, quizá le sirvan doble y después un helado de Polito o un sorbete del Colón.
Y cuidado con los políticos ladinos, ruines y mentecatos: dividir al “pueblo bueno” da votos cuando la ignorancia hace el trabajo sucio. No lo digo yo: aquello de que “Morena obtiene sus votos con la gente más ignorante. Entre más analfabetismo, más apoyo a Morena” se escuchó de boca de quien hoy, desde Palenque, cultiva el arte de hacerse invisible. Citaba a un crítico; pero hay frases célebres que, cual espejo, regresan para retratarnos con medio milenio de retraso.— Mérida, Yucatán
(*) Ex presidente del Colegio Yucateco de Arquitectos, A.C.
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