jueves , 29 octubre 2026
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Si callas, te mandan

Alfonso A. González Fernández*

Fuente: Diario de Yucatán

  • “La democracia no se agota en las urnas: se conquista todos los días en el espacio público”.

Mérida, 29 de octubre de 2026.- México vota con puntualidad de reloj suizo y, sin embargo, cada vez se le escucha menos, es literalmente, la paradoja de nuestro tiempo: urnas llenas, plazas vigiladas e instituciones de control con dueño.

Lo primero se presume en cada cierre de casilla; de lo segundo y lo tercero se habla menos, quizá por modestia.

La organización Freedom House, en su edición 2026, nos mantiene en la categoría de “parcialmente libre” con 58 puntos de 100 —uno menos que el año anterior, para quien todavía esperaba buenas noticias— y atribuye el déficit a los sospechosos de siempre: un Estado de derecho frágil, corrupción, violencia criminal e impunidad. Ninguno es nuevo; lo novedoso sería que alguno faltara a la cita.

La captura de los árbitros completa el cuadro. El 21 de abril de 2026, la Cámara de Diputados designó a tres consejeros del INE por nueve años con 334 votos de la mayoría oficialista y sus aliados, frente a 127 de una oposición que rechazó el procedimiento y cuestionó la independencia de los elegidos.

La mayoría calificada se pensó para obligar al debate, al cabildeo y al acuerdo; hoy basta con tenerla para prescindir de los tres. Es un candado diseñado para abrirse entre muchos, que alguien, por fin, aprendió a abrir solo. Cuando el árbitro se nombra desde una sola banca, el juego deja de ser compartido y el silbato cambia de bolsillo.

Sin embargo, la ciudadanía no ha estado quieta. La contraloría social ofrece una prueba difícil de ignorar, aunque no por falta de empeño: según el informe oficial de resultados 2024, más de 460 mil personas se organizaron en comités que verificaron apoyos por más de 134 mil millones de pesos.

Es energía cívica con método y evidencia, pero limitada a los márgenes: las decisiones clave se toman en otro piso, con puerta cerrada. Sin embargo, 460 mil personas no son una anécdota; son una red lista para actuar, solo falta que miren más arriba.

El paso que falta

No basta con auditar la despensa mientras se coloniza la contraloría; sería como inspeccionar con lupa los acabados de una obra cuyos cimientos nadie revisó. La fachada quedaría impecable, eso sí, hasta el primer temblor.

El desarrollo armónico —el que pone al ser humano al centro, cuida la naturaleza y se apoya en organizaciones intermedias sólidas— exige escalar la vigilancia ciudadana del programa social a la institución que lo fiscaliza. En términos prácticos, eso significa tres cosas:

1. Exigir procesos de designación abiertos y verificables para consejeros, comisionados y titulares de órganos de control: perfiles públicos, evaluaciones publicadas, comparecencias con preguntas ciudadanas y votaciones razonadas. Que la idoneidad se demuestre ante todos y no solo ante quien propone.

2. Defender la autonomía de esos órganos, no como bandera de un partido, sino como infraestructura del país. Un contrapeso que solo funciona cuando conviene a quien gobierna no es contrapeso: es adorno, y de los caros.

3. Construir coaliciones ciudadanas —cámaras, colegios profesionales, universidades, organizaciones vecinales— con capacidad técnica y autonomía para documentar, impugnar y proponer, y con suficiente pluralidad para que nadie las confunda con el brazo de un partido, aunque más de uno lo intentará.

Hace falta, además, cerrar el círculo de la rendición de cuentas. Una denuncia sin consecuencia es un desahogo; una auditoría sin sanción, un trámite, además debemos tener presente a quien denuncia porque necesita protección real, ya que, en un espacio cívico reprimido, la valentía no debería ser requisito para ejercer la ciudadanía.

Conviene empezar por casa, pues la disputa no se libra solo en San Lázaro, también en el cabildo que aprueba un cambio de uso de suelo sin dictamen público, en el órgano de transparencia cuyos comisionados se reparten por cuota, y en la contraloría interna que, con admirable constancia, nunca encuentra nada.

Es ahí donde la ciudadanía tiene rostro, domicilio y capacidad de seguimiento; ahí, una sesión vigilada, una solicitud de información bien planteada o un expediente técnico bien armado pesan más que cien mensajes indignados en redes.

Los ingenieros lo sabemos bien: ninguna estructura empieza por el último piso, como tampoco ocurre con la soberanía ciudadana.

Nada de esto llegará de la mano de un partido iluminado ni de un gobierno benevolente; la historia es generosa en ejemplos de ambos y avara en resultados.

Solamente llegará cuando la sociedad entienda que la democracia no termina en la urna, sino que ahí apenas empieza, y que el lugar que le corresponde al ciudadano no es la butaca del espectador, sino la obra misma.

La sociedad que no disputa el poder será siempre gobernada por quienes sí lo hacen, y estos, conviene recordarlo, nunca han pedido permiso. El paso está ahí y hay que darlo.

Corolario:

“Ciudadanía que vigila, democracia que respira”.— Liubliana, Eslovenia

ingenieroalfonsogonzalez@gmail.com

@alfonsoengineer

*Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE). Consejo Asesor

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