lunes , 29 noviembre 2021
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Muérete, chayotera

Denise Dresser *

Fuente: COLUMNAS

“Muérete, chayotera”, me grita el hombre escondido detrás de un cubrebocas negro, y parado frente a mi carrito del supermercado hace unos meses. “Muérete, chayotera”, ruge una y otra vez, hostil, vociferante, entre las filas de frutas y verduras. Corro, salgo a la calle, volteo a ver si alguien me siguió o si alguien me espera afuera, acechante.

No sé qué hacer, a quién llamar, a qué autoridad apelar. Me siento tan sola y desamparada como el día que recibí mi primera amenaza de muerte en 2006. Luego de esa elección turbulenta, en la cual voté por AMLO, pero me deslindé de su comportamiento postelectoral, llegó el primer macanazo a mi correo electrónico: “Andrés Manuel te manda decir que tienes dos opciones: irte del país o un accidente automovilístico”. Al leerlo sentí pánico. Intuí que lo había enviado algún fanático, de esos que dañan sus causas, pero aun así no podía respirar. Recuerdo haberle hablado al director de Proceso, quien me aconsejó denunciar, lo cual hice. No pasó nada, como suele suceder cuando alguien agrede a una mujer o una periodista o a una comunicadora.

Desde aquella primera amenaza hace quince años he recibido miles de mensajes similares o peores, de todos los bandos políticos, de priistas, panistas y anexas. Sólo que ahora Twitter y Facebook amplifican el vituperio verbal, la misoginia acendrada, el sexismo rampante que no rebate argumentos o ideas, y se centra en mi salud mental, mi sexualidad, mi edad, mi físico, mi género, la pareja que se me adjudica, el chayote que supuestamente recibí. Las redes se han vuelto tóxicas para las mujeres. Y no escribo desde la victimización; hablo desde la sororidad para acompañar a otras en vida pública, objetos de una violencia que desde las redes salta a las calles. El ciberacoso que es otra forma de acoso de género como lo explica la organización Ciberseguras.

Internet no es un mundo aparte; no es sólo un espacio virtual separado de nuestra vida no virtual. Ahí somos mujeres, feministas, periodistas, madres, parejas, personas trans, lesbianas, indígenas, defensoras de derechos humanos, activistas. Ahí se humilla, se agudizan patrones, se juzgan maneras de habitar el cuerpo, se maltrata, se degrada, se desacredita. Se mandan mensajes de texto como aquel que recibí con la fotografía de mi hijo en algún café, junto con la advertencia de que esa noche no regresaría él, sino solo sus dedos. Antes, en las redes mi nombre estaba asociado con columnas, libros, conferencias. Ahora helo ahí, el tatuaje digital de mi cara colocada encima del cuerpo de un buitre, los memes donde aparezco en camisa de fuerza de “mujer loca”, obliterando treinta años de trabajo y crítica al poder autoritario en todas sus encarnaciones. La Denise real asesinada por la Denise digital.

Todos los días abro la computadora o reviso el celular y se viene encima la avalancha de epítetos, la andanada de amenazas, la metralleta de memes. “Esta vieja loca mal atendida”, “Gárgola loca”, “Nadie quiere a Denise la loca travesti”, “Ve a chuparle los huevos a alguien”, “Ningún chile te embona”, “Terminarás en el psiquiátrico”, “Obvio la mal cogida y lame huevos eres tú”, “Amargadamente frígida”, “Súbete a mi carro, mal cogida”, “A usted lo que le hace falta es una buena cogida y estoy dispuesto a sacrificarme”, “Gárgola/zopilota = Denise Dresser”, “Dresser ni para perra sirve, digo, ni para perrear sirve”, “Maldita carroñera, vas y chingas a tu puta madre”, “Mejor ni salgas perra, asquerosa anciana decrépita”, “La bruja Dresser, esa vieja monstrua”. Pocos contraargumentos, muchas agresiones de índole sexual o de género. Pocos debates sustantivos, muchas diatribas en un país donde matan a mujeres.

Pensé que bastaría con ignorar, bloquear, reportar los amagos más explícitos, ser estoica, imbatible. Pensé que sería suficiente con colocarme la armadura, engrosar la piel, reír en vez de sollozar, respirar cuando sé que mis hijos están bien, exigir a Twitter que sea más seguro para nosotras. Pero lo que sucede conmigo no es algo nuevo ni único; es parte de un patrón con un objetivo explícito: obligarme y obligarnos a abandonar el espacio público. Vivir con miedo. Dejar de opinar o participar. Dejar de criticar o señalar. Amordazarnos o negar la autoridad, la fuerza o el humor de nuestra voz. Pero no, nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio. No nos callarán.

*Periodista

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