miércoles , 20 octubre 2021
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Jean-Baptiste Lully, gran compositor

Franck Fernánez Estrada (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Casi cada época ha tenido su música… ¿O quizá sea al revés? Hoy les quiero traer la historia de un pequeño florentino que hizo que, con su música, no solo bailara el más grande de los reyes de Francia, Luis XIV, el Rey Sol, sino todo el mundo, dejando una influencia inigualable sobre sus contemporáneos y los que le siguieron.

Estoy hablando del pequeño Giovanni Battista Lulli. Nació en 1632. Sus padres se dedicaban a moler los granos de trigo y tenían su establecimiento a pocos pasos del río Arno de Florencia.

Muy joven comenzó rudimentarios estudios musicales con un cura franciscano. A los 13 años, de forma que no ha quedado clara para la historia, fue contratado por el Señor de Guisa, gran noble francés, para venir a Francia a enseñarle el idioma italiano a su sobrina, la Grande Mademoiselle, Ana María Luisa de Orleans, Duquesa de Montpensier. Pronto la joven Duquesa se cansó de las clases de italiano y mandó a Giovanni Battista a las cocinas de palacio.

Estamos hablando del comienzo del reinado de Luis XIV. En esos años, el poder absoluto del rey fue cuestionado por una serie de nobles, entre ellos la Grande Mademoiselle, quien se rebeló contra su rey, por muy prima hermana que fuera. Es lo que la historia llama La Fronda.

El rey salió airoso de este gran contratiempo y su prima fue una de las obligadas a partir al exilio como perdedora. Sin patrona, el futuro de Giovanni Battista estaba en peligro. Así estuvieron las cosas hasta que Luis XIV lo escuchó tocar el violín.

Al joven rey le encantaba bailar. En esa época se consideraba que todo gran personaje de Estado debía bailar bien, porque quién sabe controlar su cuerpo con gracia en el baile también sabe dominar su temperamento y, por consiguiente, ser buen gobernador.

Más tarde, en el Palacio de las Tullerías, se organizó una gran fiesta en 1653 llamada “Baile real de noche”. Durante esta fiesta, Lulli también tenía que bailar y rápidamente el joven rey observó la gracia y la destreza con la que bailaba el florentino. Fue durante este baile que Luis XIV apareció por primera vez vestido como Rey Sol. A partir de ese momento comenzó el reinado de Lulli, al lado del reinado de Luis XIV.

Versalles entonces era solamente un pabellón de caza relativamente pequeño, por lo que la corte del Rey Sol viajaba entre Fontainebleau, el Louvre con las Tullerías que aún existían en esa época y Saint-German-en-Laye.

Lulli entendía que debía servirle de bufón al rey cuando quería reír, de compositor cuando quería escuchar música y de maestro de ceremonias cuando quería divertirse.

Al rey le encantaba bailar la zarabanda y la cuadrilla, bailes de moda del momento, pero a estos bailes prefería el minueto y especialmente para el Rey Lulli compuso hermosos minuetos.

Lulli se convirtió en superintendente de la música real. Es en este momento que el genio de Giovanni Battista Lulli se une al de otro gran artista de la época, su tocayo Jean-Baptiste Poquelin, conocido como Molière.

Entre los dos crearon el espectáculo integral en el que unieron música, baile, teatro y canto. El nombre que se le dio a este nuevo género fue comedia ballet. Este fue el comienzo de la ópera francesa, que vino a contrarrestar la ópera que primaba en esa época, la ópera italiana.

Ambos artistas crearon espectáculos, de ellos el más conocido es “El Burgués Gentilhombre”, que es el que más se interpreta en nuestros días. Lamentablemente, la colaboración entre los dos grandes duró solo unos pocos años. Su separación comenzó en 1670 cuando se interpreta la última comedia ballet.

Fue la primera vez que el rey no bailó, quizás sintiéndose un poco mayor o al darse cuenta de que había algunos profesionales jóvenes que podían hacerlo mejor que él.

El rey se sentó a mirar el espectáculo y, para Molière y Lulli, esto fue catastrófico. Era necesario encontrar otro tipo de arte para entretener a Luis.

Lulli decidió que se le presentaría ópera italiana. Ahora no podrían trabajar juntos los dos grandes artistas del momento. Fue Lulli quien ganó esta batalla.

La persona que tenía el monopolio de presentación de óperas italianas en todo el reino de Francia estaba en prisión por deudas y entre Molière y Lulli se libró una lucha encarnada para obtener el cargo.

Lulli lo obtuvo, pero el privilegio le costó 15,000 libras francesas, dinero suficiente entonces para comprarse un palacete en el barrio de moda de París, Le Marais. A partir de ese momento, Lulli se dedicó exclusivamente a la ópera francesa.

A pesar de tener orígenes florentinos, Lulli se sentía básicamente francés. Él le pedía al rey que, por favor, le otorgara la nacionalidad francesa. Alegaba que su corazón y su espíritu eran franceses, que lo único que tenía de italiano era su lengua y que, si era necesario, estaba dispuesto a cortársela.

Ya francés, su nombre pasa a ser Jean-Baptiste Lully. Acumuló una gran fortuna y llegó a ser secretario personal de Luis XIV.

No por casualidad su estrella solo iba en ascenso… Lully era una persona extremadamente arribista que no tenía ningún tipo de pudor en pasar por encima del que fuera necesario para lograr sus objetivos.

A ello se agregaba el hecho de que era un hombre de muy mal carácter al que no se le podía contradecir porque montaba en cólera. Fue de esta forma que se hizo de no pocos enemigos en la corte que esperaban el más mínimo desliz para poderlo perjudicar. Y el desliz llegó.

Lully se casó y tuvo cinco hijos, viviendo todos en un apartamento dentro del palacio de Versalles. Pero no eran los únicos residentes en este apartamento. Había siempre algunos jovencitos “dizque alumnos” de Lully. Eran efebos para saciar su “vicio florentino”, como púdicamente se le llamaba en Francia a ese tipo de preferencias.

Las lenguas se soltaron, en particular por el caso de un joven, de agraciado rostro y afeminado cuerpo, paje de profesión: Brunet. Rápido fueron los enemigos de Lully al rey para contarle el chisme.

En medio de la tragedia, Jean-Baptiste se dirigió al rey con la famosa reclamación: “Sire, yo creí que éramos amigos”. A lo que el Rey Sol le ripostó: “Jean-Baptiste, nosotros no tenemos amigos”. El Rey Sol hablaba de sí mismo en primera persona del plural, nosotros.

El caso del joven Brunet fue bastante escabroso. El rey tuvo que pedirle al jefe de la policía que se ocupará del tema Brunet.

El joven fue detenido y la pobre criatura, por miedo a ser torturado, bajo juramento dio el nombre de todos los que habían disfrutado de sus honores en Versalles. La lista era tan importante, tan notoria, en la que aparecía incluso el nombre del propio hijo del jefe de la policía, que no quedó más remedio que echarle arena al asunto.

Luis XIV ya estaba mayor para esta época y había contraído nupcias secretas con Madame de Maintenon, mujer extremadamente beata y que veía con muy malos ojos aquello que estaba ocurriendo en Versalles.

El rey solo tuvo la posibilidad de alejarse de aquel que tanto había contribuido para su diversión durante toda su vida al punto de no llegar a presentarse a la inauguración de la última ópera del compositor. Después de este escándalo se realizó la muy famosa operación de una fístula anal que tenía el rey que lo mantuvo entre la vida y la muerte. La operación fue todo un éxito, componiendo Jean-Baptista un himno que con el tiempo se convertiría en himno de Gran Bretaña.

Fue precisamente durante los ensayos del “Te Deum” que había compuesto para celebrar la curación del rey que Jean-Baptiste tuvo un accidente mortal.

Debo repetir que era de muy mal carácter y ese día los músicos estaban quizás algo distraídos, quizás algo aburridos y no seguían las instrucciones que daba el director de la orquesta que no era otro que el propio Lully.

En vez de las pequeñas batutas que usan los directores de orquesta de nuestros días, él usaba un gran bastón de hierro y, con grandes golpes sobre el piso, marcaba el tiempo de la música. En un momento de ira, dio un golpe tan fuerte que en vez de dirigirlo hacia el piso vino a caer sobre un dedo de su pie. A los pocos días se declaró una fuerte gangrena. Al venir al médico a cortarle la pierna, única forma de salvarle la vida, le gritó al doctor: “¿Cómo puede cortarle la pierna a un bailarín?”. El doctor le dijo que, si no se cortaba la pierna, la enfermedad llegaría al corazón. “Pues sáqueme primero el corazón”, dijo Lully.

Fue así como en Versalles murió en 1687 aquel joven florentino que, con su música, marcó una época… y no solo la de Luis XIV. Hasta 1789 la música de Lully fue interpretada en Francia, en particular en Versalles, hasta que los revolucionarios consideraron que era una música demasiado vinculada con la monarquía y que debía ser erradicada.

De todas formas, ahí tenemos para nuestro disfrute la hermosa música de Lully quien, con su arte y su afán de hacer divertir al rey de Francia, nos dejó espléndidas partituras de música barroca, bellas, como solo él sabía componer.

(*) Traductor, intérprete y filólogo;

altus@sureste.com

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