lunes , 5 diciembre 2022
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El Gran Incendio de Londres de 1666

Por: Franck Fernández Estrada(*)

 Fuente: Diario de Yucatán

La ciudad ardió durante cinco días en los que se perdieron 13,200 casas, 87 iglesias, establecimientos públicos y la antigua catedral gótica de San Pablo

Anno Domini 1666. Londres. Muchos le temían a este año. Después de todo, los tres últimos dígitos de este año representan el número de la Bestia. Londres salía de su más horrible epidemia de peste bubónica desde hacía muchos años. Aquellos que habían podido huir de la ciudad regresaban a ella poco a poco.

La familia real ya estaba de vuelta desde Salisbury, donde se había refugiado, en febrero de este año. Samuel Pepys, intendente responsable del reavituallamiento de la Royal Navy, quien había escrito en un diario todo de lo que fue testigo durante esta horrible peste del año 1665, había terminado su diario en cuestión alegando que “Londres nunca más verá algo tan horrible”. No sabía que algo, también de catastróficas consecuencias, estaba a punto de producirse. En estos momentos, Londres era una de las principales ciudades del mundo en cuanto a cantidad de habitantes. Todavía existían las murallas medievales, bastante altas, que habían protegido la ciudad de eventuales ataques enemigos en el pasado. Toda una serie de pequeños poblados se habían establecido a las afueras de esta antigua muralla. Todo ellos hoy han sido engullidos por el Gran Londres de nuestros días.

Todo comenzó la noche del 1 al 2 de septiembre de 1666 en la panadería de Thomas Farriner, situada en Pudding Lane. Farriner era el panadero real. Era él quien aprovisionaba con sus panes a la familia de Carlos II, rey del momento. Esa noche de sábado, Farriner se fue a la cama muy cansado. No se dio cuenta de que no había apagado bien uno de sus hornos. A las 2 de la madrugada ya del domingo, el fuego del horno había consumido una buena parte de la casa. La familia de Farriner, que vivía en la planta alta de la panadería, logró escapar por una ventana hacia el techo de los vecinos. No lo logró la nodriza de sus hijos quien, presa de pánico, murió víctima de las llamas. Ella fue la primera víctima de este gran incendio. De la casa del panadero a la del vecino, de ella a las de los otros vecinos y a las casas del resto de la cuadra. Así fue extendiéndose por toda la ciudad. Londres en aquella época era una ciudad medieval, con un trazado absolutamente irregular de sus calles, estrechas e insalubres, a pesar de las medidas de saneamiento que había tomado el rey Carlos II durante la epidemia de meses antes.

No solo eran calles estrechas sino que, en la medida en que los edificios crecían en cantidad de pisos, estos iban aumentando su superficie haciendo que, en las alturas, el espacio entre edificio y edificio fuera bastante menor que a nivel de la calle. Como si esto fuera poco, a pesar de que ya estaba prohibido, se seguían construyendo casas de madera y techos de paja, materiales muy baratos cierto pero extremadamente inflamables.

Existía una agrupación de “bomberos” que no era más que un grupo de cívicos ciudadanos que, ante un llamado seco de las campanas de las iglesias de la ciudad, eran convocados para apagar algún incendio. Tenían rudimentarias bombas de aguas, poco útiles. Las principales herramientas para acabar con un incendio eran grandes perchas que terminaban en gancho para derribar las casas que, por ser de madera y paja, eran bien frágiles y fáciles de derribar. El otro método utilizado era dinamitar cuadras enteras de este tipo de viviendas para que esto sirviera de cortafuegos.

Una serie de lamentables incidentes incidió en que no se tomaron las medidas adecuadas. El alcalde, Sir Thomas Bloodworth, no tomó en serio la gravedad del tema. Cuando fue despertado y desde la ventana de su casa vio las llamas que ya comenzaban a devorar Londres exclamó con desdén: -Este incendio lo puede apagar mi mujer orinando. Cuando la cosa se puso ya más grave, tampoco tomó la decisión que correspondía de dar la orden de derribar las casas necesarias para crear un muro cortafuegos. El alegato fue bien pobre, como todas esas casas eran arrendadas, no sabía cómo localizar de urgencia a todos sus propietarios para pedirles la autorización de demolición”. Fue el rey Carlos II quien tuvo que tomar la decisión de luchar contra el fuego, a pesar de tener una situación política muy inestable. Delegó en persona a su hermano, el Príncipe de York, para tomar las decisiones que no tomaba el alcalde.

Otro elemento lamentable en este incendio fue que se levantó un fuerte viento del este que, con su fuerza y oxígeno, alimentaba el fuego. Se llegaron a producir tormentas de fuego que arrastraban objetos y humanos hacia su vórtice. La cantidad de personas que trataban de huir en carretas con sus propiedades por aquellas estrechas calles solo aumentaba el pánico de los que no querían morir abrazados por el fuego. Las ocho estrechas puertas que permitían la salida de la ciudad por la muralla medieval rápidamente se vieron congestionadas. Tampoco se podía huir con facilidad hacia el río Támesis, puesto que estaba lleno de depósitos que, por demás, estaban repletos de productos inflamables, entre ellos grandes depósitos de ron.

Durante cinco días ardió la ciudad. Traspasó la muralla. En total, la pérdida fue de 13,200 casas, 87 iglesias parroquiales, muchos otros establecimientos públicos y la antigua catedral gótica de San Pablo, a la que habían venido a refugiarse muchos londinenses con la esperanza de que sus espesas paredes sirvieran de protección al fuego. También les daba confianza el hecho de que sus alrededores estaban libres de viviendas y construcciones. Lamentablemente en esos momentos había trabajos de reparación y buena parte de la fachada exterior de la catedral estaba cubierta por andamios de madera por los que rápidamente subió el incendio hacia el techo de plomo. De la antigua San Pablo corrían arroyos de plomo al rojo vivo atravesando las calles colindantes de la antigua catedral gótica.

Solo el martes terminó el incendio gracias a que los vientos del este amainaron y a la sabia y oportuna decisión de Carlos II de destruir de todas formas las casas para que sirvieran de cortafuegos. Realmente en algunos sótanos todavía hubo durante meses pequeños focos de incendios. Ante la inmensa cantidad de londinenses que habían perdido sus casas, el rey temía una sublevación y alentó a los refugiados a desplazarse a las ciudades cercanas a la capital decretando que los ciudadanos de esas pequeñas ciudades colindantes les permitieran la entrada y les permitieran ejercer sus oficios. Era imperiosa la rápida reconstrucción de la ciudad. Por falta de acuerdos, prácticamente se levantó un nuevo Londres sobre las antiguas callejuelas estrechas y medievales que habían existido antes del incendio. De eso nos hablaría más tarde Charles Dickens en sus maravillosas novelas costumbristas de mediados del siglo XIX en Londres. Lo importante fue que se dictaron como obligatorias la construcción de aceras para separar el espacio dedicado a los transeúntes del de los carruajes y la prohibición total del uso de paja y madera. Ahora era obligatoria la construcción de piedra y ladrillos.

En cuanto a la cantidad de muertos, se dio la cifra oficial de solo 10 víctimas. Esto es absolutamente falso. Por ejemplo, en el barrio donde vivían los inmigrantes chinos nunca hubo un censo de cuántos residentes murieron. La temperatura se estima que llegó a los 1,350°C, lo que hace que incluso los huesos se calcinan. El resultado es que al hacer el conteo de víctimas nunca se pudieron encontrar esos restos.

Huelga decir que, como Inglaterra estaba inmersa en ese momento en la Segunda Guerra anglo-neerlandesa, siendo Francia aliada de los Países Bajos, inmediatamente se acusó a los ciudadanos neerlandeses y franceses de la ciudad de ser los que habían iniciado el incendio. Uno de los que participó en los linchamientos de extranjeros fue el propio panadero Thomas Farriner, sabiendo que era él el causante de toda esta tragedia. La intervención del Duque de York fue de gran importancia para salvar del linchamiento a muchos extranjeros.

También se acusó a Roma de haber sido quien propició este incendio. No olvidemos que Enrique VIII se había separado de la Iglesia de Roma. Las pérdidas fueron inconmensurables. No solamente se perdieron las casas, sino también mercancías y una enorme cantidad de libros y obras de arte. Dos monumentos marcan el lugar de inicio y de fin de este incendio. El primero de ellos es The Monument, torre de 61 metros de alto, que marca con su altura la distancia que existe hasta la panadería de Thomas Farriner. El Golden Boy es una pequeña estatua de un niño que orina que indica el lugar donde terminó el Gran Incendio de Londres.

Solamente el Blitz, los bombardeos ciegos que realizó sobre Londres al comienzo de la Segunda Guerra Mundial un alucinado austriaco, causó tanto daño en la ciudad como el que se produjo en 1666. Existen otros que no entienden lo que la historia les enseña. Hoy día otro alucinado amenaza a Londres con ser la primera ciudad del mundo en ser destruida por sus bombas atómicas. No entienden que una hora más tarde en este planeta Tierra no quedará nadie para contar la historia. (*)Traductor, intérprete y filólogo, correo electrónico:  altus@irbinflores

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