sábado , 3 diciembre 2022
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Carlos III de Gran Bretaña, hombre no supersticioso

  • Conservó su nombre a pesar de las desgracias que se produjeron durante el reinado de Carlos I y Carlos II

Por: Franck Fernández Estrada(*)

Fuente: Diario de Yucatán

Sabemos lo difíciles y engorrosos que son los trámites administrativos para podernos cambiar el nombre o uno de los apellidos. Basta que algún escribano en el pasado haya cometido un error al transcribir nuestro nombre completo para que esto sea motivo de grandes trastornos, molestias e idas y vueltas administrativas. Sin embargo, hay quienes tienen la prerrogativa de cambiar su nombre cuando llegan al trono. Es el caso de los papas y de los reyes.

Podemos recordar el caso del valenciano Rodrigo Borgia, quien con gran desparpajo y lujuria ocupó el trono de San Pedro bajo el nombre de Alejandro VI. También es el caso de los reyes quienes, al subir al trono, pueden cambiarse su nombre (que suelen ser muy largos) y adoptar el de alguno de sus antecesores.

En momentos en que escribo esta crónica, el mundo ha pasado por la muerte de una soberana que reinó sobre Gran Bretaña y los países del Commonwealth (54 en total) durante la vida de la mayoría de nosotros, puesto que ascendió al trono en 1947. El trono, por herencia, le corresponde a su hijo primogénito Carlos. El hijo de la reina Isabel tiene un nombre largo: Carlos Felipe Arturo Jorge. Los miembros de la nobleza suelen usar nombres largos en respeto a sus antecesores. Carlos, que asciende al trono bajo el nombre de Carlos III, ha tenido la posibilidad de cambiárselo.

Al no hacerlo, el príncipe -que tanta tinta hizo correr cuando Diana dio al mundo la noticia de que en su matrimonio eran tres- muestra que no es un hombre supersticioso. Además, apuesta por la continuidad. Digo esto porque, al llevar el número III, podemos entender que ya hubo un Carlos I y un Carlos II. El tema es que estos dos antecesores del nuevo rey de Gran Bretaña, que vivieron en los años 1600, tuvieron vidas y reinados muy agitados.

Recordemos a Enrique VIII, aquel que por cuestiones de faldas separó la Iglesia de Inglaterra de la de Roma creando la Iglesia Anglicana. A su muerte lo sucedió por pocos años su hijo varón Eduardo VI ya que murió joven. A él lo sucedió la legítima hija de Enrique VIII, María, hija de Catalina de Aragón y nieta de los Reyes Católicos.

María Tudor pasó a la historia con el nombre de “María la Sanguinaria” porque a sangre y fuego quiso abolir la iglesia anglicana creada por su padre. Tampoco hizo nada excepcional María, a sangre y fuego su padre Enrique VIII había querido extirpar a la iglesia católica de su reino e imponer la anglicana. También María murió sin descendencia y pasó a reinar Isabel I, por muchos considerada bastarda en la medida en que no se consideraba legítimo el matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, quien terminó decapitada. A la muerte de Isabel, también sin descendencia, fue llamado al trono Jacobo, de la familia de los Estuardo, hijo de la desgraciada María Estuardo, reina de Escocia y decapitada por su prima hermana, Isabel I, por cuestiones de rivalidades. El descendiente de Jacobo I fue el primer rey de Inglaterra en llevar el nombre Carlos.

Lo que ocurrió con Carlos I fue que él se consideraba rey por gracia de Dios, rey autócrata, y no pretendía compartir el poder con nadie. Ese no era el punto de vista del parlamento inglés que, después de años de ser ignorado por el rey, desencadenó una guerra civil. Es evidente que a esto también se unieron las cuestiones religiosas, pues los fervientes católicos no querían jurar lealtad a una iglesia anglicana. Para hacer corta la historia, Carlos I fue decapitado en 1649 a la edad de 49 años.

El poder fue asumido por la llamada “Mancomunidad de Inglaterra” dirigida por Oliver Cromwell y, a la muerte de éste, fue llamado al trono el hijo de Carlos I quién se había refugiado en el extranjero durante este tiempo. Asumió el trono bajo el nombre de Carlos II aunque, ante la historia que había sufrido su padre, el parlamento le exigió que su reinado fuera una monarquía parlamentaria. De ahí es que los reyes de Gran Bretaña reinan pero no gobiernan, firman las leyes pero no las redactan, confirman a los primeros ministros pero no los designan. Y, por sobre todas las cosas, no tienen ningún derecho a inmiscuirse directamente en cuestiones de política interior ni exterior. Durante las reuniones semanales que desde esta fecha han mantenido todos los reyes de Gran Bretaña con sus primeros ministros, el rey (o la reina) puede aconsejar, influenciar, opinar pero en ningún caso ordenar.

Carlos II llega al trono de Inglaterra en 1660, aunque se consideraba rey de Escocia ya desde 1649, en el momento en que su padre fue decapitado. No fue un mal rey, más bien lo contrario, pero ocurrieron nefastos acontecimientos en su país durante su reinado. Uno detrás del otro. El primero ellos fue la gran peste de Londres de 1665-1666 y, acto seguido, el gran incendio de Londres de 1666 que devoró la mayor parte de la capital inglesa. Nunca se sabrá con exactitud el número de víctimas de estas desgracias.

Al asumir su puesto de rey, siempre con su nombre de pila, Carlos III, nuevo rey, demuestra ser un hombre sin superstición si consideramos el peso de las desgracias que se produjeron durante el reinado de Carlos I y Carlos II.

No fue un Príncipe de Gales demasiado querido. Las razones no fueron pocas. Este hombre se casó sin amor con Diana Spencer por mandato de su madre. Carlos estuvo siempre enamorado de Camilla Parker y de eso no lo podemos culpar. Sin embargo, la reina nunca vio con buenos ojos esta relación con Camilla. La experiencia de un rey enamorado de una mujer divorciada estaba demasiado fresca en la memoria de Isabel II por la abdicación de su tío Eduardo VIII para casarse con la americana Wallis Simpson. El príncipe también se ha visto involucrado en posiciones político-ambientalistas que no siempre han sido del placer de todos.

El escándalo de la separación de su hijo Enrique de la familia real empujado por su esposa, la americana Meghan Markle (el Megxit), también echa leña a este fuego. Ahora solo nos queda esperar que Carlos III de Gran Bretaña sea un buen rey. Los retos que tiene por delante son pesados y múltiples y, como su madre, debe servir como aglutinador de todos sus súbditos a falta de poder gobernarlos.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com

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