martes , 1 septiembre 2026
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La banqueta donde vivía Mérida

Antoine Abraham Pompeyo *

Grupo Megamedia

Mérida, 1 de septiembre de 2026.- Hubo un tiempo en Mérida en que la banqueta era una extensión de la casa. Al caer la tarde, las puertas permanecían abiertas y las familias sacaban sus sillas para tomar fresco y conversar mientras el calor comenzaba a ceder. Los niños corrían de una casa a otra, jugaban bicicleta, escondidas o fútbol con porterías imaginarias. Las abuelas saludaban a quien pasaba. Los vecinos compartían noticias, un vaso de agua o una taza de café sin necesidad de ponerse de acuerdo. Nadie organizaba reuniones; simplemente, la vida ocurría ahí.

No era extraño que alguien terminara la noche sentado frente a una casa que ni siquiera era la suya. Tampoco hacía falta conocer el número de una vivienda. Bastaba decir: “La casa donde siempre hay gente sentada afuera”, y todos sabían cuál era. Aquellas conversaciones, que parecían no tener importancia, iban construyendo algo mucho más valioso que una simple amistad: construían confianza.

Con el paso de los años, muchas cosas comenzaron a cambiar. Las bardas crecieron, aparecieron los portones, las cámaras y las alarmas. Poco a poco, la banqueta dejó de ser un lugar para quedarse y se convirtió únicamente en un sitio por donde pasar. No ocurrió de un día para otro. Fue sucediendo casi sin que nos diéramos cuenta. Entre los cambios de la ciudad, el ritmo acelerado de la vida y el miedo que empezó a instalarse silenciosamente en muchas conversaciones, dejamos de salir. Y cuando dejamos de salir, también dejamos de encontrarnos.

Lo curioso es que el miedo casi nunca roba de golpe. Empieza con pequeñas renuncias. Hoy mejor no salgo. Hoy mejor cierro la puerta. Hoy mejor no hablo con quien no conozco. Hasta que un día descubres que llevas años viviendo junto a personas cuyo nombre nunca aprendiste.

Quizá por eso las ciudades no cambian únicamente cuando se construyen nuevas avenidas o aparecen edificios más altos. También cambian cuando las personas dejan de mirarse. Porque una ciudad está hecha de concreto, pero una comunidad está hecha de confianza.

Ojalá Mérida conserve aquello que durante tantos años la distinguió. No solamente la tranquilidad de caminar por sus calles, sino esa costumbre tan nuestra de sentir que el vecino no era un extraño, sino alguien que, si un día hacía falta, estaría dispuesto a ayudarte.

Tal vez nunca volvamos exactamente a aquellas tardes de sillas en la banqueta. Los tiempos cambian y las ciudades también. Pero todavía podemos recuperar algo que no depende de las rejas ni de los portones: volver a saludar, aprender el nombre del vecino, preguntar cómo está quien vive al lado y descubrir que la confianza también se construye en los pequeños gestos de todos los días.

Porque, al final, las ciudades más seguras no son únicamente aquellas donde hay menos delitos. Son aquellas donde las personas todavía sienten que no están solas. Una ciudad comienza a morir, no cuando se vacían sus calles, sino cuando sus habitantes dejan de tener motivos para sentarse juntos.

NOTA HISTÓRICA

Hay un símbolo de Mérida que miles de personas fotografían cada año sin preguntarse por qué existe. Las bancas “tú y yo” comenzaron a instalarse en Mérida a finales del siglo XIX y principios del XX. Su diseño permitía que las parejas conversaran frente a frente, respetando las normas sociales de la época, cuando el cortejo era vigilado por las familias y el contacto físico era muy limitado.

Con el tiempo dejaron de ser mucho más que un simple elemento del mobiliario urbano. Se convirtieron en el reflejo de una época en la que conversar era tan importante que hasta una banca podía ser diseñada para favorecer el encuentro. Nos recuerdan que una ciudad no solo se construye con calles y edificios, sino también con espacios donde las personas pueden mirarse, escucharse y construir comunidad.

Antoine Abraham Pompeyo

*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

www.antoineabraham.com

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