Marisol Cen Caamal
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 27 de julio de 2026.- Hay edificios que ofrecen un techo y otros que ofrecen un futuro. Hay lugares donde las personas simplemente habitan y otros donde las personas se transforman. La Casa de la Protección de la Joven pertenece, sin duda, a estos últimos.
Hoy escribo con una preocupación que pesa en el corazón. Esa casa que durante décadas ha brindado un lugar seguro para vivir a estudiantes universitarias, y que en algún momento también fue mi hogar, enfrenta hoy uno de los momentos más difíciles de su historia. Si el próximo ciclo escolar no logra reunir el número mínimo de residentes que permita sostener su operación, esta institución podría verse obligada a detener su labor. Y con ella se perdería un espacio que durante décadas ha acompañado a cientos de jóvenes en uno de los momentos más importantes de su vida: cuando dejan atrás su hogar para salir en busca de sus sueños.
No tengo duda de que en los 106 municipios de Yucatán, y también en muchos otros estados, existen jóvenes talentosas que sueñan con estudiar en Mérida. Algunas serán las primeras profesionistas de su familia; otras llegarán con la esperanza de hacer realidad el esfuerzo que sus padres han construido durante años para brindarles una oportunidad que ellos mismos no tuvieron. Para todas ellas, encontrar un lugar seguro y formativo donde vivir en la capital es tan importante como obtener un lugar en una universidad.
Y precisamente para responder a esa necesidad existe la Casa de la Protección de la Joven. Una institución con muchos años de historia, con espacios modestos, pero con un propósito enorme: brindar un lugar seguro a jóvenes estudiantes que llegan a Mérida y ofrecerles un ambiente donde, además de continuar su preparación profesional, aprenden a convivir, a adaptarse, a respetar el espacio de las demás y a descubrir que vivir en comunidad también forma parte de la preparación para la vida.
Allí se aprende desde la cotidianidad. No existe un equipo de personas encargado de mantener impecables todos los espacios mientras las residentes simplemente disfrutan de ellos. Son las propias jóvenes quienes limpian sus habitaciones y participan en el cuidado del comedor, la cocina, los baños, la biblioteca y las áreas comunes.
A primera vista podría parecer una tarea doméstica más; sin embargo, detrás de esa rutina diaria existen lecciones valiosas. Enseña que los derechos siempre van acompañados de responsabilidades y que vivir en comunidad implica aportar, colaborar y cuidar los espacios que compartimos. También enseña humildad, porque recuerda que ninguna tarea es menor cuando contribuye al bienestar de todos, y fortalece el trabajo en equipo al comprender que una comunidad funciona cuando cada persona está dispuesta a hacer su parte. Son aprendizajes sencillos, pero esenciales en una sociedad donde con frecuencia olvidamos que el bienestar común no depende únicamente de lo que otros hacen por nosotros, sino también de nuestra disposición para contribuir.
Otra de las cosas más valiosas que ofrece la Casa de la Protección de la Joven es precisamente aquello que quizá para algunas jóvenes de hoy resulta menos atractivo: la formación en disciplina y en los límites. Esta no es una casa donde cada quien hace lo que quiere sin considerar a los demás. Existen horarios, reglas de convivencia y responsabilidades compartidas. No es un lugar donde se pueda salir de fiesta hasta la madrugada y regresar sin que nadie pregunte si se llegó bien. Para algunas jóvenes, que hoy buscan mayor autonomía y asocian la independencia con no tener límites, estas reglas pueden resultar incómodas. Y está bien. No todos los lugares son para todas las personas; pero también es cierto que existen familias que buscan un espacio donde sus hijas encuentren acompañamiento, cuidado y una formación basada en la responsabilidad.
La Casa de la Protección de la Joven nunca ha sido únicamente un espacio de alojamiento. Durante más de 75 años ha sido una escuela de vida. Sería profundamente triste que una sociedad que tanto habla de recuperar los valores permitiera desaparecer, casi en silencio, uno de los pocos lugares que todavía los cultiva todos los días.
Quizá por eso me resisto a pensar que una institución así pueda desaparecer por una supuesta falta de estudiantes. No porque no existan jóvenes que necesiten un lugar como éste, sino porque estoy convencida de que muchas ni siquiera saben que existe.
Por eso, antes de que sea demasiado tarde, necesitamos que esta casa vuelva a estar en la conversación de quienes pueden ayudar a fortalecerla. Porque conservarla no es responsabilidad de una sola persona o de un solo sector de la sociedad; es una tarea que corresponde a una comunidad que entiende que educar y acompañar a las nuevas generaciones es una inversión en el futuro.
Este llamado es para todos quienes pueden ayudar a que esta historia llegue más lejos. A las universidades, para que durante sus procesos de admisión den a conocer que existe una opción segura y formativa para las estudiantes foráneas. A las preparatorias, para que compartan esta oportunidad con aquellas jóvenes que sueñan con continuar sus estudios en Mérida, pero creen que hacerlo está fuera de sus posibilidades.
A los presidentes municipales, a los DIF municipales y a las autoridades educativas, para que esta información llegue hasta las comunidades más alejadas, porque estoy segura de que, en algún rincón de Yucatán, hay una joven talentosa que todavía no sabe que existe un lugar pensado para ella.
Al sector empresarial, para que vea en esta casa una oportunidad de transformar vidas. Siempre hablamos de responsabilidad social, de impulsar el talento y de apostar por la educación, pero pocas inversiones tienen un impacto tan profundo como ayudar a que una joven pueda estudiar con tranquilidad, seguridad y acompañamiento.
Y a los medios de comunicación, para que hagan suya esta causa. Porque los medios no solo informan; también construyen comunidad. Cuando una historia merece ser conocida, compartirla también es una forma de servir.
Pero, sobre todo, quiero hacer una invitación muy especial a quienes alguna vez llamaron hogar a esta casa. A ustedes que caminaron por sus pasillos, que hicieron amistades que aún conservan y que quizá alguna vez cuestionaron los horarios o las tareas de limpieza, pero que hoy comprenden el enorme valor que aquellas experiencias tuvieron en su vida. Es momento de que cuenten su historia. Háblenles a sus hijas, a sus sobrinas, a sus vecinas y a las jóvenes de sus comunidades. Díganles qué aprendieron ahí.
Todavía estamos a tiempo de salvar de la desaparición a una institución que ha hecho tanto bien. Porque rescatar la Casa de la Protección de la Joven no significa únicamente conservar un lugar de alojamiento; significa proteger un espacio donde nacen sueños, se forman mujeres profesionistas y se construyen futuros capaces de transformar nuestra sociedad.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
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