Othón Baños Ramírez (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Hay un fenómeno que afecta la sociedad civil y por tanto a la calidad de la democracia. Las identidades sociales no son únicamente formas de pertenencia cultural o comunitaria; también funcionan como factores políticos porque organizan intereses, emociones, demandas y formas de participación.
En México, las personas no se relacionan con la política solo como individuos aislados, sino también desde posiciones sociales concretas: clase, región, etnicidad, género, religión, edad, ocupación, territorio y experiencias compartidas de desigualdad o exclusión.
Desde esta perspectiva, la identidad influye en la manera en que los ciudadanos interpretan los problemas públicos y deciden a quién apoyar. Un grupo social puede convertirse en actor político cuando transforma una experiencia común en una demanda colectiva: reconocimiento, justicia, seguridad, derechos laborales, defensa del territorio, igualdad o acceso a servicios.
Por ello, las identidades sociales pueden ampliar la democracia cuando permiten que sectores históricamente excluidos entren al debate público y exijan representación.
En nuestro país, las identidades sociales han sido históricamente un punto de apoyo para la vida colectiva: la familia extensa, el barrio, la comunidad rural, el sindicato, la escuela pública, la religión, la pertenencia regional y las memorias compartidas han dado sentido a la experiencia de millones de personas.
Sin embargo, en las últimas décadas se observa un debilitamiento de varios de estos referentes. No se trata de una desaparición absoluta, sino de una transformación profunda: las personas siguen buscando pertenecer, pero los vínculos que antes parecían estables se han vuelto más fragmentados, cambiantes y, en muchos casos, frágiles.
Uno de los factores centrales es la desigualdad persistente. Cuando amplios sectores de la población enfrentan precariedad laboral, inseguridad económica y acceso desigual a derechos sociales, la idea de pertenecer a una comunidad nacional integrada paradójicamente pierde fuerza.
La cohesión social depende de condiciones mínimas de equidad, solidaridad y confianza; cuando estas condiciones se erosionan, las identidades colectivas tienden a debilitarse y a ser sustituidas por estrategias individuales de supervivencia.
También influyen la urbanización acelerada, la migración interna e internacional y la movilidad territorial. Muchas personas se separan de sus comunidades de origen para buscar empleo, educación o seguridad. Este desplazamiento abre oportunidades, pero también rompe redes de apoyo tradicionales. En las ciudades, la convivencia suele organizarse menos alrededor de la comunidad cercana y más alrededor del trabajo, el consumo, el transporte y los espacios digitales.
Otro elemento importante es la individualización. La vida contemporánea impulsa a las personas a definirse por proyectos personales, trayectorias laborales flexibles, gustos de consumo y presencia en redes sociales. Esta autonomía puede ser positiva, pero también reduce la fuerza de identidades colectivas duraderas. En lugar de pertenencias amplias y compartidas, aparecen identidades más parciales, momentáneas y dependientes de afinidades digitales, estilos de vida o posiciones política
El declive de las identidades sociales tiene consecuencias directas sobre la confianza pública. Cuando se debilitan los lazos comunitarios, también disminuye la disposición a colaborar con personas fuera del círculo inmediato. Esto afecta la participación vecinal, la organización ciudadana y la capacidad de construir soluciones colectivas frente a problemas como la inseguridad, la pobreza, la violencia o el deterioro ambiental. Afecta, pues, la formación y la fuerza de la sociedad civil.
Además, la fragmentación identitaria puede favorecer la polarización. Cuando las personas dejan de reconocerse como parte de una comunidad más amplia, las diferencias políticas, religiosas, regionales o de clase pueden convertirse en fronteras rígidas. En ese contexto, el desacuerdo deja de entenderse como parte normal de la vida democrática y se transforma en desconfianza hacia quienes piensan distinto.
Hablar del declive de las identidades sociales en México no significa afirmar que la sociedad mexicana haya perdido toda forma de pertenencia. Más bien, implica reconocer que las formas tradicionales de identificación se encuentran en tensión con nuevas dinámicas económicas, culturales y tecnológicas.
El reto consiste en reconstruir vínculos sociales capaces de combinar diversidad, justicia e inclusión. Solo así las identidades podrán dejar de ser motivo de separación y volver a funcionar como recursos para la solidaridad, la participación democrática y la vida comunitaria.— Mérida, Yucatán
(*) Doctor en Sociología, investigador de la UADY
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