Denise Dresser (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Hungría no es México. Pero Hungría podría ser México. Y esa es la advertencia, esa es la lección. Ese es el espejo incómodo que debemos mirar.
Durante más de una década, Viktor Orbán construyó un régimen que no se presentaba como dictadura, sino como alternativa. Una “democracia iliberal”. Un eufemismo elegante para el desmantelamiento paulatino de los contrapesos. No con tanques, sino con leyes.
No con golpes, sino con mayorías. No con censura abierta, sino con captura silenciosa. Como lo que está ocurriendo aquí, gradualmente, insidiosamente.
Primero vinieron las reglas. Distritos rediseñados, un sistema electoral que premiaba al ganador con una sobrerrepresentación grotesca, una arquitectura institucional pensada para perpetuar al partido en el poder.
Luego llegó la narrativa: enemigos internos y externos, conspiraciones, miedo. Migrantes. Bruselas. George Soros. La política convertida en guerra cultural. La complejidad reducida a trincheras.
Después, la captura. Medios cooptados por oligarcas leales. Tribunales colonizados. Universidades intervenidas. El Estado convertido en extensión del partido. El partido convertido en vehículo de enriquecimiento.
La corrupción no como desviación, sino como sistema. Y así, poco a poco, la democracia dejó de ser un mecanismo de competencia y se volvió una simulación de permanencia.
¿Suena familiar? Porque ese es el libreto del populismo autoritario. Deslegitimar a los árbitros. Reescribir las reglas. Concentrar el poder. Polarizar a la sociedad. Y, sobre todo, fabricar la sensación de inevitabilidad. La idea de que el líder llegó para quedarse y que no hay alternativa. Criticarlo (a) es traicionar al pueblo.
Pero Hungría también ofrece una segunda lección. Más incómoda y más exigente. El autoritarismo puede perder. No por accidente y no por benevolencia.
No porque el sistema se corrija solo, sino porque alguien decide enfrentarlo con estrategia. La derrota de Orbán no ocurrió en condiciones justas. Ocurrió a pesar de condiciones profundamente desiguales: acceso limitado a medios, acoso a opositores, manipulación institucional. Y aun así, ocurrió.
Péter Magyar no llegó a “unificar” a la oposición como suelen hacerlo los acuerdos de cúpula; hizo algo más disruptivo. Irrumpió desde fuera, tras romper con el círculo de poder de Viktor Orbán, y construyó una plataforma propia que canalizó el hartazgo ciudadano frente a un sistema cerrado y capturado.
No negoció con partidos debilitados ni se subordinó a sus liderazgos; los rebasó. Su apuesta fue otra: hablar a un electorado cansado de la simulación, atraer tanto a desencantados del oficialismo como a opositores huérfanos, y convertir esa indignación en capital político.
También hizo algo más: regresó la política a lo cotidiano. Habló de hospitales que no funcionan, de inflación que asfixia, de infraestructura que se cae. Ató la narrativa a la realidad.
Y obligó al régimen a responder por lo que había hecho, y por lo que no. Porque hay un punto en el que el discurso ya no alcanza. Y entonces, el líder se vuelve responsable. De todo.
Esa es la paradoja del populismo autoritario: su mayor fortaleza —la concentración de poder— termina siendo su mayor debilidad. Porque cuando todo depende de uno, todo se le cobra a uno.
Pero cuidado. Hungría sigue atrapada en las redes que Orbán tejió. Instituciones debilitadas. Oligarquías enquistadas. Cultura política erosionada. El autoritarismo no desaparece: muta, espera, regresa.
Por eso la lección para México no es sólo cómo se cae un régimen así. Es cómo se permite que surja. Cómo se tolera su avance. Cómo se normaliza su lenguaje. Cómo se aplaude su eficacia mientras erosiona la democracia.
Aquí también se descalifica a los árbitros. Aquí también se reforman reglas con cálculo político. Aquí también se polariza desde el poder. Aquí también se construye un relato de “pueblo” contra “oposición”.
Aquí también se insinúa que no hay alternativa. Y quizás ese sea el mayor riesgo. No la 4T sino la resignación. Creer que ya es tarde. Que ya no se puede cambiar.
Hungría demuestra lo contrario. Que la inevitabilidad es una ilusión. Que los sistemas diseñados para perpetuarse pueden ser derrotados. Que la ciudadanía —cuando se organiza con un liderazgo creíble— puede recuperar lo que parecía perdido.
Pero también recuerda algo más: dejar que la democracia se erosione es fácil. Reconstruirla es lo difícil.— Ciudad de México.
denise.dresser@mexicofirme.com
(*) Académica y politóloga
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