Franck Fernández (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Al escritor danés Hans Christian Andersen le debemos muchas y hermosas historias infantiles. Preciosos cuentos que todos leíamos de niño se los debemos a este escritor: “El ruiseñor y el emperador”, “La reina de las nieves”, “El soldadito de plomo”, “El traje nuevo del emperador”, “El jardín del paraíso”, “El patito feo”, “La Sirenita” y muchos, muchos otros más.
Walt Disney no poco se inspiró en estas obras de Hans Christian Andersen para sus maravillosas películas de dibujos animados. Lo peculiar de sus obras es que pocas veces terminaban en un final feliz, como se espera en un cuento infantil.
Fue en 1837 que Hans Christian Andersen publicó uno de los cuentos más bellos y más tristes de la literatura universal: “La Sirenita”. Lejos de la versión edulcorada que el cine popularizó mucho tiempo después, la obra original está impregnada de melancolía.
Si lo analizamos dos veces, “La Sirenita”, como muchas de sus obras, no es un relato infantil para adormecer a los pequeños, sino una fábula moral escrita con el corazón doliente de un hombre que conocía de primera mano lo que significa amar sin ser correspondido.
La historia comienza en el fondo del mar, en un reino maravilloso habitado por sirenas y tritones. Allí vive la menor de seis hermanas, una joven sirena cuya voz es tan hermosa que todos se maravillan al escucharla. Desde niña, su mayor ilusión había sido contemplar el mundo de los hombres.
Su abuela le contaba historias de la superficie y le hablaba de las almas humanas que, a diferencia de las criaturas del mar, no se disuelven en espuma tras la muerte, sino que ascienden a una existencia eterna.
Esa idea obsesionaba a la sirenita: no desea solo ver el mundo de arriba, sino tener un alma inmortal.
Cuando cumplió quince años, su padre le permitió salir a la superficie. Entonces ocurre el encuentro que cambia su destino. Ve un barco, escucha música, observa a un joven príncipe que celebra su cumpleaños.
La tempestad irrumpe, el barco naufraga y la sirenita, compasiva, salva al príncipe de morir ahogado. Lo deposita en la orilla y se esconde para no ser descubierta. Desde ese instante, queda profundamente enamorada del príncipe con un amor ardiente y silencioso. Pero la distancia entre los dos mundos es insalvable. La sirenita no tiene alma humana ni piernas para caminar a su lado. Su deseo es tan intenso que busca a la bruja del mar y le pide ayuda. El precio será terrible: a cambio de darle un brebaje que le permita convertirse en mujer, deberá entregarle a la bruja su voz, lo más precioso que posee. Y además, cada paso que dé sobre sus nuevas piernas le producirá un dolor insoportable, como si caminara sobre cuchillas afiladas. Aun así, acepta. El amor que sentía por el príncipe era tan intenso que la hizo renunciar a todo.
Transformada en humana, aparece en la orilla y es encontrada por el príncipe, que la acoge con amabilidad sin saber que ella fue quien lo salvó en el naufragio.
La Sirenita lo acompaña en su vida diaria, silenciosa y sufriente, esperando que algún día la reconociera y la amara. Pero el príncipe está enamorado de otra mujer, la joven que cree haberle salvado la vida, cuando en realidad fue la Sirenita. Finalmente, la boda se celebra entre el príncipe y aquella muchacha rompiendo el corazón de la pobre Sirenita.
La bruja había advertido que si el príncipe amaba a otra, la Sirenita moriría y se transformaría en espuma de mar. Y es lo que ocurre. Sin embargo, el cuento no concluye con la sencilla muerte de la Sirenita como predijera la bruja del mar. Andersen introduce un desenlace inesperado: en lugar de perderse del todo, la Sirenita se eleva al cielo, convertida en un espíritu del aire.
Allí, acompañada por otras criaturas invisibles, obtiene la posibilidad de ganar un alma inmortal mediante actos de bondad. No logra el amor del príncipe, pero sí la esperanza de alcanzar la redención espiritual.
Detrás de esta fábula podemos encontrar la historia de la propia vida del autor. Andersen, de origen humilde, conoció siempre el peso de la marginación social. Alto, desgarbado, tímido, con una vida marcada por amores imposibles, volcó en la Sirenita su propia experiencia. En la Sirenita podemos encontrar un significado moral múltiple. Por un lado, advierte de los riesgos de idealizar el amor hasta el punto de perder la propia identidad. La Sirenita renuncia a su voz, a su hogar y a su naturaleza para conquistar un sueño que no se cumple. El sacrificio absoluto puede convertirse en autodestrucción.
“La Sirenita”, como muchas otras del autor, se convierte en un relato profundamente humano. No es la historia de un final feliz, sino de una verdad dolorosa: el amor no siempre es correspondido, pero el sacrificio y la bondad tienen un valor que trasciende la derrota. Andersen nos recuerda que la inmortalidad no se alcanza a través de la posesión del otro, sino mediante la pureza del espíritu.
(*) Traductor, intérprete y filólogo.
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