Denise Dresser (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Pocas cosas tan conmovedoras, tan profundamente maravillosas, como estar de pie frente a un lienzo original de Frida Kahlo o de Diego Rivera.
Hay en esa experiencia algo casi sagrado: el pulso detenido del tiempo, la respiración contenida del espectador, el instante en que la historia y la intimidad se entrelazan. Hoy, esa epifanía ocurre en el Museo de Arte Moderno, donde se exhibe la Colección Gelman.
Pero pocas cosas también tan tristes, tan desconsoladoras, como saber que esa contemplación será, quizá, la última.
Que esas obras —esas miradas, esos cuerpos, esas heridas— dejarán de pertenecer al pueblo mexicano. Que, con la complicidad del gobierno, del Banco Santander y de la familia Zambrano, ese acervo se marcha a España. Y con él, una parte irremplazable del patrimonio artístico de la nación.
Lo que está ocurriendo no es un accidente: es el resultado de decisiones, omisiones y connivencias.
La Colección Gelman, uno de los acervos privados más importantes del arte mexicano del siglo XX, fue vendida en condiciones opacas, ignorando el espíritu fundacional de mantenerla unida y accesible en México.
Las autoridades culturales, encabezadas por Claudia de Icaza y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, han ofrecido respuestas ambiguas, tardías e insuficientes.
No hubo una estrategia clara para retenerla ni una propuesta sólida para integrarla a una colección nacional. Hubo silencio y dilación. Un fait accompli.
Más grave aún es la interpretación laxa —o francamente retorcida— del marco legal.
El decreto que protege la obra de Frida Kahlo es explícito: su producción está declarado monumento artístico, lo que implica restricciones claras sobre su salida del país. No es una sugerencia; es una obligación.
Sin embargo, se ha abierto un resquicio: la promesa de itinerancia, la vaguedad de un retorno sin fecha, la supuesta necesidad de conservación. Un limbo jurídico cuidadosamente construido.
Mientras tanto, en España, Banco Santander ya promueve la colección como parte de una “adquisición”. La palabra no es inocente: implica posesión. Dieciocho obras de Kahlo se alejan, en un país donde apenas una —”Las dos Fridas”— permanece en exhibición constante.
Y esto ocurre bajo un gobierno cuyo concepto de cultura parece reducido a una visión miope. Se invoca con fervor el pasado prehispánico, se exige la devolución del penacho de Moctezuma, pero se descuida el resto del patrimonio cultural.
Se criticaba al neoliberalismo por su desdén hacia las artes populares y ahora, en nombre de la reivindicación histórica, se abandona lo demás. Se comete el mismo error, pero al revés.
Y así, se nos coloca en una paradoja: en quinientos años, quizás estaremos exigiendo la devolución de los cuadros de Kahlo como hoy exigimos el regreso del penacho.
La indignación no ha sido silenciosa. Más de 200 profesionales del arte han firmado cartas abiertas; se han publicado artículos y desplegados en medios nacionales e internacionales como El País y ArtNews. El reclamo ha sido constante. ¿La respuesta del gobierno? Vaguedad y opacidad.
No se han esclarecido los términos de la operación, no se han explorado alternativas para que la colección permanezca en México ni se han rendido cuentas. La cultura, otra vez, como nota al pie.
El panorama cultural bajo la llamada 4T es desolador. Recortes presupuestales, museos parcialmente cerrados por falta de personal, mantas denunciando impagos.
El mismo día que el Museo Nacional de Antropología recibió el Premio Princesa de Asturias, partes del recinto permanecían inaccesibles.
Se destinan recursos millonarios a proyectos cuestionables como el de Gabriel Orozco en Chapultepec, mientras lo esencial se descuida.
Y gestos simbólicos —como los bordados indígenas que porta Claudia Sheinbaum en la mañanera— no sustituyen una política cultural integral, incluyente, del tamaño de la grandeza de México.
Se va la Colección Gelman. Se van dieciocho Fridas. Se va una parte de nosotros.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ante la presión de recortar el presupuesto cultural, Winston Churchill respondió: “¿Entonces para qué estamos luchando?”.
Hoy, en México, la pregunta resuena con fuerza. Porque si la cultura no se defiende, si el patrimonio se entrega y la memoria se vende, entonces la transformación no es tal. Es despojo.
Y el pueblo —ese al que se invoca con tanta frecuencia— queda, una vez más, fuera del cuadro.— Ciudad de México.
(*) Académica y politóloga
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