Itzel Pamela Pérez Gómez (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Hay decisiones de política exterior que no se miden por su retórica sino por el tipo de dependencias que generan. El suministro de petróleo mexicano a Cuba es una de ellas. No porque sea nuevo, ni porque sea ilegal, sino porque hoy convierte a México en un actor vulnerable en un tablero geopolítico que se ha vuelto binario.
Por años, La Habana ha sobrevivido a través de un modelo energético parasitario: no produce lo suficiente y depende de la voluntad política de aliados externos. Primero fue Moscú, luego Caracas y ahora, Ciudad de México. El patrón es conocido: el proveedor asume el costo económico y político y Cuba obtiene oxígeno social.
Lo novedoso no es la ayuda en si, sino el contexto internacional. México ya no opera en un sistema internacional permisivo, sino en uno marcado por sanciones, aranceles punitivos y decisiones unilaterales.
La orden firmada por Donald Trump no apunta únicamente a Cuba: es una advertencia a terceros países que creen posible mantener alianzas ideológicas sin pagar precio estratégico.
Ahí radica el problema central para México. El envío de petróleo a Cuba es una señal, y en el escenario geopolítico actual las señales importan más que los discursos. Es un acto que señala un desafío a Washington en un momento en que la economía mexicana depende estructuralmente del mercado estadounidense.
Señala también una continuidad ideológica con la vieja diplomacia de la izquierda latinoamericana, aun cuando las condiciones materiales ya no la sostienen.
El argumento humanitario reiterado por la presidente Claudia Sheinbaum resulta políticamente eficaz hacia dentro, pero estratégicamente débil hacia fuera.
La energía no es un bien humanitario y si lo queremos considerar así, sin duda no es neutral: es poder.
Permite gobernar, controlar, sobrevivir. Suministrar petróleo a Cuba no alivia únicamente apagones, sino que contribuye a la estabilidad de un régimen que Estados Unidos ha decidido presionar hasta el límite.
A esto hay que sumarle, la realidad actual de Pemex. México está asumiendo este riesgo cuando Pemex atraviesa su mayor crisis productiva, el margen fiscal es estrecho y el país se prepara para una renegociación clave del T-MEC. En este escenario, cada barril exportado tiene un peso estratégico.
La pregunta de fondo no es si México tiene derecho o no a ayudar a Cuba. Claro que lo tiene. La pregunta es si esa ayuda responde a un cálculo racional de intereses nacionales o a una inercia ideológica heredada. Hasta ahora la política energética hacia Cuba parece más una ésta última.
Trump, con su lógica transaccional y de castigo lo único que ha hecho fue ponerle fin a esta ambigüedad por parte de México. Ya no permite que México se mantenga en una zona gris. Esto pone a México en una zona en donde o redefine su relación energética con Cuba bajo criterios más claros, transparentes y defendibles. O acepta el costo de convertirse en daño colateral de una relación entre Estados Unidos y Cuba.
La política exterior exige algo más que buenas intenciones. Exige estrategia. Y hoy, para México, esa diferencia importa.
- Doctorante en Análisis Estratégico y Desarrollo Sostenible
..:: Visión Peninsular ::.. Visión Peninsular, publica solo la verdad de lo que pasa en nuestro Estado, Quintana Roo y Campeche.