Eduardo Cabrera Ruiz (*)
Fuente: Diario de Yucatán
Mérida, 31 de marzo de 2026.- En enero pasado asistimos a la presentación de la obra “100 Joyas del Arte Sacro de la península de Yucatán” en la Iglesia El Jesús (Tercera Orden), un encuentro que incluyó conversatorio, música y la participación de autoridades y especialistas, en el que se abundó, desde diversos enfoques, en este extraordinario esfuerzo editorial en un ambiente de solemnidad y admiración estética.
Hay en esta obra algo más que su sentido estricto: además de la profusión de imágenes y el recorrido histórico, se trata de la primera sistematización amplia de un patrimonio que se extiende por Yucatán, Campeche y Quintana Roo, articulado en arquitectura, pintura, escultura y objetos litúrgicos. Lo que antes estaba disperso hoy está narrado, y en esa narración se visibiliza un potencial que podría tener un impacto en las economías de la llamada Provincia Eclesiástica de Yucatán.
Cuando hablamos de economías nos referimos al inacabable costo presupuestal que representa, al menos para la Arquidiócesis de Yucatán, el mantenimiento de estas joyas de arte sacro en toda la geografía del estado. Y no solo se trata del recurso económico, pues no son pocos los casos de apuros y situaciones complicadas que varios sacerdotes diocesanos han tenido que enfrentar cuando la o las imágenes de los santos patronos de sus parroquias, capillas o vicarías requieren mantenimiento o restauración especializada.
Diario de Yucatán ha documentado, desde sus 100 años de existencia, cómo la “bajada” del santo patrono en las comunidades yucatecas constituye un acto ritual que trasciende la liturgia católica para configurarse como un mecanismo de activación simbólica del tiempo festivo y de apropiación comunitaria del referente sagrado que es la imagen en sí misma.
Es el momento en el que esta sagrada imagen abandona su ubicación habitual en el altar o camarín; permanece en contacto directo con la comunidad durante la fiesta y, pasado un tiempo, regresa a su sitio: es la “subida” que restituye el orden ritual original, tal como lo documentan antropólogos y etnólogos.
He escuchado casos en los que varios párrocos yucatecos han tenido que formar comisiones de vigilancia dentro de la propia comunidad a la que sirven para que atestigüen y verifiquen en persona el tránsito de las sagradas imágenes hasta los talleres de especialistas —algunos de ellos han venido a vivir a Mérida— para explicar, paso por paso, por qué ciertas imágenes no deben ser vestidas con cierto tipo de telas, tener contacto con metales preciosos como el oro o las reacciones que se producen en la imagen al contacto con la acidez de la piel humana, por mencionar algunos ejemplos.
Es aquí cuando la obra “100 Joyas del Arte Sacro…” constituye un punto de inflexión: cuando el patrimonio se narra, se vuelve visible. Y cuando se vuelve visible, entra —inevitablemente— en una lógica económica.
Esperamos no pecar de ingenuidad basada en una intuición aislada. Desde la literatura especializada, autores como David Throsby han planteado que el patrimonio cultural adquiere valor económico cuando se activa su visibilidad y se convierte en capital cultural susceptible de generar beneficios sostenibles. De manera similar, estudios sobre turismo patrimonial, como los de Timothy y Boyd, han demostrado que la narrativa y difusión del patrimonio son el primer paso para integrarlo a circuitos económicos locales.
Significado
El eventual reconocimiento de la Unesco a una obra de este tipo no solo significaría un aval cultural. Sería, en los hechos, una certificación internacional de valor. Una especie de sello que transforma lo local en global, que traería algunas consecuencias, porque coloca al arte sacro peninsular en el radar de circuitos turísticos y culturales más amplios.
Segundo, porque abre la puerta a esquemas de financiamiento y cooperación técnica que hoy simplemente no existen en la escala necesaria. Y tercero —quizá lo más importante— porque cambia la manera en que se percibe el patrimonio: deja de ser un gasto inevitable para convertirse en un activo potencial.
Aquí entra el papel del Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), organismo que ha insistido, desde la Carta de Venecia, en que conservar no es improvisar.
Es aplicar método, técnica y criterios profesionales. Y eso, en una región donde muchas intervenciones dependen de la buena voluntad —y del bolsillo— de los fieles, no es un detalle menor. Porque hay otro elemento que suele pasarse por alto: el patrimonio sacro en Yucatán no es un museo. Está vivo.
Las “bajadas de imágenes”, las restauraciones impulsadas por comunidades, el celo por mantener en buen estado a los santos patronos —incluso llevándolos fuera del estado para su intervención— hablan de una relación profundamente arraigada entre fe y patrimonio. Esa relación es una fortaleza, pero también un riesgo cuando no se acompaña de criterios técnicos.
Ahí es donde una obra como “100 Joyas del Arte Sacro…” puede jugar un papel inesperado: no solo documentar, sino ordenar. No solo mostrar, sino orientar. No solo emocionar, sino establecer estándares. Porque, al final, el problema de fondo sigue siendo el mismo: la Iglesia en Yucatán administra uno de los acervos patrimoniales más extensos del país con recursos que nunca alcanzan.
Y, sin embargo, como bien advierte la teoría económica del patrimonio, ese mismo acervo —cuando se hace visible, se interpreta y se integra en circuitos culturales— puede dejar de ser únicamente una carga para convertirse en un motor de desarrollo local.
No se trata de mercantilizar la fe. Se trata de entender que la conservación del patrimonio necesita algo más que devoción: necesita modelos sostenibles, situación que los propios ecónomos de la Arquidiócesis de Yucatán que han pasado por este cargo conocen muy bien.
En el evento de enero pasado en la Tercera Orden no dejamos de admirar la pintura situada en el lado norte de la nave principal del templo, en la que Jesús, a sus 12 años, está platicando con los maestros de la Ley en Jerusalén, mientras sus padres lo buscaban angustiados. Es el episodio en el que san Lucas narra la independencia y autoconciencia de su misión divina, conquistándola radicalmente y demostrando una iniciativa espiritual propia.
Estoy seguro de que, tarde o temprano, “100 Joyas del Arte Sacro…” conquistará el reconocimiento internacional. Pero, cuando llegue, no será solo para esta obra. Será para todo lo que el libro revela. Y entonces sí, quizá por primera vez en mucho tiempo, el arte sacro deje de ser únicamente una carga económica para su delicado mantenimiento y abra una puerta a la oportunidad. —Mérida, Yucatán
ej.cabrera.r@gmail.com
(*) Maestro en Comunicación Corporativa
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