Franck Fernández *
Fuente: Diario de Yucatán
Cuando se popularizó la fotografía, hubo algunas personas que pensaron crear tarjetas postales para, gracias al nuevo invento y por medio del correo, mandar a familiares y amigos del extranjero imágenes de diferentes lugares y ciudades.
París, por ser una gran capital desde todos los puntos de vista, fue una de las más fotografiadas.
Después de todo, monumentos hay de sobra. Sin embargo, una de las fotografías más destacadas y conocidas de la capital francesa es la de una quimera en forma de mono apoyado sobre sus dos brazos sobre uno de los balcones de Notre-Dame de París.
Este mono tiene cuernos y alas. Sin aburrirse, mira el horizonte parisino. Quizás asombrado, aburrido, indolente por el paso del tiempo y por los eventos que se han desarrollado durante todos estos últimos siglos allá abajo, a nivel de la calle.
Hay cosas y figuras que, por estar demasiado a la vista, acaban por pasar inadvertidas. Una de ellas son las gárgolas, esos asombrosos seres pétreos, que desde lo alto de las catedrales parecen vigilar a los transeúntes con rostros torcidos, miradas feroces o expresiones cómicas. Las vemos en Burgos, en León, en Notre-Dame de París, en la Catedral de Colonia y en otras muchas otras catedrales góticas.
Siempre iguales, son monstruos que desafían la gravedad, apostados en cornisas y torres. Sin embargo, tras su aspecto grotesco se esconde una historia que mezcla la función práctica con el mito, la superstición con el arte. Esta historia revela mucho sobre el espíritu de la Edad Media.
El origen de las gárgolas es sencillo, casi trivial. Nacieron como conductos de desagüe. En las grandes construcciones góticas, los tejados recogían enormes cantidades de agua de lluvia.
Para evitar que esta se filtrara en los muros o dañara los cimientos, se colocaban salientes que expulsaban el agua lejos de la piedra. Estos salientes eran tubos o canales. Pues bien, con el tiempo estos tubos fueron esculpidos en forma de figuras fantásticas o de animales.
La palabra “gárgola” proviene del francés gargouille, que a su vez remite al sonido gutural del agua al salir por la garganta de la piedra.
Es decir: ante todo son tuberías decoradas.
Pero el hombre medieval rara vez se conformaba con lo práctico. Para él, el mundo estaba lleno de símbolos y mensajes y cada rincón de un templo debía hablar un lenguaje sagrado. Así, el desagüe se transformó en un monstruo. La piedra tallada en forma de dragón, de perro rabioso, de ave fantástica o de rostro de una persona loca se convirtió en parte del imaginario cristiano.
Otra función de las gárgolas era la de ser guardianes. Aterraban con sus fauces abiertas y sus ojos desorbitados no solo para escupir agua, sino para alejar al demonio, mantener a raya a los malos espíritus y recordar al hombre pecador la presencia constante de las malas obras del Maligno.
En este sentido, las gárgolas cumplen una función de catequesis silenciosa. La Edad Media enseñaba a través de la imagen y en los muros de las catedrales convivían santos y vírgenes con monstruos, bestias y escenas del infierno. El contraste no era casual: lo divino brillaba más cuando se mostraba junto a lo demoníaco. Esas bocas abiertas, grotescas y deformes, eran recordatorios de lo que acechaba al hombre que se desviaba del camino de Dios.
La tradición oral incluso inventó leyendas para justificar su presencia. Una de esas leyendas más célebres es la de la Gargouille de Rouen, un dragón que asolaba la región en tiempos medievales. El obispo lo venció, lo llevó a la ciudad y lo quemó. Pero su cuello y cabeza eran tan resistentes al fuego que no pudieron deshacerse de ellos. Entonces los colgaron en lo alto de la iglesia como advertencia. De ahí, dice la leyenda, surgió la costumbre de esculpir monstruos en las fachadas.
Con el paso de los siglos, las gárgolas también adquirieron un matiz cómico. Algunas no representan dragones ni demonios, sino personajes grotescos, campesinos borrachos, animales con gestos ridículos o seres híbridos mitad hombres mitad bestias. Era una manera de introducir en el templo un espejo deformante de la sociedad. En lo alto de la catedral, al lado de ángeles y santos, aparecía el rostro burlón de un bufón o la mueca exagerada de un campesino. El mensaje era claro: todos los aspectos de la vida humana, desde lo sublime hasta lo vulgar, quedaban recogidos en la casa de Dios.
En nuestros días, las gárgolas perdieron su sentido original. Los sistemas de drenaje cambiaron y la técnica arquitectónica evolucionó, por lo que el monstruo pétreo quedó relegado a lo ornamental. Ahora bien, debemos reconocer que nunca dejaron de fascinar. Los viajeros románticos del siglo XIX, al recorrer las catedrales góticas, quedaron maravillados por esas figuras que parecían hablar desde otro tiempo. Víctor Hugo, en su célebre novela “Nuestra Señora de París”, convirtió a las gárgolas de Notre-Dame en parte viva de la ciudad.
En el siglo XX, Walt Disney las hizo personajes entrañables en la película animada del “Jorobado de Notre-Dame”, dándoles voz y carácter. Lo que había nacido como un desagüe medieval acabó convertido en criatura de la cultura popular. Las gárgolas son publicidad turística.
Los visitantes suben a las torres de Notre-Dame o de la Catedral de Burgos para fotografiar a esas figuras que, más que miedo, despiertan curiosidad y simpatía. El tiempo las ha convertido en iconos. Siguen allí arriba, imperturbables, aunque ya nadie crea en su poder contra los demonios.
Las gárgolas recuerdan que el hombre siempre ha necesitado exteriorizar sus miedos. Lo que no se podía nombrar, lo que asustaba en las largas noches de invierno, se tallaba en la piedra y se colocaba a la vista de todos. De algún modo, la gárgola es un espejo: muestra la parte oscura del ser humano, pero la coloca en lo alto, bajo control, como si vigilarla desde la torre fuera suficiente para mantenerla a raya.
En esa paradoja reside su encanto. La gárgola es al mismo tiempo grotesca y bella, aterradora y protectora, símbolo del caos y garante del orden. Nos dice que el mal existe, pero que puede ser dominado, reducido a figura de piedra que escupe agua en lugar de fuego. Quizá por eso, siglos después, seguimos mirándolas con asombro.
Porque en esas caras deformes hay algo de nosotros: el miedo convertido en arte, la angustia transformada en belleza.
*Traductor, intérprete y filólogo.
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